La lógica literaria –que a veces ni siquiera puede llamarse lógica- nos indica que, si se ha de escribir acerca de amores de verano, debe hacérselo en lo más profundo del invierno. Estos días me sorprendí a mí mismo en la creación de una playlist (compilado, bah) con canciones románticas de las décadas de los ochenta y noventa, y su creación me llevó naturalmente a pensar en el tema (por cierto, si esta columna va a dejar algo para la posteridad, que sea una reivindicación de Eddie Sierra, en su carácter de hombre común: el único cantante pop que podrías imaginar atendiendo un rapipago).
Lo primero es hacer una mínima precisión del concepto, para indicar que los amores de verano, pese a lo que su nombre indica, no se circunscriben a esa estación del año. Sucede que poéticamente no es tan atractivo llamarlos amores de vacaciones o amores que por algún motivo no pueden continuar más allá de algunos días o semanas. A lo que hace referencia la expresión es a su carácter efímero, más que estacional. El amor de verano es una anomalía en nuestros corazones pues tenemos arraigado el concepto de que el amor es para siempre, las ansiedades de eternidad parecieran inescindibles del amor cuando este se presenta en su debida intensidad. Alejandro Dolina dijo que en un momento necesitamos decir que amamos para siempre y es verdad durante ese minuto.
Uno de los problemas más grandes de estas relaciones es, además, su futilidad ¿Por qué apostar tanto en algo sin futuro? Sartre lo dijo muy bien: para amar a alguien es necesario saltar hacia un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. Entonces amar a alguien con fecha de caducidad porque hay que dejar el airbnb o la tarjeta ya está demasiado reventada pareciera una locura. Tenemos la plena seguridad de que no tomaremos mates un domingo por la mañana con esa persona, que no organizaremos un viaje para celebrar que terminamos de pagar la hipoteca, o que no nos vamos a emocionar viendo al hijo en común actuar de vendedor de velas un 25 de mayo. Los peligros del amor parecen demasiado grandes como para arriesgarnos sin estas posibilidades en juego.
Podría plantearse la misma característica señalada en el párrafo anterior como una ventaja. La posibilidad de contar con ciertos beneficios que no estaban incluidos en el paquete turístico, con la garantía de que no se transformarán en complicaciones. Es discutible. Tiendo a pensar que cualquier aventura que pueda disfrutarse con tanta solvencia racional es cualquier cosa menos amor.
En mi modesta opinión personal (en realidad la tengo en alta estima, pero soy consciente de su escaso valor para el resto) los amores de verano son una búsqueda de lo eterno desde lo efímero, por más contradictorio que esto parezca. La consecución de un momento sublime es lo más cercano que podemos estar de la eternidad, un atisbo de ella es lo mejor a lo que podemos aspirar desde que su totalidad nos ha sido negada. Y si además al día siguiente no tenemos que ir a trabajar, mucho mejor.