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Lo bueno, lo malo y lo feo

Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Cine - Por Rodrigo L. Ovejero 
25 de diciembre de 2023 - 23:07

Hubo un tiempo que fue hermoso y fui al cine de verdad. Al empezar a escribir esta columna, me propuse no dejarme llevar por la nostalgia y no convertirla en una afirmación semanal de que todo tiempo pasado fue mejor. Pero en ocasiones vale la pena rendirme a ello, por cuanto en algunas cosas ese tiempo pasado sí fue, efectivamente, mejor. Y una de esas cosas es el cine.

No hablo de la calidad de las películas que se exhiben, eso siempre estará abierto a discusión y en todos los años habrá genialidades y bodrios. Hablo de la experiencia de ir al cine, de las opciones que había antes, del concepto radicalmente distinto de la vida en general que teníamos entonces y que se reflejaba en la forma que íbamos al cine.

Por empezar, una modalidad perdida. En algún momento de aquel pasado lejano existía la posibilidad de pagar una entrada y ver todas las funciones que quisiéramos de la película en ese día. Uno podía pasarse el día entero viendo Rocky IV –lo cual considero una actividad noble, no quiero dejar dudas a ese respecto-. Claro que no ocurría con los estrenos que estaban al tope de la taquilla, eso era demasiada pérdida, elegían filmes que ya llevaban algunas semanas o no eran tan populares, pero como alguien cuyo nombre no recuerdo dijo “todas las películas son nuevas si no las viste”.

Otra opción eran las funciones dobles. Se trataba de comprar una entrada que nos permitía ver dos películas, una después de la otra –quizás alguien intentó hacerlo de manera simultánea, pero no debe haber funcionado- con un intervalo de unos quince minutos entre ambas. Y lo mejor de todo era que muchas veces eran mezclas absolutamente heterogéneas como El Exorcista seguida de Bambi. Hoy en día no existe esta posibilidad, a menos que uno tenga la precaución de conectar horarios de funciones, ingerir poco líquido y esconderse con solvencia en los pasillos.

Sucede que en ese entonces –y espero que las nuevas generaciones puedan entenderme algún día- se consideraba una actividad normal pasar, por ejemplo, una tarde viendo películas. Ver dos o tres películas seguidas. Había menos distracciones, por supuesto, eso ayudaba, era un mundo deplorable en cuanto a disponibilidad de material audiovisual. Pero el cine –y el VHS luego, su versión doméstica- tenía esa condición de evento, de suceso de importancia, de que íbamos a entregarnos por completo, a comprometernos con lo que veríamos en la pantalla. Incluso había cumpleaños que consistían en alquilar unas películas y en uno de ellos yo tuve la suerte de ver Demonios, de Lamberto Bava. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que ver una película de terror italiana con una buena cuota de gore ya no es una actividad habitual en el cumpleaños de un niño. Y probablemente esté bien que así sea, quizás solo veíamos tantas películas porque no teníamos otra cosa que hacer. O quizás era al revés, quizás disfrutábamos más de lo que hacíamos. Vaya uno a saber.

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