Que un Presidente se involucre en competencias de famosos aspiracionales es lujo que solo un país...
Que un Presidente se involucre en competencias de famosos aspiracionales es lujo que solo un país que ha resuelto todos sus problemas está en condiciones de darse. En el caso del “reality show” Gran Hermano, Walter “Alfa” Santiago incrementó significativamente su protagonismo desde la largada con la intervención de un participante inesperado: Alberto Fernández, estadista que, presa de un aburrimiento cósmico tras haber cumplido todas las metas que se propuso al asumir el mando de una Argentina desquiciada, acaso inmerso en una profunda crisis existencial, decidió comprometerse en un desafío a la altura de sus cualidades y meterse en la célebre Casa.
Con su proverbial astucia, tomó de inmediato el guante que le arrojó el no menos astuto “Alfa” al acusarlo de coimero y mandó a la portavoz Gabriela Cerruti a desmentirlo.
“No podemos naturalizar que alguien se exprese ligeramente de un modo tal que solo busca difamarlo y desprestigiarlo”, dijo Cerruti.
“Lo conozco hace 35 años. Alberto Fernández a mí me coimeó un montón de veces. Lo conozco muy bien.... Hay muchos políticos que se han atado al poder que son Cafiero, los hijos de Cafiero, los nietos de Cafiero. Que se han enquistado en el poder y han hecho fortuna”, había dicho Alfa, sin lograr excesiva repercusión hasta que la portavoz lo lanzó al estrellato, quizás asesorada por la secretaria de Comunicación de Catamarca, Eugenia Rosales Matienzo.
Este sujeto tan eficaz para infligir heridas al ego tiene unos 60 años y asienta en su currículum, además de la profesión de vendedor de autos, la participación en otros dos “realities”, El Garage y Masterchef, lo que permite inferir un deseo fuerte de integrarse al fascinante mundo de la farándula.
Tal vez se le dé en este tercer intento. La reacción de Cerruti estableció la superioridad de ambos contendientes sobre el resto y marcó la “grieta Gran Hermano”, cuyo potencial ya olfatea la producción del programa, que está definiendo a quién llama primero al Confesionario.
En su renovado empeño por alcanzar la reelección, la capacidad del Presidente para reinventarse es sorprendente.
Cuando el desbande del peronismo parece tener como único común denominador el antialbertismo, él saca de la manga esta jugada magistral que somete al movimiento creado por el General a una disyuntiva de hierro, destinada a brillar en la lista de intensas dicotomías nacionales.
Unitarios/ Federales, Civilización/ Barbarie, Personalistas/ Antipersonalistas, Peronismo/Antiperonismo… La fractura de la hora es Fernández o el “Alfa” Santiago.
Maledicentes, las usinas presidenciales divulgan en estricto “off the record” que Cristina y La Cámpora mandan a votar por teléfono en contra de Alberto, para sacarlo de la Casa cuanto antes, pero el Presidente confía en los llamados del Movimiento Evita que están instigando Emilio Pérsico y el “Chino" Navarro. Sergio Massa, como siempre, fluctúa. Parece que va a dividir sus votos para tratar de conformar a todos y ocupar la “ancha avenida del medio”: algunos nominarán a Alberto, otros a Alfa.
Pero no conviene confiarse solo en la ingeniería electoral. Al día siguiente de que Cerruti saliera indignada al cruce de las ofensas proferidas contra su Presidente, con cadenas tuits incluidas, se anunció que éste iniciará una demanda civil contra el atrevido. No conforme con esto, para ratificar su supremacía moral y que no quedaran dudas de la autoridad que ejerce para configurar la agenda del Estado, Alberto se hizo un espacio en su saturada agenda para reunirse con Claudio Ferreño, jefe del bloque del Frente de Todos en la Legislatura porteña, que es compadre del hermano de Alfa y le aseguró que no tuvo nada que ver con el episodio.
“Si quien me ataca es alguien importante o un energúmeno, me da exactamente lo mismo. Voy a reaccionar de la misma manera, porque lo que están poniendo en tela de juicio es que el Presidente sea una persona honesta y lo único que tengo para dejarles a mis hijos es mi honestidad", advirtió después el Presidente.
Si la llega a embocar serán la honestidad, 15 millones y una casa.
Si París bien vale una misa, el premio del Gran Hermano 2022 bien vale un ridículo. Total, qué le hace una mancha más al tigre.