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7 vs 6

12 de julio de 2026 - 02:00

No sé si a ustedes les pasa que estos atardeceres de otoño los dejan un poco tristes, como en los días nublados como este en el que escribo, en el que este cielo de cenizas tiene ganas de llorar.

La tarde llegó así como de prepo, sin avisar, que no me dio tiempo para despedir el día, que con un rápido parpadeo se llevó también el fin de semana. Y aquí parado en el umbral de la noche y de mi puerta, hago un inventario de mis teorías sobre la razón de la tristeza de mis atardeceres otoñales.

Oteaba a lo lejos, como si el horizonte tuviera las respuestas a mis preguntas, cuando un ruido disfrazado de música logró escabullirse entre la cadencia de las ramas de los árboles, que al ritmo del viento bailaron toda la tarde.

La música, me dije. Sí, ella es la causante de mis tristezas domingueras, pero no esta música que hoy me tapa los oídos con una detestable disonancia.

La otra, es la otra, recordé, esa de acordes tristes y melancólicos de mi lejana infancia, se llamaba primavera, creo, y la interpretaba un tal Víctor Velázquez. Escuchar esa música sonaba a cortina musical que como todos los domingos resonaba en la vieja Tonomac y tenía a mi vieja como actriz principal planchando los guardapolvos en un rincón de la cocina, y a mi viejo apretando la Hitachi portátil para que a su River no le hagan algún gol, mientras mi hermana y yo, como actores de reparto, comenzábamos, rezongos de por medio, a preparar los cuadernos olvidados en un rincón de la habitación, huérfanos de toda importancia durante el fin de semana.

Quizá fueron esos recuerdos de rutinas olvidadas que a mis 56 laceran el alma cada vez que vuelven sin piedad, que me llevó hasta vos amigo, en este domingo triste. A tu sonrisa simple como esas tardes interminables de fútbol de fines de semana, a la inocencia que nos regalabas a todos, en esa esquina de nuestro barrio. A tu mirada limpia que guardaba tanta tristeza, y que disimulabas siempre. A tus botines con punta de acero que esquivábamos cada vez que nos tocaba enfrentarte. A tus pasos apurados para vender el pan casero y volver a jugar con nosotros. A tu risa estridente. A tus chistes malos…

En fin, a vos, que te fuiste de la cancha, una mañana, sin pedir permiso, sin tiempo para el último abrazo de gol, justo en el momento en que más te necesitábamos, dejándonos 7 contra 6 para siempre en la cancha de la esquina y de la vida.

Nos dejaste con uno menos, y con un dolor que llega hasta allá, hasta donde hoy jugás, ya sin tiempo, sin horarios, eternamente feliz en el lugar que siempre mereciste, aunque sospecho que cada vez que en nuestra esquina sientas botar una pelota te dan ganas de calzarte los botines punta de acero y venir a jugarle un partido de revancha a la muerte.

Pero siempre, siempre con tus amigos.

Colaboración especial de Manuel Vivanco

“Dedicado a los amigos de la infancia que un día compartieron una esquina de barrio o una canchita y que les tocó partir”.

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