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El legado del "Cuchi" Leguizamón

Aplauso para los sonámbulos

Guillermo Lilljedhal

26 de mayo de 2026 - 12:22

Siempre he amado la música y la literatura con la devoción algo clandestina del que llega tarde a dos reinos que no le pertenecen por derecho de oficio. No sé tocar ningún instrumento y tampoco sé escribir en el sentido en que escriben quienes hacen de la frase una respiración natural y no un esfuerzo. A diferencia de Milan Kundera, que podía hablar de la novela como “practicante” y que confesaba una antigua atracción por la música, yo apenas poseo la intuición del aficionado, esto es, esa forma modesta, pero no necesariamente falsa, de conocimiento que nace de escuchar mucho, leer con gratitud y sospechar que dos cosas remotas se están diciendo algo en secreto.

Kundera recuerda que hasta los veinticinco años se sintió más atraído por la música que por la literatura y que una composición juvenil para piano, viola, clarinete y batería prefiguraba, casi sin saberlo, la arquitectura futura de sus novelas. Yo no tengo semejante biografía artística. Sin embargo, leyendo sus páginas sobre Hermann Broch, no pude dejar de oír, en la lejanía de la prosa centroeuropea, las voces del Dúo Salteño.

La asociación puede parecer caprichosa. Broch, el novelista austríaco de Los sonámbulos, y Gustavo “Cuchi” Leguizamón, el músico salteño que llevó el folclore argentino hacia una zona de audacia armónica, disonancia y delicadeza intelectual. Pero hay parentescos que no dependen de la geografía ni de los géneros, sino de la misma fiebre formal. Kundera observa que la unidad de Los sonámbulos no está dada por la continuidad de una acción ni por la biografía de una familia, sino por algo más secreto: “la continuidad del mismo tema”, el hombre enfrentado al proceso de degradación de los valores. Broch no cuenta simplemente una historia, sino que dispone varias posibilidades humanas bajo una misma bóveda espiritual. Sus personajes no avanzan como héroes de aventura, sino como figuras de una época que camina dormida hacia su propia intemperie.

Eso mismo, mutatis mutandis, hizo el Cuchi con la música de su tierra. No la tomó como materia pintoresca ni como estampita regional. No la acomodó a la comodidad sentimental del oyente. La interrogó. La puso en tensión. Le hizo preguntas que el folclore, cuando se vuelve costumbre, a veces prefiere no escuchar. La zamba, la baguala, la vidala, la chacarera, todo aquello que podía haber quedado reducido a postal de provincia fue llevado por Leguizamón hacia una zona de extrañamiento. No para volverlo irreconocible, sino para restituirle misterio. Como Broch, que no destruye la novela tradicional sino que la obliga a pensar de nuevo su destino, el Cuchi no abandona el folclore, bien que lo despierta de su sueño decorativo.

Kundera dice que Broch, con sus búsquedas incompletas y precisamente por ellas fecundas, permite imaginar “un nuevo arte del contrapunto novelesco”, capaz de soldar “en una única música la filosofía, la narración y el ensueño”. Esa frase, leída por un argentino devoto del Dúo Salteño, parece escrita para explicar otra cosa, como es la osadía de concebir dos voces no como duplicación, no como mero embellecimiento coral, sino como líneas autónomas que se rozan, se contradicen, se hieren apenas, se buscan, se separan y finalmente se reconocen. Broch quería que la novela pensara, soñara y narrara al mismo tiempo. Leguizamón quiso que el canto popular recordara su raíz, se abriera a la disonancia y respirara con una inteligencia que no anulaba la emoción, sino que la volvía más honda.

La invención del "Dúo"

El Dúo Salteño, formado por Chacho Echenique y Patricio Jiménez bajo la dirección musical del Cuchi, adoptó una formación novedosa para su época, esto es dos voces en contrapunto y guitarras; algo distinto de la clásica suma coral, porque allí una melodía acompaña a otra melodía, casi de una manera contrapuntística. Gustavo el “Cuchi Leguizamón dirigió musicalmente en 1967 al grupo fundado por Echenique y Jiménez. Esa formación a dos voces en contrapunto fue una novedad para la época. Lo decisivo no era solamente la belleza de las voces, sino la arquitectura secreta que las sostenía. Una voz no obedecía servilmente a la otra. Una no era sombra de la otra. Eran dos conciencias melódicas en conversación, y a veces en litigio. Por eso, al oírlas, se tiene la impresión de que el folclore argentino ha dejado de hablar en singular.

Es sabido que Leguizamón incorporó a la música del noroeste una sensibilidad cosmopolita. Se ha señalado, seguramente con razón, su relación con influencias como Satie, Schoenberg, Stravinsky, Alban Berg y el jazz, desde Billie Holiday y Sarah Vaughan hasta Thelonious Monk y Duke Ellington. Pero sería pobre decir que el Cuchi “mezcló” folclore con música clásica o jazz, como si hubiera agregado una especia culta a una comida tradicional. Lo suyo fue más delicado, ya que comprendió que una tradición sólo permanece viva cuando es capaz de soportar una herida. La disonancia, en él, no es ornamento de modernidad, sino una forma de verdad. El contrapunto no es artificio, sino ética de la escucha. Allí donde la canción fácil busca cerrar, Leguizamón abre. Allí donde la melodía convencional confirma lo ya sabido, él introduce una sombra, una demora, un desvío; ese instante en que el oído, sorprendido, debe volverse más adulto.

También por eso Broch y Leguizamón comparten otra suerte: ambos fueron, cada uno en lo suyo, artistas mayores y, sin embargo, no enteramente masivos. No porque fueran inaccesibles por soberbia, sino porque su arte exige algo que la popularidad rara vez concede: atención. La obra que se entrega de inmediato puede circular como consigna, como estribillo o como emoción común. La obra que se demora en su complejidad necesita otro pacto. Broch no ofrece la novela como entretenimiento lineal; el Cuchi no ofrece la zamba como alivio previsible. Ambos piden que el lector o el oyente no se disuelvan en la obra, sino que permanezcan despiertos ante ella y el despertar, como se sabe, nunca fue una industria de multitudes.

Kundera advierte que el espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad, ya que cada novela le dice al lector que las cosas son más complicadas de lo que cree. Esa verdad, que Kundera opone al barullo de las respuestas simples y rápidas, sirve también para comprender el destino del Dúo Salteño. Su música le dice al oyente que la zamba es más complicada de lo que creés; la baguala es más profunda de lo que recordabas; la belleza popular no necesita ser simple para ser popular. Acaso allí esté la razón de su culto. El Dúo Salteño no se escucha como se escucha un fondo musical. Reclama silencio, distancia, concentración. Aun en un festival, convierte el espacio abierto en teatro. Aun cuando canta música de raíz popular, exige la ceremonia íntima de la música de cámara.

Aplausos

Aquí aparece otra iluminación de Kundera. En Los testamentos traicionados, al hablar de Stravinski, el jazz y el rock, distingue dos modos de relación con la música. En los conciertos de jazz, dice, se aplaude, en tanto aplaudir significa “te he escuchado atentamente y ahora te manifiesto mi estima”. En el rock, en cambio, no se aplaude en ese sentido, porque allí se busca la identificación, la efusión, el grito común, la disolución del individuo en un cuerpo colectivo. No se trata de despreciar un género ni de canonizar otro. Se trata de comprender dos rituales distintos. El rock, en la descripción kunderiana, convoca al éxtasis; el jazz, al reconocimiento. Uno quiere que el oyente se funda con la música. El otro conserva una distancia, escucha, aprecia, juzga, agradece.

Eso es exactamente lo que ocurre con el Dúo Salteño. Después de cada canción, se aplaude. No sólo por cortesía. No sólo porque haya terminado una pieza. Se aplaude como se aplaude un solo de jazz, una resolución inesperada, una tensión llevada hasta el borde y devuelta al mundo con gracia. Se aplaude porque hemos escuchado; porque la obra nos obligó a estar presentes; porque la zamba no fue un vehículo para bailar distraídamente ni un pretexto para cantar todos juntos, sino una pequeña arquitectura de voces, poesía y armonía. El aplauso, en ese caso, es casi una forma de lectura. Es la respuesta del oyente que reconoce haber sido interpelado.

De allí el título que se me impuso: Aplauso para los sonámbulos. Los sonámbulos son, desde luego, los de Broch, hombres que avanzan por una época en la que los valores se han vuelto inciertos. Pero son también los oyentes que, creyendo conocer una tradición, despiertan al advertir que esa tradición tenía abismos y son, acaso, los artistas mismos: Broch y Leguizamón, caminantes en estado de lucidez nocturna, creadores que percibieron, antes que muchos, que una forma heredada sólo se salva si se la arriesga. El sonámbulo no está simplemente dormido, sino que camina entre dos mundos. Broch camina entre la novela narrativa y la novela pensante. El Cuchi camina entre la copla y Stravinski, entre la baguala y el jazz, entre Salta y una modernidad que nunca necesitó pedir permiso en París para ser universal.

Astros de un mismo cielo

No es casual que Kundera insistiera en que Broch debía ser leído en el gran contexto de la novela europea, junto a Joyce y Gide, y no encerrado en un marco local o centroeuropeo demasiado estrecho. Para Kundera, una obra importante sólo revela su valor cuando se la coloca en el gran contexto internacional. Algo semejante debería ocurrir con el Cuchi. Encerrarlo en la categoría de “folclorista salteño” es exacto y a la vez insuficiente. Es salteño, por supuesto, radicalmente salteño; pero lo es como son universales los artistas que llevan su aldea hasta el límite de sus posibilidades. Su provincia no es una restricción, sino su instrumento; su paisaje no es decorado, sino pensamiento; su folclore no es costumbrismo, es forma de metafísica cantada, que no habría alcanzado semejante resplandor sin la poesía. Hay que decirlo con énfasis, la música de Leguizamón se vio enriquecida por palabras de una nobleza excepcional. Manuel Castilla, Armando Tejada Gómez y Miguel Ángel Pérez no fueron simples letristas al servicio de melodías memorables. Fueron astros de un mismo cielo. El repertorio del Dúo Salteño estuvo integrado, en gran medida, por composiciones de Leguizamón con poetas como Manuel Castilla, Armando Tejada Gómez, César Perdiguero y Miguel Ángel Pérez, con piezas antológicas como “Si llega a ser tucumana” —Leguizamón/Pérez—, “Elogio del viento” —Leguizamón/Tejada Gómez—, “Zamba de Juan Panadero”, “La pomeña” y “Balderrama”

Esa constelación resulta irrepetible. No bastaba la audacia del Cuchi. No bastaban las voces de Patricio Jiménez y Chacho Echenique. No bastaba la poesía de Castilla, Tejada Gómez o Pérez. Fue la conjunción lo que produjo el milagro. La música necesitó esas palabras; las palabras necesitaron esas melodías; las melodías necesitaron esas dos voces inconfundibles, irrepetibles, casi incompatibles en apariencia y por eso mismo destinadas a encontrarse. Chacho y Patricio no cantaban simplemente “bien”. Cantaban como si dos edades de la tierra se respondieran; una voz alta, alzada hacia la intemperie; otra cálida, terrestre. Entre ambas, el Cuchi construyó un instrumento humano.

Quizá por eso el Dúo Salteño no pueda repetirse. Podrá estudiarse, homenajearse, recrearse; habrá versiones amorosas, aproximaciones nobles, ejercicios de admiración. Pero aquella unión de compositor, poetas y voces pertenece a la familia de los acontecimientos que la historia concede una sola vez. No porque el presente sea incapaz, sino porque ciertas obras nacen de una alineación de temperamentos, épocas, geografías y azares que no se deja reconstruir. Como en Broch, la unidad no estaba sólo en las partes visibles, sino en un tema secreto. En el Dúo, ese tema fue quizá la posibilidad de una modernidad popular sin renuncia a la raíz; una vanguardia sin arrogancia; una sofisticación que no despreciaba al pueblo, sino que confiaba en que éste podía escuchar más de lo que el mercado supone.

La pregunta por la popularidad vuelve entonces con otro sentido. ¿Por qué Broch no fue tan leído como merecía? ¿Por qué el Dúo Salteño no fue tan masivo como su grandeza permitiría imaginar? Tal vez porque ambos incomodan a los hábitos de recepción de su propio campo. Broch incomoda al lector que espera una novela entendida como peripecia continua. El Dúo incomoda al oyente que espera del folclore una emoción inmediatamente reconocible. Ninguno de los dos fracasa en ser popular, pero ambos se niegan a abaratar la experiencia para conseguirlo. Kundera cita, a propósito de ciertos retoques musicales, una frase cruelmente exacta: “Déjenos deformarle un poco, Maestro, y se le querrá”. Luego agrega que el Maestro prefiere ser detestado y entendido antes que querido a ese precio. El Cuchi, sospecho, también eligió ser entendido antes que ser dulcificado.

La música del Dúo Salteño no busca que el público se confunda con ella en un solo cuerpo. Busca algo más difícil, esto es que cada oyente escuche dos voces sin reducirlas a una; que soporte la tensión de una disonancia; que advierta cómo una melodía puede acompañar a otra sin someterse; que descubra belleza allí donde la costumbre esperaba tersura. Esa música no invita a la desaparición del individuo en la multitud, sino a una atención casi ética. El oyente no es arrastrado, sino, más bien, convocado. No se le pide gritar, sino oír.

Por eso el aplauso importa. Es la señal de que la escucha sobrevivió. En tiempos de ruido, aplaudir después de una zamba del Dúo Salteño equivale a agradecer una forma de inteligencia. No es el aplauso que premia la destreza exterior, sino el que reconoce una revelación, la de haber escuchado al folclore argentino decir algo que no sabíamos que podía decir. A veces, en esas armonías arduas, parece que Salta se volviera centroeuropea y que Broch, desde su mundo de valores en ruina, entendiera de pronto la antigua sabiduría de una baguala. Y a la inversa, parece que el Cuchi, sentado al piano, hubiera sabido sin decirlo que toda tradición verdadera es una novela de muchas voces.

No sé si esta relación entre Broch y Leguizamón es demostrable. Tal vez no lo sea. Tal vez pertenezca a esa clase de correspondencias que sólo existen en el instante de una lectura, cuando una frase ajena ilumina de golpe una música amada. Pero la intuición, cuando persiste, también merece su oportunidad. Yo leía a Kundera hablando de Broch, de la polifonía, del contrapunto, de la complejidad, y oía al Dúo Salteño. No podía evitarlo. En una página sobre la novela europea aparecían, como desde otra habitación, Patricio Jiménez y Chacho Echenique. En una reflexión sobre Stravinski y el jazz, se me aparecía ese aplauso tan particular que sigue a cada canción del Dúo; un aplauso de teatro, de cámara, de revelación; no la descarga de una multitud, sino el reconocimiento de quienes han atravesado juntos una dificultad luminosa.

Acaso allí resida la grandeza de ciertos artistas, no en pertenecer a una disciplina, sino en ensanchar la idea misma de forma. Broch ensanchó la novela para que pudiera pensar sin dejar de narrar. Leguizamón ensanchó el folclore para que pudiera disonar sin dejar de cantar. El Dúo Salteño ensanchó la canción a dos voces hasta convertirla en un pequeño drama armónico. Manuel Castilla, Armando Tejada Gómez y Miguel Ángel Pérez ensancharon la palabra popular hasta darle una dignidad de paisaje interior. Esa unión de astros no volverá, y precisamente por eso sigue obrando, porque lo irrepetible no termina cuando concluye, sino cuando deja de ser escuchado.

Mientras alguien escuche, todavía habrá sonámbulos que despierten. Mientras alguien aplauda, no por reflejo sino por gratitud atenta, todavía habrá una defensa contra la simplificación del mundo. Y quizá esa defensa sea hoy más necesaria que nunca, aplaudir a Broch, aplaudir al Cuchi, aplaudir al Dúo Salteño, no como piezas de museo, sino como maestros de la complejidad. Aplaudirlos porque no nos dejaron dormir del todo. Aplaudirlos porque nos obligaron a escuchar dos voces donde la costumbre quería una sola. Aplaudirlos, en fin, porque en sus obras la belleza no fue descanso, sino despertar.

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