7 de noviembre de 2012 - 00:00
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Cumple 40 años el disco que inauguró la leyenda "Sui Generis"
Cumplen cuatro décadas el álbum de Sui Generis, portador de grandes himnos de la música popular argentina.
Grabado entre agosto y octubre de 1972 en los Estudios Phonalex, la placa que no disimuló algunos problemas técnicos de realización y sonido, permitió que la travesura de un par de muchachos que se conocieron en colegios secundarios del barrio porteño de Caballito, llegara a su primera obra.
Charly ejecutó piano, órgano y guitarra acústica, además de cantar, mientras que Nito puso su característica y privilegiada voz, además de pulsar la guitarra acústica y ejecutar la flauta traversa.
El binomio completó su modesto pero precisa sonoridad con los aportes del violín de Jorge Pinchevsky, la guitarra eléctrica y la armónica de Claudio Gabis, el bajo de Alejandro Medina y la batería de Francisco Pratti.
En esas mismas sesiones los músicos registraron canciones que no fueron parte de Vida pero que sí se incluyeron en otros discos de Sui, tales los casos de Un hada, un cisne para Confesiones de invierno (1973) y Pequeñas delicias de la vida conyugal para Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974).
La vitalidad de aquellas jornadas trascendió largamente el tiempo e incluso canciones como Espejos, Monoblock y Cuando te vayas le sirvieron a García y Mestre para incluirlas en Sinfonías para adolescentes (2000), el único disco original que testimonió uno de los infructuosos regresos de la dupla.
El cancionero de Vida, fuertemente influenciado por los aires del folk norteamericano y la sombra de Bob Dylan, se abrió con Canción para mi muerte, una tristísima y críptica balada de amores, decepciones y ausencias que recuerda que hubo un tiempo que fue hermoso.
Necesito, en cambio, es una pieza fresca y romántica capaz de saludar la impostura hippie en busca de una chica a la que no le importe mi ropa/si total me voy a desvestir que se liga al simpático y celebratorio Quizás porque, el noveno track del álbum.
Los temas 3 y 10 de la lista, Dime quién me lo robó y Cuando comenzamos a nacer, operan como dos singulares alegatos contra las imposiciones sociales y el peso de la autoridad, además de resaltar las preocupaciones por alcanzar el amor de pareja.
En Estación hay otro guiño rítmico, ligero y amable con aroma de mujer, que contrasta con el oscuro Toma dos blues y con la cruda ironía de Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris, casi un paradigma de todo aquello en lo que no querían convertirse.
El cuento sobre un amor inconveniente y, otra vez, la hipocresía mundana, asoman en Mariel y el Capitán, mientras que el ruego de Amigo vuelve a casa pronto parece remitir a la efervescencia política de un país surcado por golpes militares y prohibiciones, ya que pide cuéntame todo, cambiame todo/necesito hoy tu resurrección, tu liberación/tu revolución.
El remate de la placa es el instrumental Posludio que no solamente exhibe el virtuosismo de García, sino también los apuntes de una búsqueda musical diferente que, a la postre, sería la que terminaría con la arrolladora simpleza de Sui Generis.
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