sábado 10 de octubre de 2026

Muchas enseñanzas

Después de 9.500 kilómetros recorridos de rutas, caminos de piedras, vados, dunas y desierto, este tercer rally Dakar Argentina-Chile deja algunas enseñanzas que valen la pena repasar.

Primera: el Dakar no es un rally como el de los de campeonatos mundiales que se corre hace años en Argentina, en especial en Córdoba. Es un rally de raid, con mayores dificultades, jornadas más largas y tramos especiales que no duran unas decenas, sino cientos de kilómetros.

No es un latiguillo eso de la prueba más exigente del mundo. Ni eso de que sea peligrosa, si se cuentan los incidentes que varios pilotos han tenido, el más grave el protagonizado por el argentino Eduardo Amor, quien tras terminar la especial en Fiambalá durante la madrugada, chocó en el enlace a un automovilista que murió poco después.

Segunda: el espíritu Dakar tampoco es pura leyenda ni una consigna de marketing. Muchos competidores de primer nivel, sobre todo los de moto, rechazan privilegios durmiendo en carpas propias y cerca de sus máquinas al igual que el aficionado con menos recursos, y muchos ayudándose entre ellos, es algo habitual.

Tercera: la resistencia de las máquinas, que sufren vuelcos, calentamientos, roturas de piezas y mangueras, golpes en los trenes delanteros y pinchazos es importante para avanzar, pero lo mismo puede decirse de la resistencia física para afrontar cientos y cientos de kilómetros en el medio del polvo, de los ríos o del desierto.

Cuarta: a diferencia de otras competencias automovilísticas, incluso si contamos las apasionadas de Turismo Carretera que todavía disfrutamos en Argentina en circuitos cerrados, en el Dakar el público juega más directamente año tras año. El clima que pusieron aficionados y fanáticos, con muy pocos desbordes, volvió a darle un tremendo impulso al ánimo de los pilotos, aficionados o profesionales con gran experiencia. Y en algunos casos un litro de aceite o de combustible, o una indicación a tiempo en un camino desconocido.

Quinta: en el Dakar no hay que dar nada por hecho. Puede que un piloto que haya sumado varias etapas y sea el puntero, o esté encima de su principal adversario. Sin embargo, en esta competencia, donde las especiales son largas en muchos casos, y extremadamente complicadas desde todo punto de vista, un pequeño inconveniente puede dejar a un competidor con las manos vacías, como hoy le ocurre a Carlos Sainz, o convertirlo en ganador inesperado, como pasó con el sudafricano Giniel De Villiers en 2009.

Sexta: acostumbrados al exitismo y a competencias como las de Fórmula 1 o categorías nacionales, cualquiera se puede tentar con valorar sólo a los que van punteros.

Sin embargo, el Dakar y sus terribles exigencias enseñan, como en el ciclismo, que el solo hecho de completar una etapa es toda una conquista para equipos y pilotos.

Por eso, aquellos que lleguen a Buenos Aires hoy habrán sacado chapa de gladiadores, sin importar cómo quedaron en las posiciones finales.
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