Por historia, siempre hubo discusión de criterios por marcar que en el fútbol, en el chacarero o en el capitalino, existían los mejores jugadores, porsupuesto que cada uno tenía sus razones, pero es justicia, nadie lo puede negar por otra parte, que muchos de ellos merecen el recuerdo muy particular y hoy es que ocupa ese lugar Manuel Eduardo Caballero, porque ninguno que se precie de futbolero puede negar que desde su nacimiento como jugador, allá en La Falda de San Antonio, mostró que lo suyo fue distinto, cría de sus entrañas, un sello de calidad distinto, un crack que despertaba admiración en la gente, respeto en los rivales.
A los catorce años ya estaba en la primera de los faldeños, pero ojos de todas partes lo querían para sus clubes y así es como comenzó a transitar horizontes diferentes, vistiendo otras camisetas y hasta se dio el lujo, por influencia de Ricardo Prevedello, de probarse en Belgrano de Córdoba, lugar donde enloqueció a los dirigentes piratas por contratarlo, pero lo suyo estaba en su tierra, acompañado por un temporal de agua que no lo dejaba entrenar en la docta.
De nuevo en Catamarca y ahí nomás otra novela en su vida, la de viajar al sur tucumano para jugar en Concepción. ¿Qué pasó? Lo mismo que en Córdoba, por supuesto que estaba escrito que su calidad, su estampa de crack era para el paladar de los catamarqueños, jugando para varios clubes, tanto chacareros como capitalinos, ahí donde clasificó campeón a Juventud Unida de Santa Rosa en el 89.
Así como admiramos su calidad futbolística, Manuel lo tiene como valor humano. Charló un rato y nos comentaba, por ejemplo, que su padre no era muy complaciente para que jugara y tenía que ocupar su tiempo entre la escuela de La Falda, primero, y luego en la Normal de San Isidro, pero jamás dejó el potrero para jugar, no podía dejar de estar un momento sin compartir el tiempo con su amiga de toda la vida, la de trapo en su niñez, con la número cinco en su juventud. Admiraba el fútbol de sus años de brillantez de San Martín de El Bañado, porque más allá de un contrato o algo por estilo, existía una responsabilidad distinta.
Con esa distinción humana cosechó amigos de todos los niveles, desde el más encumbrado de los dirigentes, el más humilde de los jugadores o el hincha de cualquier club.
No vayan a pensar que lo suyo es historia, recuerdo y otra cosa, por el contrario, si usted se da una vuelta por donde juega en DUCA en la Liga de Veteranos, se divertirá un rato viéndolo desparramar clase y categoría o si lo quiere como civil, es el director técnico de su Juventud de La Falda.
Éste es Manuel Eduardo Caballero, un agradecido de la vida, el que siempre recuerda a quienes estuvieron junto a él, en las buenas y en las malas. Argentino Argañaraz