Veinte años sin Zitarrosa, para pesar del canto popular
El 17 de enero de 1989 dejó de existir el cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa y aunque su vasta y esencial obra es un legado siempre vigente, la ausencia física del artista implica una luz menos para la cultura popular latinoamericana.
Si una década atrás aquella rica herencia era motivo de visitas que parecían orientadas a multiplicar y profundizar los alcances de un repertorio donde el gesto estético y el testimonio social hallaban luminoso equilibrio, hoy se percibe ese vacío.
El canto popular iberoamericano es un escaparate más de la lógica de mercado con sus luces fugaces y sus figuritas de permanente recambio y, en ese contexto, el creador nacido el 10 de marzo de 1936 en Montevideo sigue siendo un personaje incómodo.
Las reconfortantes excepciones que aquí y allá resisten esa maquinaria, no hacen más que ratificar una tendencia generalizada que anula el disenso expresivo, sonoro y musical, pero ante esa afrenta don Alfredo es un bastión siempre a mano.
Zitarrosa logró innovar el lenguaje musical, abrazar la belleza poética, retratar la realidad y exponer su posición política.
Envuelto en una vida azarosa y cambiante se relacionó mágicamente con las letras -fue poeta y periodista-, utilizó profesionalmente su honda voz -se desempeñó como locutor- y, adosándole un toque propio y original a las músicas nativas, finalmente sintetizó esas aptitudes dentro del traje oscuro del trovador popular.
En esa faceta, iniciada en 1963 en Perú y afirmada tiempo después, registró unos 40 discos, fundamentalmente en Uruguay y Argentina, entre los que se contaron producciones claves como, Canta Zitarrosa, Milonga madre, Coplas de canto, Guitarra negra, Candombe del olvido, Melodía larga y Milonga de ojos dorados.
A lo largo de su trayectoria y acompañado por diversas formaciones musicales, demostró su talento para innovar el tratamiento rítmico y musical de la milonga, a la vez que dotó de una lírica filosa, atenta y urgente a otros géneros autóctonos del Plata, como el candombe, la zamba y la canción.
Puestos a citar apenas algunas de sus canciones emblema hay que citar a Qué pena, Stéfanie, Milonga para una niña, El violín de Becho, Milonga madre, cantando te conocí, Doña Soledad, Guitarra negra, Diez décimas de saludo al pueblo argentino, Pa´l que se va y Zamba para vos.
Del repertorio básico tampoco pueden faltar Triunfo agrario, Los hermanos, La canción quiere, A José Artigas, Chamarrita de los milicos, Candombe del olvido, Pollera azul de lino, Canto de nadie, Muchachita campesina y Mi tierra en invierno. Voz propia
Sobre la dermis sensible del mundo de los 60 y los 70, el creador aportó una voz propia que redefinió la música uruguaya y sumó matices de calidad a la canción urgente y pretendidamente rebelde de aquellos años.
Esa valiente mirada no pasó desapercibida para la dictadura militar que tomó el poder en Uruguay y que lo obligó a exiliarse el 7 de febrero de 1976.
Desde ese momento inició un doloroso peregrinaje con eje en España y México, donde plasmó obras antológicas de la talla de Adagio en mi país, que continuaron denunciando el despojo y, además, el flamante estado de terror implantado por la dictadura.
A su regreso a Uruguay, en marzo de 1984, una impresionante multitud fue a recibirlo, potenciando la estatura de mito viviente y de máximo exponente de una impronta oriental para cantar y contar historias del pueblo.
Sin grandes problemas de salud, pese a una vida agitada y bohemia, la muerte lo sorprendió a los 52 años y causó conmoción en la inmensa legión de admiradores que hallaron en su obra una nueva manera de aproximarse a distintas aristas de las artes populares.