La alegría de terminar el Dakar, ese "amor maldito"
Los competidores expresaron su satisfacción por haber culminado el rally. Sobre la difícil prueba, el motociclista español Gómez Payas explicó lo de maldito, porque que cuando más te hace sufrir más lo quieres, afirmó. Por su parte, el sudafricano De Villiers, ganador en autos, dijo que esta es una verdadera victoria del Dakar.
(Télam) - Llegar, simplemente llegar, es el equivalente a ganar en el Dakar y para comprobarlo bastó este sábado cruzarse con cualquiera de los satisfechos pilotos que entraron al parque cerrado de La Rural, en Buenos Aires, de donde habían salido hace dos semanas y 9.578 kilómetros antes con la otra mitad de los competidores que quedó en el camino (240).
El catalán Jordi Viladoms, del equipo Repsol KTM de motos, es de los que lo tienen más claro, porque corrió seis Dakar y es la primera vez que consigue terminar uno. Llegar es todo, porque esto significa toda una vida. Todo tu entorno está pendiente de esta carrera. Llevo preparándome cuatro años. Es toda una alegría, le dijo a Télam, mientras bajaba de la moto con barba crecida de varios días.
El francés Thierry Sabine, fundador en 1979 del Dakar, el más duro y exigente de los rally de raid de todo el mundo, creó la carrera después de perderse en una competencia similar por el desierto de Libia y prometer, tras pasar dos días perdido y se rescatado, que nunca volvería a intentarlo solo, para poder superar el desafío de llegar a la meta.
Zabine, quien murió en un accidente de helicóptero en la edición 1986 del Dakar, imaginó este rally principalmente como una competencia abierta para los aficionados. Llegar, para un amateur como el español Francisco José Gómez Payas, que corrió aquí con una moto Honda, significó correr con la mano fracturada, pocas horas de sueño y largas noches dedicadas a hacer de mecánico, y largarse a llorar a cuatro kilómetros de la meta rogando por el fin.
Este es un amor maldito, cuanto más te hace sufrir más lo quieres -sentencia Francisco-. Ahora sólo pienso en volver a currar (trabajar) en la empresa de aceros, donde se desempeña como un obrero más en trabajos manuales. Esto tendría que ser más amateur, o debiera haber dos Dakar, uno para equipos que tienen todo y otros para gente como yo, que estamos solos y tenemos que hacer todo y a pulmón. Para este piloto, por ahora, basta de motos por un mes, no quiero ni pensar ya en el próximo Dakar.
La llegada con coronación de un profesional tiene otros matices, como en el caso del gran triunfador de esta edición Argentina-Chile del Dakar, el sudafricano Giniel De Villiers, del equipo Volkswagen, que había puesto mucho en juego para romper con las Tuareg Race 2 el predominio de Mitsubishi en los últimos siete años de este rally y demostrar que un diesel podía quedarse con la victoria.
Impecable en la llegada a La Rural, él al igual que su Touareg, De Villiers afrontó como un caballero una andanada de entrevistas, pedidos de autógrafos y de fotos, siempre rodeado de varios integrantes del equipo destinados especialmente a atender sus requerimientos, expresión del respaldo de una marca y todo un equipo a un profesional.
La llegada para este sudafricano también implicó sentimientos, relacionados con el otro Dakar, el de los profesionales que apuntan a completar el rally, pero en un podio. Esta es una verdadera victoria Dakar, con muchas dificultades y la clasificación muy ajustada. Me sentí mal por (su compañero de equipo el español Carlos) Sainz. Estoy feliz por haber venido y me divertí mucho, dijo.
Los pilotos no son los únicos que viven intensamente la llegada en un Dakar. Sin olvidar el público, otra vez protagonista en Buenos Aires de una fiesta popular como en la largada, familiares y amigos se implican en el arribo a la meta, como ocurrió con las familias de Orly Terranova mientras corrió o con la de Marcos Patronelli hasta este sábado.