La escena cultural asiste al nacimiento de una propuesta que busca tildar de actual lo que muchos consideran estático. En un cruce donde confluyen el trap, la música romántica y el folklore más arraigado de nuestra tierra, Lihara empieza a abrirse camino en las peñas y fiestas privadas locales con una premisa clara: renovar las raíces para conectar con las nuevas generaciones.
El pulso joven de la tradición que se enciende
Tres músicos locales de distintas generaciones y trayectorias se unieron para renovar el cancionero popular. Un proyecto autogestivo donde la familia y la tecnología juegan un rol clave debajo del escenario.
El nacimiento de este proyecto se dio entre navajas, sillones y tijeras. "Lihara nació en una barbería", recuerda Lucas Macedo, vocalista, productor y arreglista del grupo. Junto a Mirko Jeremías Silva ya tenían intenciones de compartir un proyecto musical desde hacía un par de años, pero las obligaciones, los estudios y los caminos paralelos postergaban el encuentro. Hasta que un mensaje de texto de Lucas lo cambió todo. "Llegó Mirko y empezamos a crear canciones, empezamos a tocar temas del folklore argentino y nos gustó mucho cómo sonaba la banda. En ese momento llegó también Jeremías Bustamante, que toca el bombo y, bueno, empezamos a sonar", contó Lucas.
Ese ensamble espontáneo no sólo definió el inicio de las reuniones frecuentes, sino también la identidad de un nombre sin traducción. "Lihara no es una palabra que tenga una etimología, no hay un concepto definido de la palabra, no pertenece a ningún país en específico", explican sus miembros. Ante esa ausencia de fronteras, el trío decidió otorgarle un sentido propio y universal: el lugar exacto donde convergen sus raíces, su cultura y su folklore con los sonidos modernos de la actualidad.
La mixtura de Lihara responde directamente a las biografías de sus integrantes. Lucas Macedo, de 32 años, es un músico y cantante nacido en la Capital, con un pasado de más de 20 años viviendo en Santa María, donde fue distinguido como Artista Revelación del Festival del Yokavil. Con formación profesional en el Instituto CanZion de Tucumán, reparte sus días entre su familia, proyectos de música cristiana y su rol de productor para otros artistas.
En el otro extremo cronológico y estilístico se encuentra Mirko Jeremías Silva, de casi 22 años, también de Capital. Su infancia estuvo marcada por la panadería familiar de su abuela, las canciones del recuerdo y los viajes a Pomán. Sin embargo, en su adolescencia se volcó a la música urbana y formó Freq, una banda de corta duración donde exploró el pop, el rock y el trap. Tras decidir profesionalizarse en 2022, reparó una vieja guitarra de su abuelo y se sumergió de lleno en el aprendizaje académico del folklore.
El triángulo musical se cierra con Jeremías Bustamante, el encargado del pulso rítmico a través del bombo legüero y la batería. Influenciado desde chico por su hermano, Jeremías combina la sensibilidad de los parches con su profesión de diseñador gráfico y trabajador de una agencia de marketing digital. Para él, las redes sociales, la tecnología y el folklore son ramas de un mismo árbol creativo. "Soy una persona que conecta profundamente con las emociones y la parte artística. Me fascinan los sonidos y las formas de comunicar sentimientos en todas sus áreas", señala Bustamante.
Esta diversidad es la que alimenta un repertorio que no teme romper moldes. En sus presentaciones conviven composiciones propias con reinterpretaciones de clásicos de la música romántica, el folklore mexicano y piezas de artistas como Luis Miguel. El grupo entiende esta fusión como una transición natural y obligatoria. "Creemos que el folklore es necesario que se renueve, porque si el folklore no se hubiese renovado hace muchos años, se hubiese dejado de escuchar. En su momento lo hicieron Los Nocheros, en su momento lo hicieron Los Huayra. Hoy nos toca a nosotros también tratar de renovar un poquitito para que las nuevas generaciones sigan escuchando folklore", afirman convencidos de su rol en la escena actual. En ese camino de búsqueda, sus influencias abarcan un abanico generacional amplio que va desde Los Chalchaleros, Los Manseros Santiagueños y Los Cantores del Alba, hasta agrupaciones más recientes que incorporaron guitarras eléctricas, bajos y sintetizadores.
Pero Lihara no se agota en las tres figuras que suben al escenario. Debajo de las luces opera un engranaje familiar y de amistades que sostiene cada detalle logístico y estético de la banda. Este equipo está integrado por Martín Montivero, representante y coordinador del grupo, junto a Natalia (esposa de Lucas) y Eve (pareja de Mirko), encargadas del área multimedia y la coordinación general. Montivero se sumó tras ser presentado a Lucas por una tía en común, acoplándose inmediatamente al proyecto desde las tareas de base. "Escénicamente somos tres, pero hay otras tres personas debajo que hacen que todo esto funcione", reconocen, destacando el valor del trabajo cooperativo.
Con los pies sobre la tierra, los músicos asumen que están transitando sus primeros pasos. Aunque su objetivo a mediano plazo es ingresar formalmente en las carteleras culturales y festivales oficiales de la provincia de Catamarca, hoy concentran sus esfuerzos en peñas y eventos privados. En lugar de pensar en un formato físico tradicional o un disco de larga duración, la estrategia actual está adaptada a los tiempos modernos de las plataformas digitales. El grupo se encuentra lanzando singles de manera individual, sumando colaboraciones con otros artistas catamarqueños para expandir su propuesta en las redes.
Lejos de la frialdad de las métricas digitales y la desconexión actual que perciben en la sociedad a raíz del uso de dispositivos, Lihara busca que su folklore sea un punto de encuentro.