sábado 21 de marzo de 2026
Análisis

Una visita reveladora, un acontecimiento histórico

Resonancias del I° Congreso Latinoamericano de Humanidades y Ciencias Sociales. Por Horacio Machado Aráoz (*)- Especial para El Ancasti.

Lejos de haber sido un evento académico más, el Primer Congreso Latinoamericano de Humanidades y Ciencias Sociales, organizado por la Facultad de Humanidades, se constituyó en un verdadero acontecimiento histórico-político, a la altura de las más altas y nobles aspiraciones que deberíamos abrigar para con la máxima Casa de Estudios de nuestra provincia. En ese marco, y como parte central de los actos conmemorativos del 50 aniversario de la UNCA, la decisión de otorgar el Doctorado Honoris a la Dra. Rita Laura Segato se constituyó en el epicentro del Congreso y fue determinante para que los actos trasciendan lo meramente académico y protocolar, dirigiéndose hacia las problemáticas más profundas que atraviesan al conjunto de la sociedad catamarqueña, como comunidad de destino.

El discurso de agradecimiento y la conferencia inaugural de quien es una de las intelectuales de mayor prestigio de nuestro tiempo abordó –sin tapujos, con la sobriedad y solvencia científica propia de su trayectoria, pero sin ningún tipo de soberbias, ni morales ni intelectuales-, la cuestión crucial del extractivismo minero, instalado en la geografía provincial como marca de época de la actual fase de acumulación neoliberal.

Las intervenciones de Rita Segato sólo pudieron haber causado sorpresa entre quienes desconocen, en realidad, su obra, avocada al estudio de las estructuras y formas elementales de la violencia; en particular, aquellas anidadas específicamente en nuestras sociedades latinoamericanas, signadas por las marcas originarias del colonialismo, el racismo y el patriarcado de alta intensidad que caracterizan y tipificanlas violencias de nuestro tiempo. Como centro y fundamento de su alocución, la antropóloga colocó como raíz de nuestros problemas históricos y presentes, la mirada cosificadora del conquistador, figura emblemática del orden colonial-moderno, hoy prototipo de las subjetividades hegemónicas que miran, se dirigen y se relacionan con el mundo desde la lógica de la dueñidad.

En su análisis, esa mirada desencadenó la “conquistualidad permanente” que hoy acecha los paisajes, nuestros territorios de vida; la habitabilidad de la Tierra toda. “Nos miran como cantera”, advirtió, señalando el meollo del problema de fondo: el colonialismo que –desde el siglo XVI hasta el presente- se actualiza en diferentes ciclos y dinámicas de extractivismo; creando y desechando “economías de enclave”, extrayendo “recursos” codiciados por los centros de poder, y dejando desolación y ruinas en los que fueron efímeros lugares de aprovisionamiento subalterno. Y el colonialismo actúa “por obra y gracia” de la colonialidad: entre nosotros, hay “gentes” que asume la mirada del colonizador; hay “nacionales”, “catamarqueños” que se auto-perciben como canteras.

Desde el siglo XIX, las élites internas abrigaron la fantasía colonial de un “progreso” construido en base a la explotación extractivista de un territorio-cantera. En el caso de este país–que lleva accidentalmenteel nombre de la plata-, la secuencia de la cadena colonial se articula en los ciclos del cuero y el tasajo, la lana, los cereales, la carne enfriada… Hoy, la soja, los concentrados polimetálicos, el gas de Vaca Muerta y, decisivamente, el litio. Todavía acá, en nuestra provincia, no acabamos de procesar el fallido histórico de Alumbrera y ya, con las heridas aún abiertas, se arrebatan a rasguñar las migajas del litio. Mientras, las aguas perdidas del río Trapiche andan por las calles de ciudades alemanas, en las baterías de lujosos autos eléctricos. “Como con Potosí”, recordaba Rita, cada ciclo extractivista sólo deja “una minoría de dueños y corporaciones extranjeras más enriquecidas… La gente de por aquí habrá perdido lo que tenía y no tendrá nada nuevo”.

Sus palabras no cayeron nada bien en las autoridades y los grupos de poder locales. Y eso es un buen síntoma. La ciencia, la buena ciencia, no nació para adular al poder; al contrario, nació de la crítica; de la duda en las creencias petrificadas y los dogmas, generalmente establecidos a conveniencia de los actores dominantes. La tarea de la ciencia es revelar, desencubrir las estructuras de dominación naturalizadas como “sentido común”, para así habilitar imaginarios y posibilidades de vidas otras. Y en su breve paso por nuestra Provincia, a la altura de la distinción honorífica que nuestra Universidad le entregaba, Rita Segato nos ofreció ciencia, de la buena.

Su visita fue reveladora. Sus críticas revelan que, en realidad, quienes acusan a los que ellos llaman “ambientalistas” de “extremistas” y “fundamentalistas” son quienes pretenden hacer de la “cuestión minera” un principio dogmático, de carácter religioso, que no puede ser sometido a análisis ni a cuestionamiento alguno. Para ellos, no importan los argumentos; toda crítica es simplemente “antiminera”. Se revela la hipocresía de quienes –desde las alturas del poder gubernamental, universitario y mediático- reclaman un “debate serio, científico” sobre la conflictividad minera. Se devela su cinismo; o su ignorancia. Desde mediados del siglo pasado, la ciencia social latinoamericana ha venido construyendo sólidos argumentos y evidencias de la inconsistencia del “desarrollo” basado en la exportación de materias primas. Al poder, a quienes miran los paisajes con ojos coloniales, no les interesan los argumentos ni las evidencias históricas. Los fundamentalistas son ellos.

La provincia se merece un debate sobre las vías para construir una sociedad sin pobreza y con perspectivas de futuro; una tierra digna y habitable; una sociedad justa y democrática. Es un desafío que nos compete a todxs lxs catamarqueñxs y la UNCA tiene el deber de contribuir a ello.

A quienes hacemos parte de esta querida y joven Universidad Nacional de Catamarca, nos queda también un gran desafío específico: erradicar de nuestros claustros toda forma de fundamentalismo y hacer de nuestra Casa un centro de producción de pensamiento autónomo y de buena ciencia. Formar científica/os, no es lo mismo que formar “profesionales exitosos”. Para una universidad pública, sostenida con el aporte de su pueblo, la misión es formar buenos servidores públicos. Ojalá estemos a la altura de las exigencias históricas.

(*)- Investigador Independiente (Conicet). Docente (Facultad de Humanidades, UNCA).

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