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Análisis

Poder, verdad y política. Una lectura filosófica de las marchas anticuarentena

Por Manuel Fontenla
8 de septiembre de 2020 - 09:54 Por Redacción El Ancasti

I. El poder y la política contra la verdad

    A días de las marchas realizadas el 17 de agosto en nombre de “La libertad”, mucho se ha escrito, en clave sociológica como política, sobre quienes participaron de esas convocatorias o cuáles fueron sus razones e intereses para hacerlo. Estas líneas se suman a esa lista de escritos, pero buscando analizar  y tratar de comprender, no solo cuál puede ser el fundamento de esas marchas, cuales las subjetividades de los/as que fueron en los distintos puntos del país a reclamar por “la libertad”, sino más bien, como esas subjetividades, como esos fundamentos se articulan en una particular relación, aquella que constituye la triada Poder, Verdad y Política. Para ello traeremos a la conversación un maravilloso texto de la filósofa Hannah Arendt: “Verdad y mentira en la política”. El planteo de Arendt empieza distinguiendo la antigua mentira política, de una especie actual, nueva, que llama “las modernas mentiras políticas”: “La tradicional mentira política, tan prominente en la historia de la diplomacia y en el arte de gobernar, en general se refería a verdaderos secretos (…) Por el contrario, las mentiras políticas modernas se ocupan con eficacia de cosas que de ninguna manera son secretas sino conocidas de casi todos”. Estas modernas mentiras políticas, tienen además el efecto de ser una forma de violencia, ya que a diferencia de la tradicional mentira política que ocultaba, la nueva mentira política destruye lo que sustituye con la imagen que crea. Al destruir una realidad y suplantarla por otra, al hacerlo sobre cosas de conocimiento público y dirigidas al total de la población, este tipo de mentira choca con toda la estructura de la realidad.

Frente a estas nuevas mentiras políticas, Arendt se pregunta: “¿qué es lo que impide que esos nuevos relatos, imágenes y “no-hechos” [fakenews, montajes, etc] se conviertan en sustitutos adecuados de la realidad y lo factual?”

Es decir, frente a los actuales poderes político-mediático de magnitudes inéditas: ¿Qué impide que el discurso de la cuarentena como una afrenta a “la libertad” se vuelva masivamente real y sustituya lo factual? ¿Qué impide que el relato sobre “la infectadura” como gobierno autoritario, sustituya la democracia factual?

En el caso de las nuevas mentiras políticas, lo que se observa, es que Poder y Política se conjugan para atacar la Verdad, y ya por los años 70, para Arendt “las posibilidades de que la verdad factual sobreviva a la embestida feroz del poder son muy escasas; siempre corre el peligro de que la arrojen del mundo no sólo por un periodo sino potencialmente para siempre”. Teniendo presente la actual configuración monopólica de la información, sobre todo la de las redes sociales, no cabe duda de que las posibilidades de sobrevivir de la verdad frente al trabajo conjunto del poder y la política, son prácticamente nulas. Sobre esta situación mucho se ha dicho, analizado y criticado sobre todo haciendo foco en medios hegemónicos como el grupo Clarín, TN, La Nación, Infobae, etc. Sin embargo, el texto de Arendt permite pensar otro tipo de articulación entre poder, verdad y política, que es la que realmente me interesa.

II. El poder contra la verdad y la política

Si bien toda realidad es construida a través de narraciones, hay una diferencia entre aquella máxima nietzscheana según la cual “no hay hecho solo interpretaciones” y la actual capacidad del poder, a través de los medios masivos, de construir (como diría Arendt) una realidad capaz de sustituir otra. Insisto, no una mentira sobre el carácter o signo de un hecho (su interpretación), sino una mentira que destruye el hecho mismo, que expulsa lo factual de la realidad, construyendo otra en su lugar. Y este fenómeno, de por sí alarmante, es apenas el inicio del análisis arendtiano, cuyo objetivo es otro y más agudo aun.

Volvemos a la pregunta del comienzo: ¿qué es lo que impide que nuevos relatos, imágenes y «no-hechos», fakenews, operaciones mediáticas, archivos falsos, montajes, etc. se conviertan en sustituto adecuado de la realidad y de lo factual? O para ponerlo en la más bruta de las oposiciones ¿Qué pasa cuando unos dicen “fueron 30.000” y otros dicen “fueron 8.000”? ¿Qué pasa cuando unos dicen “se ahogó” y otros dicen “lo mató gendarmería”? ¿Qué pasa cuando unos dicen “la minería trae progreso y riqueza” y otros “la minería trae muerte, miseria y contaminación?

Antes de responder, asumamos que nadie puede mantenerse completamente al margen de las ideas, interpretaciones y opiniones que se generan en su sociedad. Nuestra captación de la realidad depende de que compartamos el mundo con nuestros semejantes. No existe una objetividad tal, ni periodística ni científica, que pueda situarnos por fuera del campo de lo político y de los intereses como para poder analizar los relatos, las imágenes, las interpretaciones u opiniones; pero frente a eso, diría Arendt, tenemos (¿teníamos?) cierta “irremediable tozudez de los hechos” que nos daban un sustento, una base común, desde la cual pensar la realidad. Sin embargo, si el análisis de Arendt nos resulta convincente, y existe la posibilidad de que el poder se vuelva contra la verdad de los hechos al punto de borrar una realidad común y sustituirla por otra, entonces el poder se vuelve también contra la posibilidad misma de la Política:

“A menudo se señala que la consecuencia del lavado de cerebro más cierta a largo plazo es una peculiar clase de cinismo, un rechazo absoluto a creer en la veracidad de cualquier cosa, por muy bien fundada que esté esa veracidad. En otras palabras, el resultado de una consistente y total sustitución de las mentiras por la verdad de hecho no es que las mentiras vayan a ser aceptadas en adelante como verdad, y la verdad se difame como una mentira, sino que el sentido por el que establecemos nuestro rumbo en el mundo real –y la categoría de verdad contra falsedad está entre los medios mentales para conseguir este fin– queda destruido (…) Para este problema no hay remedio”.

Este es el trauma histórico que nos advierte Arendt. El resultado devastador contra el cual debemos enfrentarnos. No se trata de que un Poder cualquiera (estatal o privado) se afane dia y noche en convencernos de una mentira, ni se trata de dilucidar donde está la mentira y la verdad (qué posición tomar de uno u otro lado de la grieta). La razón por la cual en una marcha de “la libertad” pueden confluir todo tipo de posiciones antagónicas (anticomunistas, antiperonistas, fascistas, próvidas, proaborto, pro-libertad, pro-carcel, antiderechos, antidemócratas, pro-republicanos, anticorrupción, antipolíticos, antivacunas, provacunas, etc. etc. etc.) es porque, como sugiere Arentd, el Poder ha destruido, no la verdad, sino la política,  la capacidad social de construir un sentido que guie nuestro mundo de manera colectiva. Al destruir la política, el poder ha destruido el tejido que sostiene una realidad común compartida. Si este diagnóstico es aceptado, antes que insultar o reírnos de aquellos que consideramos “del otro lado de la grieta”, del “lado estúpido de la mentira”, “del lado imbécil de la manipulación”, deberíamos preguntarnos, tal vez, ¿Cómo reconstruir unared de lazos sociales que dan sustento a un mundo compartido con ellxs? ¿Cómo elaborar un sentido común capaz de guiarnos conjuntamente? O en otros términos: ¿Y si cualquiera de los dos lados de la grieta es igual de productivo a la lógica del poder contra la política? ¿Es esta una pregunta viable? ¿Habrá que aceptar que vivimos en mundos cada vez más compartimentados, no solo físicos, sino mentales, mundos cuyas estructuras de realidad sean lisa y llanamente inhabitables para una sociedad compartida? ¿Estamos a tiempo de salvar a la política del poder?

(Artículo publicado originalmente en aguardiente.com.ar)

 

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