Es una suerte de mito eso de que, para entender de economía, hay que saber de números. Y en realidad es más complejo porque hay que saber de personas, cuyo comportamiento es bastante más inestable que el de las matemáticas.
Temas que no parecen de Economía… pero lo son
Por ello no viene mal un pequeño alto en el camino que venimos desandando en la interpretación de los problemas del empleo en nuestra provincia, la salida económica de la pandemia, la negociación de la deuda, etc., para establecer algunas cuestiones sobre las cuales no es habitual hablar cotidianamente, quizás porque los tiempos son difíciles, o porque parecen discusiones inútiles o, lo peor, porque hemos delegado el trabajo de pensar a otros que nos resuelven nuestra vida con cortos y efectivos slogans o “memes”.
Es claro también que el abordaje que podemos hacer en estas líneas no es el de un filósofo avezado sino el de un economista curioso, que entiende que la economía necesita apoyarse en otras ciencias. Esto nos dirige a aceptar que para entender la economía también hay que entender las relaciones humanas vinculadas a la ética y a la moral.
Entiendo que la moral se aplica a un grupo, como aquellas costumbres que se deben obedecer para el buen actuar, mientras que la ética proviene de la reflexión del individuo sobre cuáles, de sus propias acciones, son morales y cuáles no.
El sistema capitalista y la base ideológica subyacente en la teoría económica ortodoxa, nos ponen permanentemente en el contexto de la tragedia griega de Sófocles, donde la decisión de Antígona de desobedecer a la norma social establecida por su tío Creonte, rey de Tebas, de prohibir la ceremonia del sepelio a los traidores a la patria. Sin pensar en las consecuencias que esto le significaría, la protagonista decide dar piadosa sepultura a su hermano Polinice, acusado de traición a la patria por el rey. Es tarea compleja, pero debemos reconocer esa circunstancia como un dilema.
Los argentinos estamos en un quiebre histórico donde, al parecer, debemos reescribir nuestro contrato social y eso implica reescribir nuestra moral. Entonces se permite preguntar, ¿hasta dónde los argentinos estamos dispuestos a cerrar filas en torno al contrato moral, aceptando que las soluciones individuales y meritocráticas de la obtención de beneficios no son ciertas, que es imposible que la satisfacción personal redunde por acumulación en satisfacción general?
El actual sistema económico, en su etapa de concentración a escala global casi sin límites, ha encontrado en parte de la clase media un escudo para los grandes beneficiarios de la distribución asimétrica de los frutos del trabajo de todos. Ese escudo accede a un ingreso algo mejor que el de subsistencia y toma conciencia difusa del riesgo en que vive. A ese sector se le manipula desde el poder económico de una manera salvaje, despiadada, para que priorice la confrontación entre sí o con los pobres.
Los no incluidos pasan a ser los responsables de querer ingresar a un espacio que está completo y eso no puede significar más que una pérdida para los que ya están adentro. Y lo grave es que no se puede expresar así, ni siquiera se tolera que alguien pueda pensar así, porque nuestra sociedad parece estar presa del efecto Dunning-Kruger que puede resumirse en una frase: cuanto menos sabemos, más creemos saber.
Es un sesgo cognitivo según el cual las personas con menos habilidades, capacidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidades, capacidades y conocimientos. Como resultado, estas personas suelen convertirse en ultracrepidianos; gente que opina sobre todo lo que escucha sin tener idea, pero pensando que sabe mucho más que los demás, como en el sketch televisivo “Hablemos sin saber”.
El problema es que, en la realidad, las víctimas del efecto Dunning-Kruger no se limitan a dar una opinión ni a sugerir, sino que intentan imponer sus ideas, como si fueran verdades absolutas, haciendo pasar a los demás por incompetentes. Obviamente, lidiar con ellos no es fácil porque suelen tener un pensamiento muy rígido, casi al borde de la intolerancia.
Aquellos a los que hoy les toca gobernar deben entender de manera suficiente estos momentos. Si lo hacen, ello los llevará a advertir que el futuro no puede pasar solo por dar crédito o eximir de algún impuesto a los actores económicos actuales. No puede ser, porque de tal manera no solo se consideraría que un mejor país es resultado de ajustes eficientes de la estructura heredada, lo cual es un error ingenuo; a la vez, se esperaría que los mismos actores del actual escenario sean los promotores de una Argentina superior y eso no es posible. Los funcionarios de este momento histórico no se pueden abstraer de su responsabilidad creativa, de su obligación de concebir las nuevas relaciones sociales y económicas que sean válidas para todos los habitantes y diseñar las formas para su implementación.
Entender de economía resulta una tarea sencilla ante la complejidad del comportamiento social, pero esa complejidad no habilita el sacrilegio, a veces es bueno recordar el refrán “zapatero a tus zapatos”.
(*) Licenciado en Economía- Docente e investigador de la UNCA.