Días atrás, el periodista Reynaldo Sietecase se preguntaba, en su espacio Mañana es Tarde que se emite por Radio del Plata, por la naturaleza de la identidad ideológica progresista actual. Es que la coyuntura política parece plantear, a las distintas fuerzas, la necesidad por acercarse a esa identidad.
En la ciudad de Buenos Aires se advierte una notable fragmentación de aspirantes progresistas a la Jefatura de Gobierno (Mauricio Macri, parece enfrentarse a este gran y heterogéneo arco); la Presidencia de la Nación también es pretendida por una mayoría progresista (Cristina Fernández, Hermes Binner, etc.), haciendo que la representación de derecha se reduzca a la Coalición Cívica de Elisa Carrió y a Unión Popular, que postula al ex presidente Eduardo Duhalde.
También se pudieron observar otros fenómenos (de esos que siempre ofrece la política) como la fallida alianza entre Hermes Binner y el cineasta Pino Solanas, y los coqueteos de Ricardo Alfonsín (quien buscó su dosis de progresismo en el socialismo y el GEN) con Francisco de Narváez, quien en 2009 fue aliado del PRO y es claramente identificado con el menemismo. Así, las pistas presentan a la coyuntura como una dinámica de dudoso valor ideológico.Latinoamérica: miradas alternasAnte la camisa de fuerza que propone esta tensión entre progres y fachos, una exploración a través de lateralidades posibles es todo un desafío intelectual. Una de ellas es promovida por la Fundación Ethos que, a través de su modelo de Gobierno Responsable, intenta superar el radicalismo ideológico.
Este modelo conlleva una serie de parámetros que configuran criterios para llevar adelante una gestión de gobierno tendiente a satisfacer las necesidades de la población y promover el desarrollo de los países. De esta manera, procura estimular una concepción de la pobreza superadora de la insuficiencia de ingresos materiales, incorporando consideraciones contextuales, tales como el respeto a los valores democráticos, la libertad y los derechos humanos, el respeto al marco constitucional, el estado de derecho y el imperio de la ley, la relación con el medio ambiente, entre otros. Por ejemplo, mientras que los índices tradicionales priorizan la medición de tasas cuantificadoras (como el ingreso per cápita), el modelo de Gobierno Responsable adiciona observaciones como la burocracia institucional. Es decir, independientemente de que un individuo cuente con la posibilidad de adquirir bienes y asumir un satisfactorio nivel material de vida, si el contexto le exige la necesidad, por ejemplo, de pagar coimas para el logro de esas satisfacciones, éste no es muy favorable para el bienestar de los ciudadanos.
La Fundación Ethos presenta este modelo como una visión trascendente de la dicotomía izquierda-derecha en la que se debaten muchos gobiernos, especialmente los latinoamericanos. Así, uno de los países que, de acuerdo a este criterio, es considerado como uno de los más respetuosos de estos valores en la región es Brasil, el cual ha evidenciado la continuidad en algunas políticas independientemente de las diferencias ideológicas de las sucesivas gestiones. A contrapartida, el último informe demuestra cómo algunos gobiernos que insistentemente se expresan a favor de sus pueblos no son coherentes en sus políticas y metodologías. Uno de estos casos es el de Venezuela, cuyo presidente, Hugo Chávez, es esmera en ratificar la búsqueda de la defensa de los intereses de los venezolanos, pero que simultáneamente exhibe muchas debilidades, por ejemplo, en materia de libertad de expresión, protección de los derechos políticos, y no permitir la realización de monitoreos en materia de derechos humanos. Así, gracias a este tipo de falencias, Venezuela es -de acuerdo al análisis de Ethos- uno de los menos distinguidos del continente, pese a todo lo que pueda renegar su presidente.
Otro caso llamativo es el de Ecuador. La administración nacionalista liderada por Rafael Correa insiste en autoreferenciarse, entre otras cosas, como defensora de la utilización de los medios de comunicación estatales con fines coherentes a los de la ciudadanía. No obstante, una reciente investigación del director de la organización, Dr. Mauricio Rodas, da cuenta de la al menos recurrente utilización de estos medios para la transmisión de cadenas nacionales. Entre enero de 2007 y mayo de 2011 se emitieron 1.025 cadenas nacionales de televisión y radio, equivalentes a 151 horas o a casi cuatro semanas laborables ininterrumpidas de transmisión, pese a que la Ley de Radio y Televisión de ese país indica que los funcionarios podrán solicitar (la emisión de cadenas) una vez al mes como máximo y sin exceder el límite de 10 minutos. Sin embargo, lo más llamativo es que, pese a que la misma norma sostiene que estas transmisiones serán usadas exclusivamente para la información de las actividades de las respectivas funciones, ministerios u organismos públicos, Correa las ha empleado con fines proselitistas y confrontación, de acuerdo al informe. Por ejemplo, el estudio registró 171 insultos del presidente (que empleó agravios como estúpido, perro, retardado y limitadito) a 80 personas entre las que se encuentran opositores políticos, periodistas, e incluso el mismo Rodas. Es preciso recordar que, por distantes que puedan ser las posturas ideológicas entre Correa y sus agredidos, éstos son, en definitiva, sus mandados y quienes, en última instancia, financian esas transmisiones con sus impuestos.Ética, discurso y ambicionesLos ejemplos expuestos sólo buscan exponer el hecho de que las autoreferencias ideológicas de ciertas políticas no necesariamente son coherentes con el corpus de ideas proclamado y, en ocasiones, pueden ni siquiera responder a determinadas seguridades éticas.
En este sentido, tampoco resulta del todo clara la relación ontológica entre estos cuerpos de ideas y la sustancia ética. Por ejemplo, el caso de la millonaria malversación del Grupo Nule a la alcaldía de Bogotá en materia de licitaciones de obras públicas -maniobras que habrían sido facilitadas por el suspendido alcalde Samuel Moreno (del Polo Democrático) y su hermano Iván-, lejos están de ser una demostración de ética. Y así pueden ofrecerse muchos ejemplos más.
Entonces, ¿cuál es el atractivo que produce que muchos dirigentes se esfuercen por autoidenficarse con la izquierda o el progresismo nacionalista, muchas veces pasando por alto sus pasados -en ciertos casos, recientes- antagonistas? A esta altura, pocas lecturas posibles parecen ofrecer alternativa a la mera necesidad de usufructo electoral de circunstancia, como si se tratara de una simple fórmula que funciona. Distantes de un genuino debate ideológico, la similitud discursiva entre varias de las propuestas que toman parte de las distintas instancias electivas de 2011 es tan llamativa que, en todo caso, sus oponentes tendrían el escaso mérito de diferenciarse.Daniel Lencina, desde Colombia, para El Ancasti Digital.