Aunque inevitable, la muerte de un hombre de la talla de Genaro Collantes es el tipo de noticias que uno no desea publicar. Desde un punto de vista general, porque la política pierde a un gran luchador, a una personalidad que entendió el significado del diálogo como herramienta de construcción y bregó para que éste ocupara un lugar central. Y desde lo personal, porque he perdido un amigo: Genaro ha sido de esas personas con las que uno se siente a gusto siempre, por su excelente trato y su enorme respeto. Porque cultivaba como pocos el arte del sano intercambio de ideas.
Por él no puedo sentir más que admiración. Porque he sido testigo de cómo debió luchar para salir adelante en su vida personal, profesional y en la política, donde creo que hizo grandes cosas.
La historia suele juzgar a los políticos por sus obras y su actuación en la vida pública; y en el caso de los legisladores, por sus proyectos y sus intervenciones con alguna repercusión mediática. Es posible que Collantes haya sumado algo de todo eso en su paso por la política.
Sin embargo, estimo que lo más importante fue lo que él representó en un momento del país y la provincia en el que el desencuentro dominaba el escenario. Porque Collantes fue precisamente la contracara de ese estado de cosas: él trabajó siempre, incansablemente, para lograr el punto de encuentro entre las posiciones antagónicas. Y lo hizo con su mayor virtud, la intermediación, es decir, con esa extraordinaria capacidad para acercar posiciones y evitar rupturas. Fue la antítesis de la crispación que tanto daño nos hizo y nos sigue haciendo a los argentinos.
Por ello considero que Catamarca y el país han perdido a una gran persona, pero al mismo tiempo confío en que su testimonio de vida sirva para la generación presente y para las generaciones que vendrán. Porque en esto radica la esencia del ser y del hacer en la vida pública: en que trasciendan como ejemplo.
Genaro Collantes, un gran hombre de bien, hizo mucho para que su existencia no pase desapercibida. Espero que así sea.