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Análisis

La vejez en la pluma de Borges

Por Jorge F. Chayep

28 de septiembre de 2026 - 14:26

Cuando ejercía, muchos pacientes me decían, ante los inconvenientes y la decrepitud propios del inexorable paso del tiempo: “¡Que feo es llegar a viejo!” Y siempre les respondía: “Pero más feo es no llegar”.

Y ahora, que, por gracia de Dios yo también llegué, muchos de los presentes rozan esta etapa de la vida, y otros, si tienen suerte, inexorablemente llegarán, se me ocurrió hablarles de ello, apelando, también, a la pluma exquisita de Borges, para compartir con ustedes su claro pensamiento.

La vejez se instala lentamente, como la tarde, que va retirando la luz que define las formas y los colores, sin apagarla totalmente.

Y un día descubrimos que los años han dejado de ser una cuenta y se han convertido en rostros que ya no están, amigos que no volvemos a ver, calles que desconocemos, libros que volvemos a leer, y nuevos dolores y limitaciones que se nos incorporan.

Creo que envejecer es aprender otra medida del tiempo. Ahora se lo mira como un tesoro. Cada mañana adquiere una significación diferente, porque sabemos que ya ninguna será idéntica a la anterior, y tomamos conciencia que la vida, por ser finita, es preciosa.

Aceptamos que la vejez trae consigo ciertas pérdidas. Las manos ya no tienen la misma fuerza; la piel extraña su tersura; los pasos se vuelven más lentos y cautelosos y hasta vacilantes; la memoria a veces abre puertas equivocadas y otras, milagrosamente, nos devuelve una voz, un rostro, un perfume, una canción escuchada hace mucho tiempo y que creíamos perdidos.

Pero también nos trae una nueva forma de mirar el mundo. Lo urgente pierde su imperio. Las pequeñas cosas, como una conversación frente a un pocillo de café, el cariño de un nieto, unas viejas páginas leídas en silencio, recuperan su protagonismo y antiguo señorío.

Quizás, envejecer sea, sobre todo, reconciliarse con la vida. Comprender que no hemos sido solamente aquello que hicimos, sino también aquello que amamos, aquello que recordamos y aquello que dejamos, como legado, en el corazón y el recuerdo de los demás.

Hay una belleza particular en los rostros envejecidos. Las arrugas no son, únicamente, un proceso natural del transcurrir de los años, por falta de colágeno y elastina. Son una escritura biográfica indeleble: Cada una guarda una sonrisa, una preocupación, un dolor, una despedida, los hijos que se van, febriles noches de insomnio, una alegría inesperada, una pérdida. El rostro del anciano es, de algún modo, un libro abierto que la vida escribió en pergamino, sin borradores.

Y comprendemos que la juventud no fue necesariamente la mejor época, sino simplemente una edad. Una etapa de la vida que tenía su música, sus lecturas, sus proyectos, su impaciencia, sus urgencias, sus ilusiones, sus amores, sus pasiones.

La vejez tiene otra música: más lenta, más secreta, probablemente más profunda; otros amores, o quizás los mismos. Y, por qué no, otras pasiones. Y, también, prolongados silencios.

Porque llega un momento en que ya no necesitamos conquistar al mundo. Basta con contemplarlo, admirarlo y disfrutarlo.

La vejez no es solamente el camino hacia el final. Es también la posibilidad de mirar hacia atrás y recordar que antes hubo toda una vida que ya vivimos.

Y, acaso, el verdadero privilegio de envejecer sea haber aprendido, después de tantos años, que la felicidad, a pesar de no manifestarse, siempre estuvo allí, humilde y luminosa, esperando ser encontrada en las cosas sencillas, como esta apacible tarde de septiembre, perfumada de azahares, en que estamos, aquí, reunidos.

Por su lado, las reflexiones de Borges sobre la vejez evolucionan desde la intuición de la pérdida hasta una suerte de sabiduría serena, constituyendo un verdadero itinerario espiritual.

No son un accidente biográfico o bibliográfico; por el contrario, son la culminación de una larga meditación sobre la vida y su transcurrir.

En sus primeras publicaciones ya surge haber reflexionado que el tiempo constituye el gran enigma de la existencia humana.

Sin embargo, cuando llega a la ancianidad, ese problema filosófico deja de ser una abstracción y adquiere un rostro personal: El tiempo ya no es el río de Heráclito, la representación de Schopenhauer, ni el laberinto de los metafísicos. Es el cuerpo que envejece, la memoria que se vuelve más lenta y la conciencia de que el número de los días restantes es limitado.

Precisamente, en el poema “Límites” (El otro el mismo, de 1964) aparece la primera referencia esencial a la vejez: “De estas calles que ahondan el poniente, una habrá (no sé cuál) que he recorrido ya por última vez, indiferente…”.

Borges comprende que todas las cosas tienen una última vez. Habrá un último libro que abramos, un último jardín que contemplemos, una última conversación con un amigo, una última rosa cuyo aroma disfrutemos, un último beso con la persona amada...

Lo extraordinario es, por suerte, que jamás sabremos cuándo ocurrirá ese instante definitivo. Lo trágico no consiste en la muerte, sino en ignorar cuál fue el último encuentro con aquello que amábamos.

La vejez, entonces, para el poeta, no se mide por los años, sino por la conciencia de que el horizonte de las posibilidades comienza a cerrarse silenciosamente.

Es una de sus meditaciones más conmovedoras sobre la senectud. Descubrir que un día hemos hecho algo por última vez sin saberlo.

En “El oro de los tigres” (poema que da el nombre al libro, de 1972) esa intuición se vuelve más íntima. La ceguera reduce el universo visible hasta dejar apenas algunos resplandores amarillos.

El oro del título es el color de los tigres que Borges admiró desde la infancia, cuando su padre lo llevaba al zoológico, pero también el último fulgor que conserva antes de que la oscuridad lo envuelva por completo: “...y ahora sólo me quedan la vaga luz, la inextricable sombra/ y el oro del principio…” El poema no expresa rebeldía; transforma la pérdida en símbolo. Aquello que desaparece del mundo exterior permanece intacto en la memoria. La imaginación termina siendo más poderosa que el sentido perdido.

En los poemas “El ciego”: “De los libros le queda lo que deja la memoria, esa forma del olvido que retiene el formato, no el sentido…” y “Un ciego”: “Repito que he perdido solamente la vana superficie de las cosas…/ pero pienso en las letras y en las rosas…” ambos del libro La rosa profunda, de 1975, lleva esta experiencia todavía más lejos. La oscuridad ya no es solamente una limitación física; se convierte en una forma distinta de conocer. El poeta descubre que la verdadera mirada no pertenece a los ojos sino al pensamiento. El universo visible se reduce mientras el universo interior se expande.

La biblioteca, los libros y los rostros sobreviven en la imaginación con una intensidad que acaso nunca tuvieron cuando podían contemplarse.

II

La vejez, entonces, para el bardo, no es una desgracia sino otra manera de habitar el tiempo, con menos imágenes y más memoria. Deja así de ser una disminución para convertirse en una lenta, pero profunda interiorización del mundo.

Igualmente, hace referencia al tema que nos ocupa, en su conocido “Poema de los dones”, publicado en el libro El hacedor, de 1960, que escribió, según cuenta en una de sus magistrales conferencias, cuando fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría de Dios,/ que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche…”. Y en su poema “1964” publicado en su libro El otro el mismo, precisamente de 1964: “...Hoy sólo tienes la fiel memoria y los desiertos días.../ Sólo me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

También, en sus ensayos y conferencias, el tema aparece tratado con frecuencia.

En Siete noches, especialmente en la conferencia titulada La ceguera: “La ceguera no ha sido para mí una desdicha total, no se la debe ver de un modo patético. Debe verse como un modo de vida…Ser ciego tiene sus ventajas. Yo le debo a la sombra algunos dones: le debo el anglosajón, mi escaso conocimiento del islandés, el goce de tantas líneas, de tantos versos, de tantos poemas, y de haber escrito otro libro, titulado con cierta jactancia, Elogio de la sombra…”

En esa magistral disertación reflexiona también sobre el envejecimiento, la resignación y la gratitud.

En Borges oral, donde vuelve repetidamente sobre la memoria, el tiempo y la aceptación de la edad: “...creo en la inmortalidad: no en la inmortalidad personal, pero sí en la cósmica. Seguiremos siendo inmortales; más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria, y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal…”

En su Autobiografía, en la que recuerda cómo la vejez modificó su manera de leer, escribir y entender la felicidad: “...Hoy, a pesar de los años, sigo pensando en las muchas piedras que me falta mover, y en otras que me gustaría mover de nuevo…”; “...A mi edad uno debería tener conciencia de los propios límites, y ese conocimiento quizá contribuya a la felicidad…”; “...Lo que quiero ahora es la paz, el placer del pensamiento y de la amistad. Y aunque parezca demasiado ambicioso, la sensación de amar y ser amado.”

Lo notable es que, reitero, Borges no concibe la vejez como decadencia. Para él es una etapa en la que se atenúan las pasiones y se alcanza una mirada más esencial y profunda. La ancianidad y la ceguera dejan de ser un castigo para convertirse en una forma de reconciliación con el tiempo y la vida.

Dejo, a propósito, para el final, “Elogio de la sombra”, poema en el que esta evolución alcanza una serenidad casi clásica, casi mística, para realizar un análisis más profundo. Fue publicado en una etapa de su vida de plena madurez intelectual.

Permítanme recordarles algunos de los maravillosos versos de este extenso poema:

“La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.

Vivo entre formas luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla…

…Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

Mis amigos no tienen cara,

las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,

las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros.

Todo esto debería atemorizarme,

pero es una dulzura, un regreso.

De las generaciones de los textos que hay en la tierra

sólo habré leído unos pocos,

los que sigo leyendo en la memoria,

leyendo y transformando…

…cada ínfimo instante del ayer y de los ayeres del mundo,

la firme espada del danés y la luna del persa,

los actos de los muertos,

el compartido amor, las palabras, Emerson y la nieve y tantas cosas.

Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,

a mi álgebra y mi clave,

a mi espejo.

Pronto sabré quién soy.”

Como pueden apreciar, la sombra del título no representa únicamente la ceguera; simboliza también la ancianidad.

Hay una edad en la que el hombre deja de perseguir el resplandor y comienza a comprender la misericordia de la penumbra.

Elogio de la sombra no es el lamento de quien pierde la vista o está abrumado por los años, sino el himno sereno de quien descubre que existen otras maneras de contemplar el universo.

En este poema, la ceguera deja de ser una mutilación para convertirse en una revelación. Lo visible retrocede para que emerja lo esencial. Allí donde los ojos ya no alcanzan, comienza el territorio de la memoria, de la imaginación y de los símbolos. El mundo deja de ser una sucesión de formas y colores para convertirse en una vasta biblioteca interior, donde cada libro leído revive sin necesidad de abrir sus páginas.

La sombra que Borges elogia no es la de la desesperanza. Es la de los claustros, de las tardes otoñales, de los jardines silenciosos y de las bibliotecas donde el tiempo parece detenerse. Es la que invita a la reflexión y al recogimiento; la que protege al hombre del exceso de claridad con que el mundo suele distraernos.

Borges acepta el envejecimiento con la dignidad de los antiguos estoicos. Comprende que toda pérdida puede ocultar un don y que el destino, aun cuando parezca severo, suele ofrecernos otra manera de habitar el mundo.

En estas páginas resuena una antigua enseñanza: la verdadera visión no pertenece a los ojos sino al espíritu.

Como los viejos profetas, como los sabios de Oriente o los filósofos griegos, Borges descubre que la verdad rara vez se manifiesta bajo el fulgor del mediodía; prefiere el crepúsculo, donde los contornos se desvanecen y las ideas adquieren una nueva profundidad.

Por eso el poema es también una meditación sobre la identidad. Cada hombre es el resultado de aquello que ha amado, de los libros que ha leído, de las voces que recuerda y de los sueños que todavía lo acompañan.

Quizás esa sea la mayor lección de Borges: la sombra no es el fin de la luz. Es el despertar de la memoria.

En este poema, el vate nos recuerda que el tiempo no es un enemigo, sino un paciente escultor, que cada día despoja con su buril al hombre de alguna certeza, de algún rostro, de alguna ambición, hasta dejar solamente aquello que no puede perecer: el asombro y la palabra.

Ya no necesita ver los tigres para imaginar su oro, ni recorrer los laberintos para perderse en ellos. Todo sucede en el reino secreto de la conciencia, donde los viejos recuerdos y los sueños poseen la misma consistencia que la realidad.

Comprende que la existencia no consiste en conservarlo todo, sino en aceptar que cada pérdida revela otra forma de riqueza.

III

También la muerte aparece transformada. Ya no es la figura amenazante que clausura la historia, sino la última curva del laberinto de la existencia.

Borges la contempla con la curiosidad del lector que está por abrir por vez primera un libro cuyo desenlace no conoce y nadie ha contado.

En este poema, la sombra deja de ser una metáfora de la decadencia para convertirse en una lección de ética.

Enseña la humildad de aceptar los límites, la gratitud por lo vivido y la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada al mundo.

Quizá esa sea la moraleja más perdurable de Elogio de la sombra: la plenitud no consiste en vencer al tiempo, sino en caminar junto a él; no en desafiar la oscuridad, sino en descubrir que, cuando la aceptamos, también ella puede iluminarnos.

La vejez, lejos de ser un epílogo melancólico, aparece como una estación privilegiada del espíritu; un territorio donde las ilusiones se aquietan y las cosas revelan, al fin, su auténtico nombre.

En el célebre primer verso del poema el poeta realiza una de las más profundas reivindicaciones de la ancianidad de toda la literatura contemporánea. La aclaración entre paréntesis no es un detalle casual. Al decir “tal es el nombre que los otros le dan”, parece sugerir que la vejez es, en gran medida, una construcción ajena, una etiqueta impuesta por quienes aún miden la vida con el calendario y con la fuerza del cuerpo.

Él, en cambio, ya no se reconoce en esa mirada. Habita otra dimensión del tiempo. Envejecer significa liberarse de la tiranía de la urgencia. Descubrir el valor incomparable del presente. Ya no es necesario conquistar el mundo, porque el mundo entero ha encontrado refugio en la memoria.

Lo que permanece es lo esencial: el amor, la gratitud hacia los amigos, la fidelidad a unas pocas pasiones y la capacidad de seguir maravillándonos ante el misterio de existir.

Borges parece recordarnos que la ancianidad no constituye el fracaso de la vida, sino su culminación. Es el momento en que el hombre deja de preguntarse qué llegará a ser y comienza, finalmente, a comprender quién ha sido.

El tiempo ya no corre hacia adelante; se recoge sobre sí mismo.

En esa comprensión reside la verdadera felicidad a la que alude el poema: la pacificación con el cuerpo que envejece, con la memoria que selecciona, y, sobre todo, la aceptación del destino.

La vejez deja entonces de ser un invierno estéril para convertirse en la estación de la cosecha, cuando el árbol ofrece el fruto madurado durante toda una existencia.

Parece decirnos que mientras el espíritu conserve la curiosidad, la gratitud y el amor por la belleza, ninguna edad será una derrota.

La vejez no disminuye al ser humano, sino que lo decanta. Es el instante en que el hombre, despojado de casi todo, descubre que, precisamente entonces, posee lo único que nunca se pierde: la sabiduría de haber vivido.

El gran cineasta sueco Ingmar Bergman dijo una metáfora que creo interpreta muy bien, en pocas palabras, los inconvenientes y privilegios de llegar a esta etapa de la vida: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena”.

Vamos a dejar por un momento a Borges, para acercarles la opinión sobre la vejez de Carl Gustav Jung (1875 - 1961), eminente médico psiquiatra y psicólogo suizo, considerado el padre de la psicología analítica.

Jung dejó una de sus frases más célebres al hablar sobre el paso del tiempo y el sentido de la vida en la vejez, en su ensayo “Las etapas de la vida” (Die Lebenswende), escrito en 1930 y posteriormente incluido en el octavo tomo de sus Obras completas: “La tarde de la vida debe tener también un significado propio y no puede ser un simple y triste apéndice de la mañana de la vida”.

La vida tiene, para él, dos grandes momentos. En los primeros dos tercios corresponde la adaptación al mundo: crecer, estudiar, trabajar, formar una familia, adquirir una posición social, construir una identidad. Es el momento de la expansión hacia afuera.

Pero en el último tercio el individuo debe realizar un movimiento inverso: volver hacia sí mismo.

Para Jung, llegar a la madurez no implica dejar atrás los sueños, sino descubrir nuevas razones para vivir con plenitud. El error, según el psiquiatra, consiste en intentar transcurrir la última parte de la vida con las exigencias y los valores de la primera. El joven necesita conquistar el mundo; el anciano necesita comprender que ya lo ha vivido.

Según el eminente psicólogo, el conocimiento aumenta acumulando información. La sabiduría, en cambio, surge de haber atravesado la experiencia y aprendido a contemplarla desde otra perspectiva.

Pero también advierte sobre el peligro de quedar aferrado al pasado, de intentar conservar artificialmente una juventud que ya terminó o de vivir únicamente de los recuerdos.

Para su análisis, la jubilación constituye uno de los momentos psicológicamente más delicados, porque el trabajo puede haber llegado a ocupar un lugar excesivo u obsesivo en la identidad de una persona. Y este cambio exige una reorientación de la personalidad.

No se trata simplemente de mantenerse ocupado.

Jung propone algo más profundo: cambiar el centro de gravedad de la existencia.

Esto tiene una notable afinidad con el pensamiento de Borges. En ambos aparece, aunque desde perspectivas intelectuales diferentes, una transformación de la mirada: cuando la vida exterior comienza a disminuir, debe crecer la vida interior.

La vejez invita a una visión introspectiva, revisando la experiencia acumulada y definiendo qué cosas tienen, a esta altura de la existencia, verdadero valor.

Envejecer puede ser una oportunidad para descubrir gustos, vínculos y objetivos nuevos, lejos de la idea de que la vejez es solo pérdida o resignación.

Es la chance de retomar actividades postergadas durante la vida activa, o de explorar nuevos intereses.

Desde la perspectiva del psiquiatra, este período puede ser ideal para desarrollar aspectos de la personalidad que antes no tenían tiempo o espacio. Retomar pasiones postergadas, dedicar compromiso a la música, la lectura, la pintura, las artesanías, la jardinería o cualquier actividad que agrade y genere satisfacción.

Fortalecer vínculos con amigos, familiares o personas afines.

Aprender cosas nuevas: estudiar un idioma, hacer cursos o adquirir habilidades manuales.

Construir nuevos proyectos, emprender, viajar, participar en actividades comunitarias o solidarias.

Cada persona puede encontrar un nuevo significado a su vida de manera diferente, según sus circunstancias y perspectivas.

La ancianidad, entonces, es la penumbra apacible del atardecer, cuando la luz deja de deslumbrar y comienza a revelar los matices que el mediodía ocultaba. Sólo en esta hora del último resplandor, en la que el día se despide, puede apreciarse la delicadeza de los contornos y la profundidad de los silencios.

Ahora caminamos más lento, después de pasar la vida corriendo para ganarle al tiempo. Hoy, por fin, aprendimos a caminar a su lado.

Para concluir, de todo lo que dije hasta aquí, y en consonancia con la sabiduría de Platón, que expresó: "La vejez produce una gran tranquilidad y libertad. Cuando las pasiones han aflojado su cuerda, nos vemos libres de un gran número de tiranos", elijo, a modo de colofón, el maravilloso primer verso de “Elogio de la sombra”:

“La vejez puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.”

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