jueves 17 de septiembre de 2026
JUSTICIA EN FOCO

Durmientes

Javi era un chico que desde muy pequeño comenzó a recorrer los pasillos del Juzgado de Menores. Era el mayor de varios hermanos. No conocía a su papá; ni siquiera sabía su nombre. Sus hermanitos más chicos tampoco tenían papá. Junto con sus cuatro hermanos, su mamá y su pareja llegaron a la Capital, desde un pueblito lejano, con la idea de tener una vida mejor. Esa "vida mejor" era aún más precaria que aquella vida, en el interior, en la casa de su abuela Ramona. A la pareja de su mamá no le gustaba la idea de mantener a cuatro chicos que no eran de él; sólo el más chiquito era suyo. Su mamá no quería contradecir al hombre que mantenía la casa. Él solía retar a los chicos; a veces los insultaba o, peor aún, los golpeaba.

Casi sin cuidados de algún adulto responsable, Javi comenzó a andar solo por la calle y a conocer sus primeras amistades, que no siempre lo aconsejaban bien. Mientras algunos chicos jugaban en el patio de la escuela, Javi más de una vez recorría los pasillos del Juzgado de Menores. Faltaba mucho a la escuela; al principio pasaba largas horas en la calle y luego empezaron a ser días. En su casa, dejaron de preocuparse; era una boca menos para alimentar.

Cuando su abuela Ramona venía de visita, Javi podía ser niño. La mujer quería llevárselo a su casa, a su pueblo, pero Javi quería la libertad que sentía que le daba la calle.

En una de sus rutinarias visitas al Juzgado de Menores, conoció a Miguel, un adolescente de 14 años. Este chico estaba con el uniforme de escuela. Miguel llegó al Juzgado de Menores por una travesura. Se mandó una macana, de esas que no lastimó a nadie pero que puso a la institución patas para arriba. El padre de Miguel lo retaba mientras estaban en el pasillo. Su madre sollozaba.

Año tras año, Javi recorría más los pasillos de este Tribunal que los pasillos de la escuela. Apenas sabía leer y escribir. Sus malas amistades lo llevaron por mal camino y Javi pasó a conocer la Alcaidía de Menores. En una ocasión, después de haber deambulado por las calles por varios días, volvió a su casa. Su mamá estaba llorando; estaba golpeada. La pareja infló el pecho y reconoció que tuvo que golpearla para que "aprendiera a hacer bien las cosas". Javi ya no era niño; era un adolescente de 15 años. Furioso al ver a su mamá golpeada, agarró a trompadas a su pareja. Entre los dos pelearon; hubo gritos, los vecinos llamaron a la Policía.

Javi estuvo unos días en la Alcaidía de Menores. Su abuela Ramona, enterada de lo que había sucedido, viajó desde el pueblo hasta la Capital. Fue al Juzgado de Menores, armó un escándalo y pidió que le devolvieran a su nieto. Quería llevárselo con ella. Javi amaba a su abuela y sentía que no quería ser un problema para ella. Tres días después, cuatro compañeros de Javi murieron calcinados en una celda de la Alcaidía de Menores.

Pese a la oportunidad de vivir con su abuela y al trágico destino de sus compañeros de celda, Javi continuó con su andar errante. En otra caída en el Juzgado de Menores, conoció a Nicolás. Este chico estaba asustado. Esta vez, había reconocido que se mandó una fea. Anteriormente, se había llevado alguna herramienta que estaba al alcance de la mano o una bicicleta estacionada en alguna vereda, sin candado. Esta vez, con un amigo, se había llevado una moto. Entendió que ya no era una travesura.

Nicolás se había tomado un "año sabático" y dejó de ir a la escuela. Luego, se extendió por unos meses. Su mamá le pedía por favor que volviera a la escuela “porque estudiar le iba a hacer bien”. Después de ese incidente con la moto ajena y de haber visto a su mamá sufrir en los pasillos del Juzgado de Menores, Nicolás recapacitó.

Pasaron los años, Javi continuó en su camino, cada vez más desviado. Su abuela falleció y su mamá desistió en su crianza; ella decía que tenía otros hijos para preocuparse.

Con el paso del tiempo, Juzgado de Menores se convirtió en Tribunal Penal Juvenil. Javi cumplió la mayoría de edad. Siguió delinquiendo. A veces, se llevaba lo que podía, sin mayor inconveniente; otras veces, ejercía violencia, algún empujón o alguna trompada. Cometió delitos y continuó recorriendo los pasillos de tribunales pero ahora como adulto.

Así, llegó a la Cámara de Sentencia en lo Criminal. Javi tenía 22 años. En la sala de audiencia estaban él, el juez, la secretaria, el fiscal y el defensor (oficial, por supuesto). Ningún familiar se acercó para acompañarlo. Frente al juez se reconoció adicto. Si bien tenía causas anteriores, no contaba con ninguna condena. El magistrado le remarcó que estaba ocupando el banquillo de los acusados por haber robado "cosas sin valor" –como un paquete de cigarrillos y un encendedor–. "La raíz de todo esto es tu condición de adicto. Tenés que comprometerte para salir y tratar de rehabilitarte. Por macanas, podés sufrir una pena como si hubieses matado a una persona", le advirtió el juez.

El fiscal remarcó su poca educación y las pocas posibilidades de un trabajo. A la vez, señaló que su problema de adicción influenció en los hechos. "No es una mente criminal. Se desenvolvió sin violencia desenfrenada; es un aprendiz en el mundo del delito", alegó. Javi pidió perdón y también una oportunidad. Esa vez, fue condenado a cinco años de prisión.

Después de aquella travesura y de conocer los pasillos del Juzgado de Menores, Miguel entendió que sus actos tienen consecuencias. Sus padres lo acompañaron desde un primer momento. Sin problemas, concluyó el secundario y continuó sus estudios. Se recibió de ingeniero civil y pudo formar una familia. Su paso por el Juzgado de Menores hoy es una anécdota.

La suerte de Nicolás fue otra. En un primer momento, se encontraba perdido; no sabía qué hacer. Dejó las calles; volvió a la escuela; aprendió un oficio. Cuando llegó el momento de la audiencia por lo que había hecho con esa moto ajena, ya era un joven de 19 años. Como no tenía antecedentes, pudo acceder al beneficio de la suspensión de juicio a prueba y, gracias al oficio que había aprendido, realizó trabajo comunitario. No olvidó jamás que algunos errores pueden costar muy caro.

En cambio, el destino de Javi continuó errante. Era un espiral que lo llevaba siempre al delito. No pudo rehabilitarse. Cada vez que sale del penal, es cuestión de tiempo que vuelva a caer. Con sus antecedentes, conseguir trabajo es imposible; tampoco tiene una familia que lo contenga. Vuelve a delinquir, reincide y regresa al penal. Lastimosamente, esa institución se convirtió en el único lugar donde tiene una cama y un plato de comida.

"La reincidencia siempre implica un fracaso en tres niveles fundamentales: el fracaso de la institución penitenciaria en cuanto al tratamiento y diagnóstico que es impartido, especialmente en lo referente al diagnóstico, y también el fracaso de la prevención de la ley. En segundo lugar, el fracaso familiar para la recuperación del individuo y, en tercer lugar, el fracaso individual del sujeto, de sus propias dificultades para tomar conciencia del daño ocasionado y su identificación con la conducta agresiva y antisocial", indicó otro juez, al condenarlo a nueve meses de prisión efectiva y declararlo reincidente por cuarta vez.

El letargo

En mayo de 2006, la Ley Provincial 5180 creó el Centro de Atención Integral a la Niñez y a la Adolescencia (CAINA). Sin embargo, la institución quedó en un proyecto frustrado. De acuerdo con esta normativa, el CAINA iba a estar conformado por un equipo de profesionales de diferentes disciplinas, entre sociólogos, psicólogos, médicos, psiquiatras, trabajadores sociales, docentes altamente capacitados en la problemática y demás profesiones pertinentes. Además, entre los principios generales, esta institución debe garantizar protección integral de niños, niñas y adolescentes, promoción de la contención en su entorno familiar, estrategias alternativas a la institucionalización, amparo a víctimas de violencia y explotación sexual como así también de víctimas de explotación laboral y mendicidad, y el respeto a su intimidad y privacidad. El objetivo de esta ley catamarqueña se basa en tres alternativas, sin perjuicio de otras que la autoridad de aplicación prevea: hogar alternativo, hogar de día y callejeadas.

¿Qué hubiera sucedido si el CAINA hubiera funcionado? Quizá Javi hubiera encontrado un lugar de contención. Quizá también hubiera ahorrado tantas visitas por los tribunales.

El paso por el sistema penal, tanto juvenil como de adultos, deja sus huellas. Este sistema los "duerme". Es una forma romantizada de decir que el encierro es la muerte civil. Los "durmientes" son los que pasan desapercibidos bajo el sistema pero a la vez sostienen a ese mismo sistema que los tiene invisibilizados, como los durmientes de las vías del tren. Los "durmientes" se guardan; en ese letargo su vida transcurre, sin poder despertar –o que alguien los despierte– para poder salir de ese espiral. Algunos logran despertar, abrir los ojos y encauzar su camino.

Zzzzzz

La Ley Nacional 27.801 del nuevo Régimen Penal Juvenil ya está en vigencia. Tanto el proyecto como su tratamiento en el Congreso tuvieron su polémica. La normativa se aprobó el 27 de febrero de este año y establecía un plazo de 180 días para su entrada en vigencia y su adecuación.

Desde enero de 2019, Catamarca cuenta con la Ley Provincial 5544, una normativa de avanzada en su momento frente al viejo Decreto Ley 22.278 de Régimen Penal de la Minoridad, ya derogado por la flamante legislación nacional en esta materia. La adecuación de la Ley Provincial en consonancia con la nueva Ley Nacional inició el 1 de julio pasado. La Comisión de Niñez, Adolescencia y Familia de la Cámara de Diputados, presidida por la diputada Verónica Vallejos, mantuvo una reunión de trabajo con representantes del Tribunal Penal Juvenil para empezar a delinear los cambios necesarios. En ese encuentro –que quedó en el registro de las redes sociales– se remarcó la necesidad de actualizar el Régimen Procesal Penal Juvenil de la provincia antes del 5 de septiembre, fecha límite fijada para la adecuación normativa. Sin embargo, dos meses después de aquella reunión, y con la ley nacional ya en vigencia, ningún proyecto de modificación fue presentado ante la Legislatura.

Consultada oportunamente por este medio, en julio pasado, Vallejos reconoció que 'el tema es largo y extenso' y que se estaba trabajando en las modificaciones, aunque no precisó plazos ni adelantó contenido. A la víspera de la entrada en vigencia del nuevo Régimen Penal Juvenil, El Ancasti volvió a consultar sobre esas modificaciones, pero esta vez no hubo respuesta.

Ya con la legislación nacional vigente, el martes 8 de septiembre esta Comisión de la Cámara baja volvió a reunirse para avanzar en el análisis del proyecto de adecuación de la normativa provincial al nuevo Régimen Penal Juvenil. Otra vez, quedó el registro de la labor parlamentaria en las redes sociales. En la oportunidad, participó el juez Fabricio Gershani Quesada, consultado para aportar su mirada, como uno de los principales operadores del sistema judicial.

Mientras la Legislatura dormita, el fuero penal es una trinchera y debe contar con todas las herramientas para poder funcionar, más aún tratándose de un fuero especializado. El sistema judicial necesita de las leyes para funcionar y administrar el servicio de administración de Justicia, tan necesario para el bien común. Sin embargo, ante la mora legislativa, esa administración de Justicia puede verse obstruida por la falta de herramientas que la Legislatura no dio a tiempo. Mientras algunos duermen el sueño de los injustos, el de quienes deberían despertar y no lo hacen, el tiempo no para.

Basi Velázquez

Redactora especializada

Sección Judiciales Diario El Ancasti

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