El jueves por la mañana, a primera hora, una mujer se presentó en la Unidad Judicial Especial de Violencia Familiar y de Género. De cara al sumariante, la mujer manifestó su voluntad de denunciar a sus tres hijos varones y a su marido.
El jueves por la mañana, a primera hora, una mujer se presentó en la Unidad Judicial Especial de Violencia Familiar y de Género. De cara al sumariante, la mujer manifestó su voluntad de denunciar a sus tres hijos varones y a su marido.
De acuerdo con información a la que El Ancasti pudo acceder, la mujer contó que con sus denunciados tiene problemas constantemente. Dada esta situación, pidió la exclusión del hogar para los tres.
La violencia en el ámbito del hogar suele tener como víctima principal a la mujer y, en segundo término, a niños, niñas y adolescentes que a veces pueden recibir la misma violencia o ser testigos (víctimas pasivas) de lo que sucede. ‘Aguantar’ es la única manera que encuentran para sobrellevar esta situación pero la manera de romper ese círculo es contar y denunciar.
Los principales agresores suelen ser los hombres, sean parejas, ex parejas, hermanos o incluso hijos. La violencia puede tener varios matices. En muchos hogares, los hombres son el principal sostén económico. Las mujeres suelen convertirse en rehenes. El maltrato puede ser verbal, psicológico, físico, simbólico, sexual y patrimonial o económico.
Los insultos como las burlas con tono despectivo o que descalifican, frases que refuerzan estereotipos negativos se conjugan en la violencia verbal, psicológica y simbólica. Un empujón, una cachetada, un ‘correctivo’, un paliza, el encierro o la privación de la libertad sea con la excusa como castigo o para proteger es violencia física. Obligar a una mujer a realizar prácticas sexuales que no desea, no tener su consentimiento –ya no existe el débito conyugal- o forzarla a situaciones que no quiere se denomina violencia sexual.
Privar a una mujer de administrar sus bienes, sea quitándoselos o escondiéndolos, condicionar o controlar gastos, negarse a cubrir cuentas u obligar a hacerse cargo de algunos gastos, dañar los bienes y pertenencias, quitar bienes u obligar a escriturar son los modos de ejercer la violencia económica y patrimonial. En este aspecto, la premisa es “el que paga, manda”. La violencia económica como patrimonial es tan cotidiana como naturalizada y, en consecuencia, queda invisibilizada.
A esta situación, el consumo de sustancias psicoactivas suma otros condimentos. La ingesta de alcohol está socialmente aceptada y se suma el avance de las drogas. Las pastillas de psicofármacos suelen venderse como caramelos en kioscos y farmacias, y drogas como marihuana y otros estupefacientes también son fáciles de adquirir. Es una cuestión de bolsillo pero la sustancia se adquiere y la casa es la caja de resonancia.
Días pasados, El Ancasti publicó el caso de una mujer que denunció a su propio hijo, quien tiene un consumo problemático de sustancias. Los problemas se hicieron constantes y la madre se cansó. Denunció a su propio hijo y pidió la exclusión del hogar.
A diario, personal policial de distintas comisarías deben intervenir por situaciones de violencia. En la mayoría de los casos, se trata de hombres que agreden, con insultos, amenazas y golpes, a sus parejas o ex parejas, muchas veces madres de hijos en común. Sin embargo, al mismo tiempo se observa la violencia a la que madres (y también padres) se enfrentan. En ocasiones, se trata de adultos mayores que son agredidos por sus hijos o por sus nietos. En estos casos, se debe denunciar en esta Unidad Judicial Especializada, que se encuentra en Av. Maximio Victoria 118.