Había maldad y cizaña hacia nuestra persona”, recordó la mamá de la adolescente que en septiembre de 2015 fue abusada por el sacerdote Juan de Dios Gutiérrez. En su pueblo, casi nadie les creía. Por entonces su hija tenía 16 años y vivía, con toda su familia en Belén, a poco más de 325 kilómetros de la Capital. Cuando la denuncia se hizo pública, la familia comenzó a vivir un calvario en su comunidad, que apoyaba al religioso y se tomó la decisión de mudarse. Desde hace más de un año, ya no residen en Belén. “Dejamos todo porque era elegir entre vivir en esa situación o salir para seguir viviendo. Somos sobrevivientes, mi hija más que todo”, aseguró.
El sacerdote se encuentra en libertad aunque está imputado por los delitos de “abuso sexual simple”, “corrupción de menores” y “abuso sexual con acceso carnal”, todo ello calificado por ser ministro de un culto religioso. En diciembre pasado, la causa se elevó a juicio y pasada la feria, Guillermo Narváez, su abogado defensor, presentó una oposición a la elevación a juicio y, al mismo tiempo, solicitó el sobreseimiento para su cliente y la nulidad y pidió el sobreseimiento. Según el defensor, la conducta no encuadra en delito alguno del análisis probatorio.
“Ya estábamos preparados para una cosa así. En realidad, esperábamos eso porque de esa manera se maneja el abogado. No nos sorprendió para nada”, comentó la madre, al referirse a la maniobra de la defensa del acusado. Consideró que solo demora el proceso, pero aún así confía “en que en algún momento se va a terminar y en la decisión del juez”.
Para la mamá, el pedido de sobreseimiento tiene la intención de “echar por la borda” el trabajo de los profesionales, las pruebas y las pericias. “Hay un grupo de peritos del Cuerpo Interdisciplinario Forense (CIF) –de la Corte de Justicia de la Provincia- que realizó las pericias psicológicas a mi hija y al cura. En algún momento, él pidió que esas pruebas no sean incorporadas a las causa. El abogado defensor descree de todo el trabajo de gente profesional que realizó las pericias como corresponde; no solo las pericias psicológicas, sino también todo el material probatorio que hay, el secuestro de computadoras y teléfonos, fotos y cartas. Es un material sumamente importante que, precisamente, prueba. Creo que un fiscal no se va a arriesgar una causa sin tener pruebas. Hay muchos elementos probatorios que avalan la elevación a juicio”, remarcó.
La vida sigue
“Aguantamos un año en Belén, de tortura y persecución por parte de la sociedad y de gente vinculada a la iglesia, como el grupo juvenil, en el que participaba mi hija. Había maldad y cizaña hacia nuestra persona”, recordó.
Los abusos sexuales dejan secuelas y, como si fuera poco, el estigma no solo hizo mella en lo profundo de la adolescente, sino que también afectó a su hermana melliza. La comunidad donde nacieron y crecieron se puso en su contra. Belén se convirtió en una suerte de campo de batalla, con marchas y contramarchas, a favor de unos y de los otros. Si la familia de la chica organizaba una marcha para pedir justicia, surgía una contramarcha para apoyar al sacerdote acusado de abuso.
“Prácticamente mis hijas sufrieron bullying en la escuela, donde no se tomaron las precauciones correspondientes. Ellas sufrieron violencia física y psicológica también. Aguantamos un año para que terminen el último año de secundaria. Lo hicieron bien y, en ese sentido, no tengo ninguna queja hacia los profesores. Durante todo 2016 vivimos como presionados con la sociedad y la gente porque descreía de esta denuncia y se ponía de parte del cura, haciendo marchas. Por mi parte también organicé marcha por justicia y para que lo pongan preso al cura. Ellos decían que las marchas eran para rezar por ambas familias pero nosotros nunca recibimos invitación para participar de esa marcha”, explicó.
A más de dos años de lo sucedido, esta mamá se define a ella misma y a su familia como “sobrevivientes”. “Sobrevivimos a una situación así y hay gente que no, que fue abusada por sacerdotes o personas comunes, que llegan al suicidio, la última etapa cuando no se supera. Eso quiero evitar. Ella –por su hija- está con tratamiento psicológico aunque a veces tiene sus crisis. Nos alivia un poco no estar en esa sociedad; dejamos a toda nuestra familia. Dejamos todo. Fue una elección de vida, la más sana”, señaló.
Como roca
A pesar de la agresión sufrida por un religioso, la madre diferencia entre la iglesia como institución de la iglesia como fe. “Uno puede tener fe y no pertenecer. Yo no considero que pertenezca a la iglesia católica, pero sigo con fe en un Dios Todopoderoso que me da fuerza. El día que se den cuenta de que son hombres con sotana y que esa sotana les da cierto poder, pero son personas comunes que cometen delitos, ese día se van a dar cuenta que sucede, como actualmente, en otros países y en otras provincias. Hubo abusos eclesiásticos y en la sociedad de Belén como en otras comunidades católicas, con muchas actividades religiosas, cuesta mucha. Dicen 'en el pueblo no puede ser' pero es”, comentó.