Pasó poco más de un año desde aquella madrugada del 21 de julio, cuando el cuerpo de Mauricio Herrera apareció en la entrada de un motel en Banda de Varela. Paola Yésica Ferreyra (31) y Ángel Ariel Leguizamón (32), ambos pareja en ese momento, fueron imputados, por igual, por el delito de “homicidio calificado por alevosía”. El martes de la semana próxima se sentarán en el banquillo de los acusados de la Cámara Penal de Tercera Nominación para responder por esta causa. Se estima que frente a los jueces Patricia Olmi, Jorge Palacios y Marcelo Soria declararán 13 testigos.
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Acusados por el “Crimen del Motel”, al banquillo
En junio último, el Juzgado de Control de Garantías dejó firme el pedido de elevación a juicio oral realizado por el fiscal Miguel Mauvecín, quien estuvo a cargo de la investigación. Los imputados Leguizamón y Ferreyra esperan el debate privados de su libertad.
Eran las 3.30 de la madrugada del 21 de julio cuando un empleado del motel Oasis encontró el cuerpo apuñalado y ensangrentado de Herrera. Estaba tirado en el ingreso de la habitación a la que él creía que iba a ingresar junto a Ferreyra, con quien mantenía una relación amorosa desde hacía un tiempo. Los planes fallaron porque Leguizamón, el concubino de Ferreyra, había descubierto esta relación y había estallado de la bronca.
Horas antes, Ferreyra y Leguizamón estaban en Banda de Varela. El hombre habría obligado a Ferreyra para que citara a su amante y la pasara a buscar para consumar el plan. La joven fue buscada por la víctima, que conducía un Chevrolet Aveo y estacionó frente a la habitación. Nunca imaginó que al descender del vehículo fuera sorprendido por la pareja de su amante, quien le aplicó una trompada en el rostro y tras caer le habría aplicado al menos cinco puntazos con un sable cortado. Luego, intentaron abandonar el lugar en el auto de Herrera pero al no poder manejarlo abandonaron la escena del crimen a pie.
Horas más tarde, la Policía los encontró en su domicilio. Estaban junto a sus tres hijos. Se habían bañado tras el crimen. Él no se resistió. Ella entró en crisis y comenzó a llorar.
En un principio hubo dudas acerca de si la mujer había sido coautora del crimen pero la prueba de ADN fue lapidaria: había rastro genético de la pareja en el pantalón, en las zapatillas y hasta en el auto de la víctima.