4 de agosto de 2008 - 00:00
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Crimen de Campana: una historia de amor y tragedia
Durante ese verano, los recién llegados comenzaron a frecuentar la pileta de la otra familia. Al tiempo, las dos parejas se hicieron amigas. Al punto que los chicos les decían tíos a Fernández y a su mujer, Stella Maris.
La fuente de ingreso de Fernández fue durante años una incógnita, hasta que en 1991 fue condenado por los delitos de violación y domicilio. Entonces se conoció que poseía antecedentes por robo. ¿Amantes?
Durante el encierro de Fernández, sin que nadie lo supiera, Sandra comenzó a visitar a Fernández en el penal y se convirtió en su amante. Según las fuentes, la relación tras las rejas duró hasta el 2002, cuando el homicida recuperó su libertad.
Los vecinos del barrio Frino cuentan que entonces ambos comenzaron a robar casas Sandra se encargaba de conseguir las llaves y él, con algún amigote, entraba y las vaciaba. Acá en la zona limpiaron a varios. Incluso le sacó cosas a una prima que vive cruzando la calle y que no quería ni verla, señaló a distintos medios nacionales Alejandro, un hombre que vive enfrente de la casa de las víctimas.
Los vecinos aseguran que todos sabían que la mujer andaba en malos pasos, pero aclaran que su marido era el que mantenía la casa, a través de su trabajo en la estación de servicios Petrobrás de Tortuguitas.
Una tarde, Mansilla estaba con un pulóver lavando su auto y un tipo que vive cerca y cuya casa fue robada le dijo: Esa ropa es mía. El le respondió que no podía ser, que su mujer se lo había comprado en la feria. La escena, rememorada por los vecinos, es una muestra elocuente de lo que sucedía sin que Mansilla sospechara siquiera en qué andaba su mujer.
Sus compañeros de trabajo en la estación de servicios recordaron que el hombre les había confesado que sospechaba de la infidelidad de su esposa y creía que el amante era un amigo suyo.
La investigación reconstruyó que en 2006 Fernández fue detenido nuevamente, acusado de robar una vivienda de la zona. Esta vez, Sandra lo acusó, posiblemente para evitar que ella fuera detenida.
Los vecinos comentaron entonces que él le había jurado venganza. Tras obtener el beneficio de prisión domiciliaria con una pulsera transmisora, Fernández y su familia se mudaron a una casa en Los Polvorines, el mismo inmueble donde habrían estado cautivos los esposos Mansilla y sus hijos antes de ser asesinados.
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