viernes 25 de septiembre de 2026
Análisis

¿Qué país queremos cuando el que está frente a un juez o jueza todavía es un niño?

Por Rodrigo Morabito

Hay días en los que un país debería detenerse. Apagar un rato los gritos. Dejar de etiquetar. Dejar de señalar. Y preguntarse: ¿Qué clase de país queremos ser? Estos días dos juezas quedaron en el centro de una tormenta.

Marta Pascual. Laura De Marinis. Dos juezas. Dos decisiones. Dos interpretaciones jurídicas que podrán gustarnos más o menos. Que podrán ser confirmadas o revocadas. Que podrán ser discutidas. Que podrán ser criticadas. Para eso existen los recursos. Para eso existen las cámaras. Para eso existe el debate jurídico. Pero hay algo que no deberíamos olvidar: “ellas hicieron aquello para lo que juraron”. Juzgar. Y hacerlo bajo la Constitución.

Escuché decir que había que exponer a los “jueces y juezas garantistas”. Como si ser garantista fuera una mala palabra. Como si garantizar derechos fuera un pecado. Como si un juez o una jueza que recuerda que el Estado tiene límites fuera un enemigo. Y pensé: ¿Desde cuándo en una República proteger la Constitución se convirtió en una provocación?

Un juez o jueza garantista no es un juez o jueza que está contra las víctimas. Es un juez o jueza que garantiza. La defensa. El debido proceso. La legalidad. La presunción de inocencia. La dignidad. La libertad. La igualdad. Los derechos humanos. Los límites del poder.

Y cuando delante de ese juez o jueza hay un niño, una niña o un adolescente, hay algo más que nunca puede olvidarse:* su edad. Su historia. Su condición de persona en desarrollo.

A veces escuchamos hablar de adolescentes como si fueran solamente una carátula. Un expediente. Un número. Una estadística. Un delito. Pero yo los he visto. He visto sus rostros. He escuchado sus historias. He conocido sus silencios. He visto familias atravesadas por la pobreza. La violencia. El abandono. Las adicciones. La exclusión. La falta de oportunidades.

Y también he visto víctimas. He visto dolor. He visto familias que esperan respuestas. Por eso sé que esta discusión no puede ser sencilla. No existen soluciones mágicas. No existe un botón que arregle todo. Y mucho menos existe justicia cuando decidimos que una parte de la historia no importa.

Un adolescente que comete un delito debe responder por lo que hizo cuando la ley así lo establece. Pero responder no significa dejar de ser persona. Responsabilizar no es deshumanizar. Castigar no puede significar abandonar. Y justicia no puede significar venganza.

Hay algo que debemos recordar; la Constitución no fue escrita para los días tranquilos. Fue escrita para los momentos difíciles. Para cuando tenemos miedo. Para cuando estamos enojados. Para cuando una sociedad pide respuestas rápidas. Para cuando el delito nos conmueve. Para cuando una víctima reclama justicia.

Precisamente ahí aparecen las garantías. Porque si las garantías solamente sirven para quienes nos gustan, entonces no son garantías. Son privilegios.

Hoy algunos atacan a los jueces porque garantizan. Mañana quizás necesiten que esos mismos jueces garanticen sus propios derechos. Y entonces comprenderán algo que quizás hoy no quieren escuchar:* las garantías que protegen al otro también están protegiéndonos a nosotros.*

Me preocupa cuando un juez o jueza es atacado o atacada por el contenido de una decisión. No porque los jueces seamos intocables. No lo somos.

Una sentencia puede estar equivocada. Un juez puede equivocarse. Una cámara puede corregirlo. Un tribunal superior puede revocar una decisión. Eso también es República.

Lo que no puede ocurrir es que el miedo a la reacción política determine cómo debe fallar un juez o una jueza. Porque un juez o jueza que mira hacia afuera antes de mirar la Constitución dejó de ser independiente.

No necesitamos jueces que le gusten al poder. Necesitamos jueces que puedan decirle al poder:* “Hasta acá.”*

No necesitamos jueces que busquen aplausos. Necesitamos jueces capaces de soportar el silencio. La crítica. La incomprensión. Incluso el enojo. Porque algunas veces hacer justicia significa tomar una decisión que nadie quiere escuchar.

Y hay algo que me preocupa todavía más. Que hayamos empezado a mirar a nuestros niños, niñas y adolescentes solamente cuando molestan. Cuando transgreden. Cuando delinquen. Cuando aparecen en una noticia.

¿Dónde estábamos antes? ¿Dónde estaba el Estado? ¿Dónde estábamos nosotros? ¿Dónde estaba la escuela? ¿Dónde estaban las oportunidades? ¿Dónde estaba la familia?¿Dónde estaban las políticas públicas? ¿Dónde estaban los adultos?

No todos los adolescentes pobres delinquen. No todos los adolescentes que delinquen son pobres. No todos tienen la misma historia. Pero hay algo que nadie debería discutir:* ningún niño debería ser invisible hasta que comete un delito.*

Porque cuando un niño solamente aparece en la agenda pública cuando transgrede, quizás el problema no esté solamente en ese niño. Quizás también esté en nosotros.

Quiero un país seguro. Por supuesto que sí.Quiero que las víctimas sean escuchadas. Por supuesto. Quiero que quien comete un delito responda ante la ley. También. Pero quiero algo más.

Quiero que podamos hacer todo eso sin abandonar nuestra humanidad. Sin abandonar la Constitución. Sin abandonar los tratados de derechos humanos. Sin abandonar a nuestros niños. Sin abandonar la idea de que una sociedad puede responsabilizar sin destruir.

Porque si para conseguir seguridad tenemos que renunciar a la libertad… Si para proteger a las víctimas tenemos que destruir las garantías… Si para combatir el delito tenemos que dejar de mirar al otro como persona… Entonces quizás estemos solucionando un problema para crear otro mucho más grande.

La democracia no se prueba cuando todos estamos de acuerdo. Se prueba cuando alguien piensa distinto. Cuando una decisión nos incomoda. Cuando una sentencia nos indigna. Cuando una persona que no nos gusta reclama un derecho.

Ahí se prueba la democracia. Ahí se prueba la República. Ahí se prueba la Constitución.

Por eso quiero reivindicar a los jueces y juezas independientes. A los que trabajan sin cámaras. A los que estudian hasta la madrugada. A los que escuchan. A los que preguntan. A los que dudan. A los que vuelven a leer. A los que conocen el nombre de los chicos y chicas. A los que saben que detrás de una carátula hay una vida. A los que no quieren ser héroes. Ni enemigos. Simplemente jueces y juezas.

Y quiero reivindicar especialmente a quienes, aun cuando saben que serán criticados, cumplen con su deber. Porque hace falta coraje para decidir cuando todos gritan. Hace falta independencia para no dejarse llevar por el aplauso. Hace falta humanidad para recordar que delante de nosotros no hay solamente un delito. Hay una persona. Y cuando esa persona todavía es un niño, una niña o un adolescente, el Estado tiene una responsabilidad todavía mayor.

No sé si estamos de acuerdo sobre todo. Probablemente no. Y está bien. Una democracia no necesita que pensemos igual. Necesita que aceptemos vivir bajo las mismas reglas. Y esas reglas tienen un nombre: Constitución Nacional.

Quizás llegó el momento de volver a mirarnos. De bajar un poco la voz. De recuperar la empatía. De entender que la bondad no es debilidad. Que el perdón no es impunidad. Que la firmeza no necesita odio. Que la justicia no necesita venganza. Que la seguridad no necesita autoritarismo. Y que los derechos humanos no son patrimonio de una ideología. Son patrimonio de todos.

Porque hoy puede ser otro. Mañana podemos ser nosotros. Mañana puede ser nuestro hijo. Nuestra hija. Nuestro hermano. Nuestro nieto. Y entonces quizás busquemos desesperadamente a ese juez “garantista” al que hoy algunos quieren señalar.

Para pedirle que haga exactamente aquello que siempre debió hacer: garantizar nuestros derechos.

Por eso no renunciemos a las garantías. No renunciemos a la Constitución. No renunciemos a la independencia judicial. No renunciemos a nuestros niños. No renunciemos a la posibilidad de una segunda oportunidad. No renunciemos a nuestra humanidad.

Porque un país no demuestra su grandeza solamente cuando castiga al que hizo daño. La demuestra cuando, aun frente al daño, es capaz de no convertirse en aquello que combate. Y quizás esa sea la pregunta que deberíamos hacernos hoy. No qué juez nos gusta. No qué jueza nos gusta. No qué político tiene razón. No qué discurso grita más fuerte.

Sino algo mucho más profundo: ¿Qué país queremos dejarles a nuestros hijos e hijas? Uno que enseñe que todo vale cuando tenemos miedo. O uno que enseñe que incluso en los momentos más difíciles hay límites que nadie puede cruzar. Yo elijo creer que todavía podemos construir el segundo.

Un país donde haya seguridad. Donde haya justicia. Donde las víctimas sean escuchadas. Donde quienes cometen delitos respondan conforme a la ley. Pero donde ningún niño sea considerado un enemigo. Donde ningún adolescente sea solamente su delito. Donde ningún juez o jueza tenga que elegir entre hacer lo correcto y proteger su cargo. Donde la Constitución no sea una frase para los discursos. Sino una forma de vivir. Una forma de mirarnos. Una forma de tratarnos. Una forma de protegernos.

Porque quizás, después de tanto ruido, haya llegado el momento de recordar algo muy sencillo: una Nación también se define por cómo trata a sus niños cuando nadie quiere defenderlos. Y también por cómo trata a sus jueces cuando tienen el coraje de hacerlo.

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