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En mi cielo de tierra

La perra que está sola y espera

Por Celia Sarquís

9 de octubre de 2026 - 11:43

En la Quebrada de Moreira, en la primera curva que inicia el descenso hacia la ruta N° 1, hay una perra abandonada.

Lleva tres meses ahí. No hace otra cosa que otear el aire. Cada auto, cada motociclista, cada persona que pasa, la huele desde una distancia más que prudencial. Está desconcertada y tiene miedo.

Ya es una perra adulta, pero joven, de un color chocolate que, por el estrés, va perdiendo brillo, como los chocolates viejos.

Noventa días que espera a la persona que la dejó ahí, noventa días de una fidelidad hacia alguien que no se la merece.

No está flaca. Mucha gente le acerca comida y agua. Se puede ver envases de plástico, alimento, huesos. Mucha gente con la que ella podría haberse ido. Pero no, no deja que nadie se acerque.

Hay mucho de crueldad en el abandono. Ese mensaje ambiguo que paraliza. ¿Volverá? No puedo irme por si regresa. ¿Será que no me ve? Tengo que buscarlo, pero sin alejarme. Hacia un lado del camino, está el posible retorno hacia el hogar. Pero ¿Cuál lado? Hacia el otro, lo imprevisible. Y ese espacio se transforma en una jaula de barrotes invisibles.

Y en este caso, la crueldad se intensifica, porque no hay un poblado cerca, ni un barrio ni una casa siquiera. Algún amparo donde ella pueda irse arrimando de a poco.

Y la espera se transforma en desesperación. Se puede ver a Chocolate, sobre todo a la nochecita, cruzando de un carril a otro, entre auto y motos que la esquivan.

No voy a contar aquí todos mis intentos por ayudarla, porque no vienen al caso.

Se acerca el verano y quedará expuesta al calor y sin agua. Y la soledad que mella.

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