El viento nunca es solo aire, mi niña; es la respiración antigua de los cerros que baja a recordarnos de qué barro estamos hechos.
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El aliento del abismo
Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo
Septiembre no se deja encasillar en los números tristes de un almanaque. Es el relámpago en que la tierra despierta con urgencia, cuando el Wayra Tata —nuestro Padre Viento— se desata rabioso y juguetón desde las entrañas oscuras de los huaycus. Siente cómo golpea afuera el zonda, cómo azota los cardones milenarios de las altas cumbres. Ruge, sacude y muerde los sembradíos porque anda buscando una conversación pendiente con el mundo.
La danza eterna del valle
Desde el principio de los días, el Wayra y la Pachamama se entrelazan en un abrazo sin tregua. Él, impaciente, quiere arrastrarlo todo hacia el cielo; ella, nuestra Madre Tierra, le exige quietud para abrigar el latido de la semilla. De esa pelea brava y hermosa nace la vida mansa de nuestro valle.
El tiempo verdadero no lo marcan los relojes, sino el pulso latiente de la tierra y el paso del gran Tata Sol. Atravesamos el Koya Raymi, el umbral sagrado del equinoccio, donde el día y la noche se miran a los ojos y duran exactamente lo mismo.
Es el instante en que la luz le arrebata el reino a las sombras y la tierra, tras el ayuno largo de los fríos intensos, abre por fin sus poros sedientos.
La siembra y el vientre de Septiembre es la gran fiesta de la fertilidad.
Sabían nuestros mayores que la tierra es mujer, es la Koya en su máxima potencia creadora. En estos días de primavera, las comunidades preparamos los surcos. Las semillas —que guardamos bajo techo durante los meses secos y que lloraron el silencio del invierno— reciben al fin la bendición. Cada grano de maíz que entra en la tierra lleva un ruego secreto: que el alimento nunca falte y que la abundancia cobije al pueblo.
Las mujeres caminamos juntas hacia la greda abierta, alzando coplas achualadas al cielo. Honramos a la mujer porque, al igual que la semilla germina en la humedad oscura de la tierra, ella resguarda en su cuerpo el porvenir de la sangre.
El secreto del Wayra Tata
Y es allí donde interviene el viejo viento. Él no sopla porque sí. Baja furioso desde las cumbres para limpiar los campos, para barrer lo viejo y abrir espacio al milagro. Si te cruzas con su furia, no temas: la música de la caja lo doma, y el humo bendito de un buen sahumerio siempre devuelve la calma al cuerpo. Si te golpea la cara, cierra los ojos, levanta las manos al cielo y déjalo hablar. Él te dirá en qué madrugada exacta la tierra está lista para recibir el grano.
Afuera, el zonda comienza a disolverse en la quietud de la noche en la montaña. Allá a lo lejos, el viento se retira a descansar en las profundidades de las aguas, dejándonos intacta la promesa del renacimiento.
—Por eso, mi niña —susurró mi abuela, acariciando con ternura mis cabellos oscuros—, cuando la vida sople fuerte y te sacuda el rostro, no te resistas. Cierra los ojos, respira hondo y déjate abrazar. Tu corazón ya sabe de dónde vienes, qué tierra pisas y hacia dónde vas.
Tiempos de Koya Raymi.