El navegante genovés no fue solo un visionario: armó un proyecto comercial, consiguió capital mixto y firmó un contrato con la Corona. Un antecedente de lo que hoy llamamos emprendedor. Y también el punto de partida de un sistema que expolió un continente y financió el primer ciclo del sistema de vida al que llamamos “capitalismo”.
Cristóbal Colón no descubrió América empeñando las joyas de Isabel la Católica. Esa es una leyenda. Lo que hizo fue algo menos épico y más reconocible: buscar financiamiento para una idea, negociar condiciones, conseguir socios y repartir riesgos. En términos actuales, armó una startup transoceánica. Nacido en Génova hacia 1451, se formó en el comercio marítimo genovés. Viajó a Madeira, Azores y Guinea, y se casó con Filipa Moniz, hija del gobernador de Porto Santo. Eso le dio acceso a la navegación atlántica portuguesa y a información sobre vientos y corrientes. Leyó a Toscanelli, Marco Polo y Pierre d'Ailly, y se convenció -erróneamente- de que Asia estaba más cerca de lo que realmente está.
Su plan era llegar a Cipango (Japón) y Cathay (China) navegando hacia el oeste. Era una empresa comercial: buscar especias, oro y una ruta directa a Asia. Lo presentó al rey João II de Portugal, que lo rechazó porque sus expertos preferían la ruta africana hacia la India. En 1485 pasó a Castilla y durante años negoció con los Reyes Católicos. Tras la conquista de Granada, en enero de 1492, estos aceptaron para no dejar la iniciativa en manos portuguesas. No fue un empleado real: firmó un contrato. Las Capitulaciones de Santa Fe le concedieron el título de Almirante de la Mar Océana, Virrey y Gobernador de las tierras descubiertas, el 10% de los beneficios y el derecho a contribuir con 1/8 de los gastos a cambio de 1/8 de las ganancias. La Corona se reservaba la soberanía y la mayor parte del botín.
El coste total de la expedición fue de unos 2.000.000 de maravedís. La Corona de Castilla aportó 1.140.000, gestionados por Luis de Santángel, en parte con fondos de la Santa Hermandad (el servicio de policía a las órdenes de la Corona). Colón aportó 500.000, probablemente prestados por mercaderes genoveses asentados en Sevilla. Los hermanos Pinzón contribuyeron con 360.000, además de reclutar marinos y aportar naves. Los Reyes Católicos, mediante una real provisión, obligaron a la villa de Palos de la Frontera a poner a disposición dos carabelas equipadas y pertrechadas. No fue que la Corona las comprara directamente: ordenó a Palos que las entregara, al parecer como cumplimiento o conmutación de una obligación o sanción que la villa tenía con la Corona. Esas dos carabelas fueron la Pinta y la Niña, mandadas respectivamente por Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón. La Santa María no era una carabela. Era una “nao”: un barco más grande, de casco redondo, mayor capacidad de carga y más lento, adecuado como nave capitana. Fue fletada o arrendada y equipada con Juan de la Cosa, navegante y cartógrafo cántabro que era su maestre o propietario. Eso refleja el carácter mixto, público-privado, de la empresa colombina: la Corona aportó respaldo político y una orden para conseguir dos naves; Colón y sus socios consiguieron la tercera por vía contractual y privada.
La expedición salió de Palos el 3 de agosto de 1492, hizo escala en Canarias y desde La Gomera cruzó el Atlántico el 6 de septiembre. El 12 de octubre de 1492 llegó a Guanahani, en las Bahamas. Colón creyó haber llegado a Asia. Regresó a España en 1493.
Entonces, la expedición trasatlántica por la ruta del oeste fue una verdadera empresa. Entonces, la “empresa” no nació en la Revolución Industrial. El vínculo entre su sentido actual y las campañas privadas de colonización europea es directo y fundacional. La “empresa” moderna se gestó en el crisol del primer capitalismo comercial, donde el término designaba precisamente esas expediciones ultramarinas, de riesgo y beneficio, organizadas por actores privados. Etimológicamente, “empresa” proviene del latín imprehendere (“tomar, asumir sobre sí”), a través del verbo imprendere / intraprendere (“comenzar algo”). En la Baja Edad Media y el Renacimiento, la palabra no designaba una organización económica, sino una acción difícil y arriesgada que alguien decidía acometer: una “empresa militar”, una “empresa caballeresca” o, simplemente, “una acción ilustre emprendida por alguien”. Ya contenía la idea de proyecto, decisión, riesgo y esfuerzo, pero aún no implicaba una estructura organizativa permanente. Las grandes navegaciones y conquistas de los siglos XV al XVII fueron conceptualizadas como “empresas”. Colón, Magallanes o Raleigh no “fundaron empresas” en el sentido actual; organizaron empresas: expediciones de alto riesgo financiadas por capital privado y/o monárquico, con la expectativa de obtener un beneficio económico u ocupación territorial de la que derivara beneficio económico. El salto semántico clave se produce cuando esas campañas empiezan a ser gestionadas no por un caudillo temporal, sino por compañías privilegiadas, de estructura permanente, respaldadas por un Estado. Desde mediados del siglo XV, pero sobre todo en el XVII, surgen las grandes compañías de comercio colonial: la Compañía de las Indias Orientales holandesa e inglesa, la Compañía de la Bahía de Hudson, la Virginia Company, la Compañía de la Isla de Providencia. Estas compañías eran “empresas” en el sentido de organización colectiva: agrupaban capital, obtenían concesiones monopolísticas del Estado, gestionaban colonias y comercio a gran escala. La palabra “empresa” pasó a designar la estructura que llevaba a cabo la “empresa” colonial. Progresivamente, el término se desliza de la acción a la entidad que la realiza. La “empresa” deja de ser primariamente el viaje o la campaña para ser el organismo que coordina y gestiona actividades económicas bajo un mismo control. La consolidación del capitalismo industrial en los siglos XVIII y XIX terminaría de fijar el sentido contemporáneo: “empresa” como unidad económica organizada para producir o intercambiar bienes y servicios con fines lucrativos (aunque también aparecerán empresas sin fines de lucro, como las de algunos gremios artesanos, y luego las cooperativas y mutuales del socialismo utópico). Pero ese sentido no habría existido sin la experiencia previa de las compañías coloniales, que fueron la primera forma de organización empresarial a gran escala, con separación entre propiedad y gestión, responsabilidad limitada y lógica de acumulación de capital. El vínculo es, por tanto, genético: la “empresa” moderna es heredera conceptual de las compañías privilegiadas de colonización.
Colón aportó experiencia mercantil y navegación atlántica; la Corona de Castilla, financiación, títulos y respaldo político; los Pinzón y otros socios, capital, barcos y tripulación. El objetivo era Asia. El resultado fue la llegada europea a lo que hoy es América. No fue el primer emprendedor de la historia. Pero su expedición reúne los elementos del manual: una idea, un plan de negocios, capital propio y de terceros, socios, un contrato con el Estado, riesgo compartido y una recompensa eventual. La diferencia, claro, es que su “mercado” era un continente y su “producto” terminó siendo otro.
Pero la historia no termina en Palos ni en Guanahani. El oro y la plata que los conquistadores extrajeron de América no se quedaron en España. Terminaron, en gran medida, en manos de los banqueros genoveses y, a través de ellos, financiando el imperio y circulando por toda Europa. Los genoveses no fueron solo prestamistas: se convirtieron en el instrumento financiero esencial de la Monarquía Hispánica, en un siglo que por eso se conoce como “el siglo económico de los genoveses”. El sistema funcionaba mediante asientos: contratos por los que un banquero adelantaba dinero a la Corona para financiar sus guerras -sobre todo en Flandes- a cambio de cobrar después con los metales preciosos que llegaban de América. La Corona española gastaba mucho más de lo que ingresaba, y los banqueros genoveses cubrieron ese déficit de forma masiva. Solo entre 1598 y 1607, prestaron a Felipe III casi 23 millones de ducados, el 88 % de su deuda total.
No solo prestaban dinero: controlaban el transporte físico de la plata. Los Spinola, por ejemplo, firmaron en 1589 un asiento de un millón de ducados para traer metal precioso desde América, organizando la travesía con sus propias galeras hasta Cartagena de Indias y Nombre de Dios (Panamá). Estas galeras, contratadas por la Corona, se usaban para transportar plata, y sus dueños obtenían “licencias de saca” que les permitían exportar metales preciosos legalmente -y a menudo encubrir exportaciones ilegales-. Así, los genoveses integraban el préstamo, el transporte y la extracción del metal en un mismo negocio. La plata americana llegaba a Sevilla, pero desde allí fluía hacia Génova. Los comerciantes genoveses la enviaban a los bancos de Génova y a otros centros financieros en lo que hoy es Italia para pagar las letras de cambio y financiar las tropas españolas en Flandes. Génova se convirtió en el centro financiero que gobernaba simultáneamente el mercado del oro y de la plata en Europa hasta 1622. Desde Génova, la plata se redistribuía por Ámsterdam, Londres y el norte de Europa. Los Fugger (banqueros alemanes), se quejaban de que los banqueros genoveses (Spinola, Grimaldi, Centurione) comerciaban “con papel”, es decir, instrumentos financieros como letras de cambio, asientos, juros, créditos. No era necesariamente moneda contante y sonante. Los genoveses no tenían que mover físicamente la plata en cada operación: usaban crédito, transferencias y contratos. Los Fugger, más ligados al préstamo directo y al manejo de metales, veían eso como un comercio de papeles, ficticio y especulativo. Pero era papel sólido: estaba respaldado por ingresos reales de la Corona y, sobre todo, por la plata que llegaba de América. El rey firmaba asientos, los banqueros le adelantaban dinero para pagar sus guerras -especialmente en Flandes- y luego cobraban con las remesas de metales preciosos que llegaban a Sevilla. Ese “papel” era un título de crédito con respaldo real. El rey necesitaba liquidez inmediata para pagar tercios, mercenarios, proveedores y transportes en Europa. No podía esperar a que llegara la flota de Indias. Los banqueros genoveses le adelantaban el dinero donde lo necesitaba (Flandes, Milán, Nápoles) y el rey les pagaba después con la plata americana. Los banqueros genoveses se quedaban con los “reales de a ocho” de plata americana. El “real de a ocho” fue la gran moneda de plata española, la primera moneda de carácter global en la historia, acuñada por la corona de Castilla y de Aragón desde finales del siglo XV. Al final del circuito, los banqueros genoveses cobraban su préstamo en plata del Potosí. Esa plata quedaba en Génova y desde allí se redistribuía en negocios por Ámsterdam, Londres y el norte de Europa. España había financiado sus guerras, pero el metal terminaba en manos genovesas. España fue la puerta de entrada, pero no la dueña del metal. El sistema financiero desarrollado por los genoveses se convirtió en una grieta por donde se fugaba la riqueza americana. Los reyes católicos tenían pocas fuentes de ingreso y dependían de la plata de Potosí, pero sus gastos militares eran tan enormes que esa plata terminaba pagando a los banqueros que le prestaban dinero. La acumulación real la realizaba la Monarquía Hispánica, expoliando a los pueblos e imperios de lo que hoy es América, pero todo eso terminaba en acumulación financiera de los banqueros genoveses, que financiaban la guerra Hispánica en Flandes (Países Bajos).
Ese fue el primer ciclo del desarrollo capitalista: el Ciclo del Capitalismo Genovés. La extracción americana no solo pagó guerras dinásticas: financió el crédito, las letras de cambio, la acumulación y la expansión del capital comercial europeo. Creó el capital del Capitalismo. Y no hay que olvidar cómo se obtuvo ese metal: mediante la conquista a sangre y fuego, la encomienda, la mita y la expoliación sistemática de los pueblos originarios de lo que hoy es el continente americano. Y cuando la viruela exterminó la fuerza de trabajo autóctona, la maquinaria extractiva se alimentó con esclavos africanos. Colón había organizado una empresa de riesgo. Los genoveses organizaron el sistema financiero que convirtió ese riesgo en el capital del Capitalismo. La empresa moderna, y el capitalismo que la haría posible, nacieron también de esa plata que cruzó el Atlántico, dejó un tendal de violencia y explotación en América y terminó en las arcas de los banqueros genoveses.
* Juan José Sánchez es Lic. en Administración; Lic. en Comercio Internacional; Especialista en Gestión de la Economía Social y Solidaria (EGESS - UNQ); y Especialista en Planeamiento Educativo (IIPE - UNESCO). Es miembro del Instituto de Investigación Cecilia Grierson de la Asociación La Carrillo, y del Partido Solidario (PSOL). E-mail: [email protected]