Hay una Catamarca que se anuncia y otra Catamarca que se vive.
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Catamarca: cuando el relato no llega al territorio
Por Nicolás Quiroga.
La que se anuncia habla de inversiones millonarias, de litio, de minería como futuro, de una provincia ordenada y en marcha. Es un relato prolijo, repetido en actos, en gacetillas y en discursos oficiales. Termina instalándose como una verdad que no se discute: estamos bien, vamos bien.
La que se vive es otra. Es la del niño del interior con su poncho y su gorro de lana, parado frente a un rancho de adobe, entre cardones y cerros pelados, sosteniendo un cartel de madera escrito a mano: "Las inversiones mineras aquí no llegan, pero vos como Estado, podés ayudarme a seguir estudiando."
Esa imagen no necesita explicación. Dice en una línea lo que no dicen mil informes.
Porque el poder no se sostiene solo con obras o con números. Se sostiene, sobre todo, cuando logra que todos pensemos la realidad con sus palabras. Cuando el vecino del interior cree que es normal que la riqueza salga de su suelo y no vuelva en una ruta, en una escuela, en un colectivo, en una residencia para que su hijo no abandone. Cuando la resignación se vuelve sentido común: "aquí siempre fue así".
Eso es lo que hoy está en crisis en Catamarca.
En lo económico, el modelo extractivo genera renta, pero no genera arraigo. No forma técnicos locales, no encadena producción, no deja capacidad instalada en los pueblos. La riqueza es de paso.
En lo político, administrar se confunde con gobernar. Se gestiona el día a día, se administra la necesidad con una beca o un bolsón, pero no se transforma la estructura que produce esa necesidad. Es cambiar algo para que en el fondo no cambie nada.
En lo social y cultural, el efecto es más profundo: se educa para la dependencia, no para la autonomía. El joven no es tratado como ciudadano con derechos, sino como beneficiario de un favor. Y un pueblo que espera favores, deja de exigir derechos.
Frente a eso, aparece otra idea, sencilla y a la vez revolucionaria: gobernar es educar.
Educar no es solo abrir una escuela. Es democratizar las instituciones, es actualizar normas que quedaron viejas hace más de una década mientras otras provincias ya avanzaron, es darle voz real a docentes y estudiantes, es decidir que la renta de nuestros recursos financie primero lo que nos hace libres: conocimiento, conectividad, transporte, oportunidades para quedarse y no tener que irse.
El niño del cartel no está pidiendo limosna. Está haciendo política en su forma más pura. Está diciendo: el Estado puede estar donde el mercado no llega. Puede igualar el punto de partida. Puede convertir la esperanza, que hoy parece frágil en tiempos de mezquindades, en una construcción cotidiana.
La disputa que viene en Catamarca no es solo electoral. Es cultural. Es entre un sentido común que naturaliza la desigualdad y otro que se atreve a imaginar una provincia distinta.
Y esa disputa no se gana con un spot. Se gana en cada aula, en cada pueblo, en cada familia que decide no resignarse.
Porque cuando un chico del interior pide estudiar, no está pidiendo un privilegio. Está reclamando futuro.