Tengo un colibrí tatuado, mi primer tatuaje. Un tatuaje en el puño de la mano izquierda, la que va directo al corazón. Un colibrí pequeñito, como son los colibríes. No hay un motivo, sino múltiples y, a lo largo de los años, se han ido sincronizando con otros motivos.
Llevo un colibrí porque me parece un animalito maravilloso, símbolo de la libertad (se muere en cautiverio). Y porque un cierto día me conmovió la voz de Silvio Rodriguez cantando “Hoy me propongo fundar un partido de sueños,/ talleres donde reparar alas de colibríes”.
Porque esa conmoción quedó vibrando y, cuando logramos crear un grupo de promoción de lectura, a pura generosidad de mucha gente, pensé en Alas de Colibrí como nombre. En su andar por escuelas, hospitales, geriátricos, por barrios y poblados pequeños, ese grupo maravilloso de jóvenes lectores lograba ese éxtasis contemplativo.
“Ahí vienen los colibríes” gritaban los niños al verlos llegar. Y también se daba esa magia increíble en los adolescentes, que pedían otra y otra ronda de lecturas.
Buscando lecturas para ese grupo, di con una leyenda que cuenta que había un incendio gigante en el bosque y todos los animales miraban asustados o huían. Solo el colibrí iba volando hasta una vertiente y cargaba agua en su pico alargado para soltarla sobre las llamas. -Iluso, -le decían- ¡Qué absurdo! Nunca vas a lograr nada, se burlaban. Y el pequeño, sin dejar por un momento de volar, respondió: -Hago mi parte.
En algún momento muy especial, una pareja de colibríes cometas (colas largas, cuerpo de colores fuertes) hicieron su periodo de cortejo en el fondo de casa. Y esa fue la única vez que vi un colibrí cometa, y entendí que esa fugacidad era un regalo, una oportunidad única, y que debía valorarla más que el deseo de seguir teniéndolos en mi jardín.
Un día me reaparecí al gurú de mi tatuador, y similar a la escena de El Principito cuando despierta al aviador, le pedí que me tatuara una flor. Y ahora tengo eternamente un colibrí libando una flor.
Hace unas semanas atrás, me reencontré con una amiga que está atravesando el más cruel de todos los duelos: la pérdida de su hija. En un momento, baja la manga de su remera y me muestra: se había tatuado un colibrí en su puño. Y instintivamente apoyamos uno contra el otro, en un abrazo de alas. Y nos sonreímos.
No creo que haga falta comprarles bebederos. Solo cuidar que el agua siga siendo limpia y accesible (para ellos y para nosotros). No creo necesario ponerles miel y menos agua azucarada. Necesitamos sembrar más flores. Y reforestar. Y no contaminar. Y no generar tanta basura. Y contemplar y dejarnos conmover.