Las diferencias que suelen separar a los economistas en lo que se relaciona con el análisis de la realidad y con las perspectivas de las finanzas públicas parece ceder paso, en las actuales circunstancias, a la (casi) unanimidad de opiniones. El “casi” puntualiza la existencia del grupo que integra el equipo de Gobierno de la administración nacional, cuyo discurso persiste en advertir señales auspiciosas que el resto no ve.
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Picapiedra
La unanimidad señalada refiere a las severísimas dificultades que el gobierno que asuma el 10 de diciembre -sea del mismo signo político que el actual o de otro distinto- deberá enfrentar como consecuencia, entre otras cosas, del exponencial incremento de la deuda externa registrado desde 2016 a la fecha y la escasez de recursos para hacer frente a los vencimientos previstos para los próximos años.
Carlos Melconián, expresidente de Banco Nación en el primer tramo de la gestión de Cambiemos, admitió el sábado que “el despelote no es ahora, el problema es lo que va a encontrar el que gane las elecciones, porque este plan es insostenible después del 10 de diciembre”.
La visión del exfuncionario es compartida por economistas ortodoxos y heterodoxos, aunque difieran en las salidas que proponen: si no hay un plan sustentable que sea capaz de reactivar la economía y generar los recursos necesarios para afrontar el pago de los intereses, el default será inevitable.
El Gobierno actual parece haber renunciado a elaborar este plan. El objetivo es apenas llegar a las elecciones de octubre gracias a los dólares del salvataje del Fondo Monetario Internacional sin que el dólar se dispare y con una inflación que no se convierta en híper. En ese esquema extremadamente conservador, para el Gobierno la recesión es un daño colateral que debe soportarse, aunque genera más pobreza y desempleo.
Melconián lo explica de la siguiente manera: “El éxito de esta coyuntura es quebrar la posibilidad de una espiralización, la posibilidad de una crisis financiera, lo que yo llamo Plan Picapiedra 1 y Picapiedra 2 es para que 2019 transite sin desastre financiero, pero es insostenible después de diciembre”.
La caracterización de los dos planes del FMI como “Picapiedra” se debe a que los considera muy básicos. Más que planes, son medidas de coyuntura, desembolsos formidables de recursos -que más temprano que tarde habrá que pagar- que postergan el default hasta que exista un verdadero plan de desarrollo productivo.
Por la gravedad de los desafíos que deberá enfrentar a partir de 2020, el Gobierno que asuma en diciembre estará obligado a encontrar consensos básicos, para lo cual resulta imprescindible generar los mecanismos de concertación entre todos los sectores ligados a la producción nacional a los efectos de un plan sustentable y viable políticamente.
La salida no puede ser un Gobierno cerrado, autoritario, pero tampoco uno que deje librado al mercado, menos aún al dominado por los capitales especulativos financieros, el rumbo de la economía.