“Déjennos disfrutar la tranquilidad cambiaria de estas semanas”, declaró a la prensa el pasado jueves el vicepresidente del Banco Central, Gustavo Cañonero. El disfrute del funcionario, segundo de Guido Sandleris, solo se entiende si se recuerda la crítica inestabilidad que afectó a la economía argentina entre abril y agosto del año pasado y que provocó un salto del dólar de 20 a 40 pesos por unidad.
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Nada para disfrutar
Hechas las advertencias respecto del contexto previo al momento económico que vive el país en la actualidad, resulta necesario aclarar que la pax cambiaria, que ha permitido bajar la inflación respecto de los elevados índices del segundo trimestre del año pasado aunque se mantengan aun en niveles muy elevados (cercanos al 3 por ciento mensual), ha tenido costos altísimos en materia de caída de la actividad económica y aumento del desempleo.
Es que en medio de la crisis que obligó al Gobierno a recurrir al Fondo Monetario Internacional, las autoridades de Hacienda decidieron apelar a un enfriamiento muy acentuado de la economía, secando de pesos la plaza financiera, a los efectos de aquietar la demanda de dólares.
De modo que, desde esta perspectiva, el deleite de Cañonero suena como un exabrupto. Alivio, quizás, sea, una palabra más adecuada. Porque nadie, salvo los especuladores financieros, puede disfrutar del momento económico que vive la Argentina.
Las estadísticas oficiales difundidas en los últimos meses son de una magnitud tal vez subestimada. La actividad económica cayó en noviembre un 7,5 por ciento, la peor de la era Macri. En 2002, el año más crítico desde la recuperación de la democracia, la caída en los doce meses fue del 10,9 por ciento.
La inflación de 2018 fue la más alta de los últimos 27 años: un 47,7 por ciento. La desocupación trepó a fines del año pasado al 9 por ciento y en la mayoría de los grandes conglomerados urbanos supera el 12 por ciento. En un año aumentó en 177.000 la cantidad de desocupados.
La pobreza alcanzó en el segundo trimestre del año pasado el 33,6 por ciento, lo que significa que hay respecto de la medición de 2017 más de dos millones de nuevos pobres, la cifra más alta en una década. La industria cayó un 4,7 por ciento en todo el 2018, y un 9,4 por ciento en noviembre respecto del mismo mes de 2017.
En general, todos los indicadores vienen dando muy mal desde el segundo trimestre del año pasado y lo más preocupante es que no se visualiza una mejora sustantiva para el año en curso.
Como puede apreciarse claramente, los números no son precisamente para “disfrutar”. En algún momento, más temprano que tarde, el gobierno nacional deberá generar estrategias para escapar paulatinamente del enfriamiento de la economía, producto además del ajuste acordado con el FMI, sin que esa salida derive en otra corrida cambiaria.
La opción, claramente, no puede ser inestabilidad cambiaria o enfriamiento de la economía. Un buen gobierno debería lograr armonizar el crecimiento económico con estabilidad y políticas redistributivas del ingreso y la riqueza.