Especial para El Ancasti
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Y después del desastre ¿qué?
Rodolfo Schweizer – Marzo, 2015
No decimos nada nuevo si afirmamos que los desastres naturales son lo que son, eventos impredecibles en cuanto a su magnitud y ubicación exacta, aunque no tanto en términos generales si se tienen en cuenta las predicciones de los efectos del calentamiento global a nivel planeta.
¿Quién puede aducir a estas alturas no conocer la existencia de ese diagnóstico científico reconocido como verdadero y real aun por las Naciones Unidas?
Recordamos haber comentado en estas mismas páginas hace tiempo que, para el norte argentino, ese efecto anticipaba lo que hoy está pasando: la aparición de estas tormentas eléctricas breves y torrenciales que hoy nos azotan con sus catastróficas consecuencias. Sin embargo, la experiencia de lo que está pasando en estos últimos años demuestra que esas funestas advertencias no son tenidas en cuenta. A los pronunciamientos científicos se les opone la intuición pueblerina de creer que no va a pasar nada y por lo tanto el tema no pasa del comentario trivial de una mesa de café. Hasta que la tragedia llama a nuestra puerta.
Aquí conviene aclarar que el calentamiento global no debe confundirse con las temperaturas ocasionales y extremas que nos caen encima en un día de invierno o de verano, ya que aquel fenómeno se refiere a la temperatura promedio del planeta. En este proceso entra en juego, entre otras cosas, la temperatura de los océanos en alza, lo que le da un carácter global al proceso y del cual no podemos escapar. El origen de este fenómeno es variado, pero todo el mundo científico coincide en afirmar que detrás de él está el comportamiento humano, sobre todo el uso de combustibles fósiles y su asociada contaminación ambiental. Siendo así las cosas, no deberíamos extrañarnos cuando la naturaleza nos da "el vuelto” por su sobre explotación y sus abusos, individuales y colectivos. Estar preparados para enfrentarlo es lo mínimo que podemos hacer por nuestra seguridad.
Volviendo a lo nuestro, no creemos equivocarnos si decimos que las tragedias de El Rodeo de 2013 y la actual en Bañado de Ovanta demuestran que no solamente se pasan por alto esos malos augurios, sino que la provincia, en su conjunto, individuo, sociedad y gobierno, no están preparados, ni mentalmente ni materialmente, para prevenir, enfrentar o mitigar ese tipo de desastre. Desde el individuo que construye una vivienda en zonas bajas e instala enchufes o tomas de corriente a 50 centímetros del suelo, sabiendo que vive en una zona que se puede inundar, pasando por los municipios que no impulsan, no tienen o no hacen respetar los códigos edilicios de construcción, hasta las autoridades que salen corriendo a último momento para interiorizarse y ver qué se puede hacer ante un desastre, demuestran esa carencia. Pero nos equivocamos si creemos que esto tiene que ver con el gobierno de turno.
Esta actitud nefasta para la sociedad supera el aquí y ahora; viene de lejos, de siempre. Esto abarca al campo profesional y en particular a las obras públicas que acomete el estado. Por ejemplo, no se puede entender cuáles fueron en el pasado los criterios de diseño usados para construir un hospital o un barrio en una zona inundable o para diseñar y construir hace décadas un puente que no deja pasar la creciente máxima y, aún menos, que no se haya construido uno cuando el terreno mismo demandaba esa necesidad para orientar los caudales que bajan de los cerros. No hay atenuantes para tales descuidos.
A esto queremos referirnos aquí con dos propósitos. El primero no para indalgar culpas, que las habrá sin dudas, sino para invitar a un cambio de actitud frente a estas tragedias anunciadas y que van a seguir. Seríamos necios si dejáramos pasar esta oportunidad que nos brinda dolorosamente la naturaleza para enmendar nuestras actitudes de vistas al futuro. Nada más perturbador que enterarse a través de los medios sobre discusiones y cuestionamientos entre diversas dependencias de gobierno, frente a la necesidad de reubicar o no el hospital en Bañado de Ovanta, por ejemplo, ya que ello revela, desnuda, expone que no se sabe qué hacer.
El segundo para recordar algunos pasos elementales que se deben tomar a nivel del estado para evitar o paliar en el futuro las consecuencias de estos fenómenos ya no impredecibles, pero si mitigables si nos preparamos para enfrentarlos. Aquí nos amparamos en las recomendaciones y prácticas internacionales para casos como el que nos ocupa. No dudamos de que hay gente especialista y preparada en este rubro que puede tener mejor opinión. Pero la realidad es que no se escuchan voces en la comunidad, personales, de organizaciones profesionales o medioambientalistas, que se aventuren a exponerla. Si callan aquellos que por su preparación universitaria pueden decir algo, ¿qué queda para la población que no tuvo esa suerte?
La demostración de fuerza que la naturaleza viene haciendo en el centro del país, Córdoba, Santa Fe y en nuestra provincia obliga a refugiarnos en los estándares internacionales para saber cómo enfrentar los desastres naturales. Lo primero que debemos entender es que el proceso va más allá de la simple necesidad del momento, de la urgencia de restablecer un servicio, reconstruir un puente o una ruta, para abarcar el impacto social del desastre. Esta urgencia obliga a echar mano de todo lo que se disponga en el momento. Sobre ello poco podemos sugerir al no saber de qué se dispone hoy. Sí podemos decir algo, en cambio, sobre cómo minimizar los daños a futuro, ya que las tragedias de origen natural no por imprevistas dejan de ser manejables si se toman medidas a tiempo.
Las medidas sugeridas para enfrentar un desastre natural se agrupan en tres acciones básicas: la prevención, la preparación y la mitigación. Desde el punto de vista de la prevención, los problemas sufridos por El Rodeo y Bañado de Ovanta demuestran que la planificación urbana es lo primero que debe estudiarse y revisarse, como medio de defensa ante los desastres naturales. Por lo tanto, lo que se impone inmediatamente es hacer el relevamiento de todas las zonas o pueblos donde el desastre se dio, con el fin de identificar los lugares vulnerables y diseñar las soluciones. Esto demanda recorrer la provincia, relevar esos datos y almacenarlos para futuros usos. No se trata de ir solamente a Bañado de Ovanta y reconstruir un puente o un hospital, sino de ver todo y tomar nota a nivel provincial de los puntos "flacos” del diseño urbano actual de las poblaciones. Sin esta información básica será imposible planificar, prevenir o mitigar los daños de otro desastre en el futuro.
Concretado el relevamiento, el segundo paso que se recomienda es estudiar, diseñar y construir alternativas que impidan la repetición del daño. De nada sirve reconstruir un puente bajo las mismas condiciones de cálculo anteriores a la tormenta, para que la próxima se lo lleve o actúe como cuello de botella ante una creciente, inundando de paso a todo un pueblo. Si un tramo de ruta actuó como dique evitando el escurrimiento natural del agua y generando una inundación hasta que se rompió, para qué reconstruirla con los mismos criterios anteriores al desastre. Si al hospital lo inundó el agua porque estuvo mal ubicado desde el principio, por qué hacerlo de vuelta en el mismo lugar. Estas preguntas, que parecen ridículas, no lo son si tenemos en cuenta las discusiones que los medios ventilan entre algunas dependencias oficiales.
Pero hay algo más que debe reconsiderarse antes de decidir encarar una obra nueva. Así como en un desastre natural convergen múltiples aspectos, así también en la solución debería converger la opinión de los especialistas en las diversas disciplinas que tienen que ver con el desastre. Con esto queremos decir que en la decisión de rehacer un puente, para dar un ejemplo, no sólo debe intervenir el ingeniero civil responsable de su cálculo y construcción, sino el experto en clima, porque éste sabe del comportamiento de la atmósfera que alimentará las lluvias que ese puente debe dejar pasar; del geógrafo, porque éste sabe del comportamiento de la orografía a la que el puente va a servir; del geólogo, porque éste sabe de los suelos y su estructura por debajo de la base del mismo.
Aunque suene extraño, hasta el mismo historiador hace falta, porque éste, seguramente, debe tener datos históricos de antiguas crecidas contra las cuales hay que prepararse. No creo que sea superfluo si un historiador aparece y nos recuerda que el Río Albigasta, ese cauce seco que pasa por Frías, en 1939 se llevó un tren y el puente hecho por los ingleses. Menos aún si algún viejo poblador rescata de su memoria el recuerdo de que el pago de Chañar Laguna en la vieja Estancia de Choya, por ahí donde hoy está Loma Negra cerca de Tapso, fue abandonado por las familias allá por la década del 20, luego que el "río” del mismo nombre, también un cauce seco de mala muerte, les llevó todo de la noche a la mañana. A esto no me lo contaron los libros, sino mi propia familia.
Con esto queremos decir que la mejor forma de prevenirse contra los fenómenos naturales es convocando la mayor cantidad de especialistas para que, aunando su perspectiva, se tenga una visión de conjunto. No se trata solamente de reconstruir a "la tonta y a la loca” parte de una infraestructura destruida, sino de hacerlo a la luz de su función en el medio geográfico y humano que la rodea y de la experiencia que nos pueden aportar múltiples disciplinas trabajando al unísono.
Uno de los mayores problemas al momento de enfrentar un desastre natural es el toparse con la displicencia social y la falta de respeto cultural hacia la naturaleza y su propia dinámica. No pocos creen que ella está a nuestra disposición para satisfacer nuestros deseos más absurdos; que la violación de su equilibrio no será respondido con una nueva readaptación natural que puede implicar un daño a nuestra salud o estilo de vida.
Para poner un ejemplo, hoy la prensa mundial tiene puesto sus ojos en San Pablo, Brasil, una ciudad de 20 millones de habitantes que está pagando con una sequía fatal la deforestación con fines urbanos y especulativos de las montañas que la rodean y de la Amazonia. Los grandes diques de su región están casi secos. Los pocos ríos que aún tienen agua están contaminados por la basura que tira la gente y están envenenados. Parte de sus barrios tienen el agua racionada. Hasta las fuentes hidroeléctricas de energía están comprometidas a nivel nacional. Y, repetimos, todo por efecto de la deforestación, un tema que se tapó maliciosamente durante la campaña política por obvias "razones.”
Nuestro país no le va a la zaga a Brasil en lo que respecta a la falta de respeto al árbol, al monte, al bosque. La asociada a la siembra de soja es una de tantos, pero no la única. Aquí en el Valle Central y la ciudad capital en particular, el problema tuvo y tiene otras manifestaciones, que no por ser más pequeño en extensión, deja de ser serio en sus efectos sobre la población. Creemos que nadie nos desmentirá si afirmamos que Catamarca se ha tornado casi irrespirable en la primavera y el verano, justamente a causa del arrasamiento de la vegetación en la zona norte, para hacer lugar a la construcción de cientos de viviendas.
El viento norte, animado por la falta de barreras naturales, ahora corre desenfrenado llenando de tierra o polvo hasta el lugar más recóndito de cualquier casa, incluidos nuestros pulmones. ¿Hace falta decir que tales desmontes deberían haber sido acompañados por una intensa reforestación, la cual habría mantenido el precario equilibrio ambiental de antes y nos habría permitido respirar? Obviamente que no. Mientras tanto, se sigue adelante con las mismas conductas, esta vez con los proyectos urbanos en las laderas de los cerros, también previa destrucción de la vegetación natural, pasando por alto el efecto benéfico de la maleza serrana en la contención del escurrimiento superficial en pendiente y la prevención de derrumbes.
Desgraciadamente, la equivocada relación que se tiene con la naturaleza, a la que se la trata como enemiga del progreso, no es de ahora, sino que viene de siempre. Vergonzosamente debemos reconocer que es parte de nuestra cultura y falta de información.
Estas deficiencias en el planeamiento urbano tienen su propia versión en cada lugar. En lugares como El Rodeo, la tragedia de 2013 puede atribuirse a la inexistencia de un código de construcción o a su no aplicación en caso de existir (no lo sabemos), algo elemental en toda planificación urbana para la prevención de los efectos de un desastre natural. Esa tragedia enseña que es obligación de las autoridades crear, implementar o imponer normas edilicias que protejan a la población; que no se debe asumir que todo el mundo sabe o conoce los peligros y riesgos de un lugar. Sin embargo, las esperanzas de una mayor concientización en todos los niveles se derrotan de entrada si aquí nomás, en la capital, en la quebrada del Tala, son notorias las construcciones en sus márgenes.
¿Qué puede pasar en caso de que de golpe caiga una tormenta de 200 mm en la cuenca serrana que alimenta al Río El Tala o los otros hacia el sur? Queda para la imaginación de cada uno la respuesta. Ni hablar si un derrumbe lo tapona por unas horas. Hasta donde sabemos, no hay sistemas de alarmas para este tipo de situación, pero tampoco para casos de temblores. Cuando hablamos de esto nos referimos a un sistema de alarmas o alertas ambientales que llegue a la sociedad a través de la radio, la televisión o el celular, como mínimo.
Respecto a la preparación que una comunidad debe tener para enfrentar un desastre inminente, las recomendaciones internacionales aconsejan tener todos los servicios de emergencias listos para rescatar, aliviar y rehabilitar a las personas afectadas. Ambulancias, helicópteros y hospitales de campaña, si no en todos los pueblos, al menos suficientes por región. Esos estándares hacen hincapié en la necesidad de tener coordinadores permanentes en cada localidad, o sea personas u organismos identificados con nombre y apellido, más sus teléfonos, ante los cuales la población pueda acudir al momento. También tener una lista con nombre de personas y familias aisladas con sus números de teléfonos o formas de contacto al día.
Los coordinadores deben ser parte o estar integrados en una red provincial de emergencia y tener un entrenamiento adecuado para enfrentar situaciones al límite. Defensa Civil debería ser el área natural que ejecute esa coordinación, siempre y cuando se ajusten sus funciones a algo más que a atender las necesidades inmediatas y básicas de la población. Aquí se debe notar que si bien es cierto que toda ayuda es buena, la responsabilidad final de la ayuda a la población no puede dejarse en manos de instituciones privadas por razones legales, sino que es responsabilidad del estado. Que la gente en Bañado de Ovanta hayan manifestado sus deseos de irse para siempre del pueblo, revela la gravedad de la crisis y la desesperación entre los pobladores.
Sin embargo, cumplir con las obligaciones de enfrentar un desastre de la naturaleza requiere algo más que coordinadores sobre el terreno; demanda protocolos de actuación bien definidos y establecidos, por escrito, los cuales deben ajustarse a todos los procedimientos posibles de auxilio. Dejar todo sujeto a la buena voluntad de lo que pueda hacer cada uno puede costar vidas.
Aplicar un protocolo eficientemente implica saber lo que se quiere hacer, tener entrenamiento sobre eso, conocer sobre seguridad para no agregarse a la lista de víctimas, saber cómo responder y actuar ante distintas situaciones, saber evaluar el momento y la circunstancia, saber cómo estabilizar una situación. Obviamente, esto no se consigue de la noche a la mañana y requiere la presencia de expertos profesionales externos para la instrucción del personal.
Finalmente, todo desastre natural requiere una mitigación de sus efectos durante y después del fenómeno. Obviamente, los desastres no son iguales en todas partes, y cada uno demandará distintas medidas. Sin embargo, lo primero que se recomienda en todos los casos es definir las prioridades; qué orden de atención se dan a las medidas que se tomen, teniendo en cuenta la situación y las necesidades inmediatas de la población. Habrá acciones que demandan acción inmediata, pero habrá otras que pueden esperar un poco. Naturalmente, la contención de la población es lo primero. Aquí no solamente hablamos de alojamientos temporarios en escuelas, alimentación, prevención y atención de enfermedades, sino de contención sicológica.
En resumidas cuentas, la prevención, que debe comprender el relevamiento de datos luego de un desastre con el fin de identificar las debilidades de nuestra situación urbana en relación a la geografía que nos rodea para luego corregirlas; la preparación para responder de forma ordenada ante un desastre bajo la dirección de coordinadores entrenados para la emergencia e integrados a una red provincial y la mitigación de los efectos hasta tanto la comunidad se recupere, es lo mínimo que se tiene que implementar de vista al futuro, para evitar, paliar, controlar y manejar las consecuencias de un desastre natural.
De poco sirve salir corriendo, sin planes, a tratar de contener un desastre, una vez ocurrido. Menos aún abandonarnos a la suerte que nos depare el destino. Como dijo Séneca, "La [buena] suerte es lo que ocurre cuando la preparación es oportuna.” La naturaleza, cuando golpea, no entiende de diferencias sociales, políticas ni religiosas. Si estas medidas se acompañan con el desarrollo de un mayor respeto al medio natural, habremos dado un paso adelante en la comprensión y manejo de los desastres naturales.