El picudo algodonero bajo la lupa: un estudio del INTA revela pistas claves para ajustar su control en la región algodonera
En el corazón del Chaco algodonero, en los lotes donde cada campaña se libra una batalla silenciosa, un enemigo diminuto vuelve a estar en el centro de la escena: el picudo algodonero (Anthonomusgrandis), la plaga que desde hace décadas desafía a productores, técnicos y a toda la cadena algodonera.
Un reciente estudio del INTA y del Conicet aporta nueva evidencia científica para comprender mejor cómo se comporta este insecto en la Argentina. Y, sobre todo, qué estrategias pueden afinarse para reducir su presión sobre los cultivos. La clave: la morfología del picudo cambia según la región y la estación del año, un dato que puede modificar la manera en que se planifican las medidas de control.
“Este tipo de trabajos nos permite detectar patrones de variación vinculados a clima, manejo agrícola y disponibilidad de alimento”, explica Carolina García, investigadora del INTA Sáenz Peña y autora principal del estudio. Durante dos años, el equipo reunió muestras de ejemplares en Chaco, Santa Fe, Formosa y Santiago del Estero, tanto en plena campaña como durante el invierno.
No son iguales
A primera vista, un picudo parece siempre igual. Sin embargo, los análisis morfométricos —mediciones precisas de partes del cuerpo— revelaron diferencias notables en tamaño, peso, longitud del cuerpo y de los élitros. Incluso dentro de la misma localidad, los individuos capturados en invierno resultaron **más uniformes** que los recolectados en temporada de cultivo.
El ambiente manda
Uno de los hallazgos más importantes del trabajo es que las variaciones detectadas no parecen tener origen genético, sino ambiental. Es decir, no son poblaciones evolutivamente distintas, sino picudos moldeados por las condiciones en las que se desarrollan.
Los análisis de ADN mitocondrial —realizados sobre genes habitualmente usados como marcadores— mostraron una alta homogeneidad genética a lo largo de toda la región algodonera y apenas una única posición con dos variantes. “Este hallazgo abre puertas para futuras líneas de investigación, pero confirma que las diferencias morfológicas observadas responden a factores ambientales”, explica Silvia Lanzavecchia, investigadora del Instituto de Genética del INTA y codirectora del proyecto.
Para Ana Laura Nussenbaum, investigadora del Conicet, el punto es claro: “Los individuos con mejores parámetros corporales suelen tener mejor desempeño reproductivo y en campo, por lo que estas variaciones deben ser incorporadas a los esquemas de manejo”.