El Estado está obligado a cumplir con la ley y, por tal razón, destinará 2800 millones de pesos para todo el despliegue electoral del 13 de agosto próximo.
En este año electoral,
las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) serán un simple
formalismo: casi ninguna fuerza política celebrará elecciones y sus candidatos
a legisladores nacionales se medirán directamente en la compulsa general de
octubre. Aún así, el Estado está obligado a cumplir con la ley y, por tal
razón, destinará 2800 millones de pesos para todo el despliegue electoral del
13 de agosto próximo.
Así lo confirmaron a
LA NACION fuentes del Ministerio del Interior y Obras Públicas. De ese monto,
81 millones de pesos se repartirán entre las fuerzas políticas en concepto de
aportes de campaña. El costo total de las dos elecciones (las primarias y las
generales) será de 5100 millones de pesos, añadieron las fuentes.
De las provincias más
importantes del país, sólo el Partido Justicialista en Buenos Aires y en Santa
Fe, y posiblemente la alianza Cambiemos en Santa Fe celebrarían primarias en
agosto.
El tablero electoral
se confirmará el miércoles próximo, fecha límite para que los partidos
políticos presenten la nómina de sus candidatos. Pero está claro que ni el
presidente Mauricio Macri, el principal referente de Cambiemos, ni su
antecesora Cristina Kirchner, su contracara de la oposición, quieren disputas
internas dentro de sus respectivos espacios, lo que explica la apatía
generalizada.
Las PASO quedarán así reducidas
a una gran encuesta nacional previo a la "competencia real" que se
disputará en las elecciones generales de octubre.
Esto abre el debate
sobre la verdadera utilidad de la ley en un país como la Argentina, donde los
espacios políticos frecuentemente buscan eludir la compulsa interna. Vale
recordar que nuestro país del mundo en que las primarias son obligatorias para
todos los ciudadanos.
Las opiniones están
encontradas. El politólogo Marcelo Leiras es partidario de las primarias porque
permiten que los candidatos compitan, que la gente participe y, sobre todo, que
la agrupación política vencedora se muestre fortalecida, máxime si tiene el
desafío de gobernar.
"Los partidos
políticos necesitan una regla que posibilite competir a todos los que desean
hacerlo y las PASO resuelven ese problema. Sin embargo, desde 1983 las
conducciones políticas se han rehusado casi siempre a la competencia -sostuvo
el politólogo durante una entrevista en el programa 50 minutos, de LN+. En
realidad, en 2013 y en 2015 hubo primarias más competitivas, pero este progreso
parece ahora haberse revertido."
El diputado Maurice
Closs (Frente para la Victoria) es, en cambio, partidario de derogar las PASO.
"No sirven para
nada. Sirven para gastar plata. Y mucha. Imprimir padrones, desplegar urnas,
brindar seguridad al comicio, darle herramientas a la Justicia Electoral y
pagarle la campaña a los partidos y frentes electorales", advirtió Closs.
"En todo el país
la gran mayoría de los espacios evita este año las internas. Hoy, con el
bipartidismo destruido y los sellos partidarios devaluados, ni siquiera la
pertenencia a la UCR o al PJ obliga a una interna. De manera teórica la idea es
buena, pero toda ley, y más aún aquellas que regulan la política, deben tener
una lógica relación con la idiosincrasia de un país", enfatizó el legislador
y ex gobernador de Misiones.
Todo sigue igual
Si se profundiza aún
más el análisis, estas elecciones legislativas no sólo revelan el problema del
formalismo en que devinieron las primarias. Tambien desnudan que, pese a todas
las promesas de campaña, estas elecciones legislativas no incorporan, por
ahora, ninguna innovación en materia de transparencia ni celeridad.
En efecto, tanto en
agosto como en octubre próximos los ciudadanos votarán con la tradicional (y
polémica) boleta de papel; incluso en la Capital, pese a que la experiencia con
la boleta electrónica en 2015 resultó exitosa. El año pasado, el gobierno de
Macri intentó modificar la ley electoral con el propósito de introducir la
tecnología en el sufragio, pero el peronismo en el Senado frenó el proyecto en
seco.
La disputa política
entre las dos posiciones extremas impidió explorar la vía intermedia que
impulsaban distintas ONG y la justicia electoral, la boleta única de papel. Un
instrumento que probó ser exitoso en Córdoba y Santa Fe en materia de celeridad
y control.
El escrutinio
provisional, tantas veces cuestionado por las demoras y la falta de
transparencia, tampoco tendrá novedades. Y todo indica que la española Indra se
quedará con el negocio, aunque sugestivamente por menos presupuesto (de lo que
se informa aparte).
Tampoco se
introducirían cambios sustanciales en una cuestión tan espinosa como el
financiamiento de los partidos políticos. El Gobierno recién presentará al
Congreso un nuevo proyecto de ley después de los comicios de octubre, por lo
que seguirán vigentes los resquicios que hoy ofrece la norma para que los
partidos políticos dibujen sus balances y disfracen a sus verdaderos aportantes
de campaña.
Para peor, no está
previsto por ahora ampliar el cuerpo de peritos auditores de la Cámara Nacional
Electoral, encargado de controlar las presentaciones de los partidos políticos.
"Hoy contamos con sólo 8 auditores para controlar a 622 agrupaciones
partidarias y miles de informes de campaña. Estamos desbordados", advirtió
un importante funcionario de la justicia electoral.
Según pudo saber LA
NACION, el Gobierno evalúa emitir un decreto en los próximos días para regular
el financiamiento de los partidos políticos de este año. No se trataría de
reformas sustanciales, pues la Constitución Nacional le impide al Poder
Ejecutivo emitir decretos en materia electoral. No obstante, tomaría algunas de
las recomendaciones que la Fundación Cippec le elevó hace unos días al jefe de
Gabinete, Marcos Peña; al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y al jefe de
asesores del Presidente, José Torello.
Esas recomendaciones
se concentran en cuatro puntos clave: uno, mejorar la trazabilidad de los
fondos que reciben y gastan los partidos y alianzas; dos, responsabilizar a las
alianzas aumentando los controles sobre los encargados de la administración
financiera de las agrupaciones políticas; tres, reducir la discrecionalidad en
la asignación de subsidios para el financiamiento político y, cuatro, facilitar
el acceso a los informes de campaña.