12 de junio de 2008 - 00:00
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Sobrevivieron comiendo pasto y galletitas
Con temperaturas de 5 y 10 grados bajo cero y escasa comida, con fracturados y magulladuras, los nueves pasajeros resaltan el coraje y la experiencia del piloto, que tenía 16.000 horas de vuelo en la zona.
Instrucciones vitales
Según sus relatos, apenas se estrellaron empezaron a recibir las instrucciones de Bahamonde, quien les dijo que cortaran el paso del combustible, sacaran toda la ropa de abrigo y buscaran comida. También les explicó cómo sobrevivir en condiciones adversas.
Pero los supervivientes, que se refugiaron en el fuselaje e hicieron fuego con la ropa, sólo encontraron un tarro de leche en polvo, un paquete de galletas, una barra de chocolate y algunos caramelos.
"Pensábamos que moriríamos de frío y sin comer. Sólo podíamos caminar, tapábamos a los heridos, íbamos a buscar agua a unos 20 metros del avión en la mañana. Yo comía pasto", dijo el cabo de Carabineros, Víctor Suazo, que recogía frutos silvestres en sus salidas.
Durante el día colocaban los chalecos reflectantes sobre la nave para que los equipos de rescate, integrados por un centenar de personas, pudieran encontrarlos. "Algunos empezaron a alucinar, veían unos camiones y decían que los venían a rescatar", comentó el cabo Suazo.
La jornada más difícil fue cuando el lunes murió el piloto, quien en su última instrucción les dijo que si era necesario incendiaran el avión, "porque eso provocaría una enorme humareda", contó el policía de 22 años. "Siento alegría y a la vez mucha pena por el piloto. Él nos salvó. Nosotros tratamos de salvarlo a él y no pudimos", dijo Jorge Uribe, otros superviviente.
"Nos protegimos con la misma ropa que llevamos (...), nos agrupamos todos, rezamos harto, a ratos se perdía la calma, pero nos apoyábamos diciéndonos que ya íbamos a salir, justo el día del rescate las esperanzas habían decaído", añadió.
Otro de los supervivientes, el técnico Omar Villegas relató que la labor de la única mujer, la profesora Sonia Cárdenas, fue decisiva para mantener alta la moral del grupo y que ella, junto con Miguel Almonacid, empleado de una salmonera, y el cabo Suazo eran quienes salían a buscar comida por los alrededores.
Un día antes del rescate y cuando sus fuerzas estaban prácticamente agotadas, despejaron la nieve del techo del avión y se pusieron los chalecos salvavidas, para ser avistados.
"No hubiéramos pasado una noche más", declaró Almonacid. "Uno ve que todos se apoyaron, es un grupo solidario. La experiencia que vivieron es particular y muy difícil", dijo el ministro de Defensa, José Goñi, que anoche visitó los hospitales de Puerto Montt donde están ingresados los heridos, todos ellos fuera de peligro.
El cadáver del heroico piloto aún sigue en la zona, pues las condiciones del clima han impedido el rescate de sus restos.
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