17 de abril de 2008 - 00:00
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Ante Bush, el Papa defendió la diplomacia
En una velada referencia a Irak, dijo que debe ser la prioridad para resolver los conflictos. Nueva crítica por los abusos sexuales.
"En este 60° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos resulta tan urgente como siempre la necesidad de una solidaridad global, si es que todas las personas habrán de vivir de una manera que valga la pena su dignidad", pidió.
Bush lo había recibido con palabras de bienvenida y un pedido para que difunda su mensaje de amor, fe y esperanza entre los estadounidenses. También, con referencias al 11 de Septiembre de 2001 y todo lo que vino después. "En un mundo en el que algunos invocan el nombre de Dios para justificar actos de terror, muerte y odio, necesitamos su mensaje de que Dios es amor. Abrazando ese amor es la manera más segura de salvar al hombre de caer presa de las enseñanzas del fanatismo y el terrorismo", dijo.
Juntos protagonizaron uno de los actos más concurridos jamás celebrados en la Casa Blanca. Estaba la flor y nata del poder de este país.
Desde el vicepresidente, Dick Cheney, y la titular de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi -los dos primeros en la línea de sucesión presidencial-, a la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, los demás miembros del gabinete, las cúpulas de las fuerzas armadas, altos ejecutivos de Wall Street y popes de las artes.
Sólo faltaban los ministros de la Corte Suprema, que a la misma hora convalidaron, para disgusto del Vaticano, la constitucionalidad de las inyecciones letales en Kentucky y destrabaron, así, las ejecuciones que estaban suspendidas desde septiembre.
La inmigración
El valor de la vida fue uno de temas que en su encuentro de 45 minutos a solas en el Salón Oval, tras la ceremonia y un paso por la Sala Azul de la Casa Blanca, donde los Bush y unos pocos afortunados festejaron su cumpleaños con una torta.
Ya en el Salón Oval, según informó la Casa Blanca, también analizaron la situación en Medio Oriente, con Irak y el conflicto entre israelíes y palestinos en primera línea; la lucha contra la pobreza, y la defensa de la libertad de credo, los derechos humanos y el desarrollo sustentable.
Hubo tiempo para más. Analizaron cómo promover "una política de inmigración coordinada" con América latina y cómo garantizarles a quienes llegan a Estados Unidos un "trato humano y el bienestar de sus familiares", según informaron los voceros presidenciales. "El Santo Padre y el presidente también hablaron de la situación en América latina y los inmigrantes, entre otros temas", completaron. El comunicado oficial agregó que ambos líderes "ratificaron su rechazo total" al uso del terrorismo, pero también que coincidieron en la necesidad de confrontar este flagelo con medidas que respeten la persona y sus derechos".
Es sabido que el Papa considera que mejorar los estándares de vida en los países de origen es el único método eficaz para reducir el flujo migratorio.
Pero en la Casa Blanca, Benedicto XVI evitó abordar los escándalos sexuales que sacudieron a la Iglesia Católica en este país durante los últimos años.
Del otro lado de las rejas, unos 200 manifestantes se lo recordaron con una pancarta: "Los sacerdotes católicos son pedófilos".
Un día antes, en vuelo desde Italia, el Pontífice había dicho que estaba "personalmente avergonzado" por lo ocurrido y afirmó que "un culpable de pedofilia no puede ser sacerdote".
Ayer lo abordó otra vez junto a los 350 obispos de Estados Unidos en la impactante Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, al son de las campanas.
En un tono inusualmente duro, Benedicto XVI reconoció que los escándalos fueron a veces "muy mal manejados", que esos vejámenes implicaban "una conducta gravemente inmoral" y que, además de generarle una "profunda vergüenza" a la Iglesia, la "prioridad" ahora debe ser extremar el "cuidado compasivo de las víctimas".
Una y otra vez, también, tanto con los obispos como en la Casa Blanca, el Papa buscó comunicar su afecto por el pueblo estadounidense. Así, optó por cerrar su histórico discurso en el corazón de esta capital, con una frase para regocijo de los invitados: "¡Que Dios bendiga a Estados Unidos!".
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