El presidente de Estados Unidos sabe que está perdiendo y envía más tropas. Teme que se cumpla la profecía que señalaba esta guerra como su Vietnam.
Quizá sea la última oportunidad que tiene George W. Bush de triunfar en Irak, tras enviar 21.000 soldados más a ese país o, en todo caso, el último error de una serie de errores que lo llevaron a invadir Bagdad hace casi tres años.
El costo puede ser muy caro para el mandatario estadounidense, y, lógicamente, él lo sabe. Y es que aún resuena en sus oídos la frase pronunciada por el senador demócrata Eduard Kennedy: "Irak será el Vietnam de George Bush".
Aunque lo que sucede en Irak no es lo mismo que en Vietnam, su estrategia actual es similar a la que utilizó el fallecido ex presidente Richard Nixon cuando decidió extender la guerra a Camboya y Laos, en 1970, sostienen analistas.
En su anunciado discurso del pasado miércoles, Bush no tuvo en cuenta las recomendaciones del Grupo de Estudio sobre Irak que le sugirió aproximarse a Irán y Siria para que lo ayuden a pacificar el país iraquí.
Tampoco reconoció que Estados Unidos está siendo derrotado en Irak, no por su poderío militar sino por las torpezas manifestadas por las tropas de ocupación después de derrocar a Saddam Hussein.
Pero, por el momento, nada hace presagiar que el mandatario saque algún provecho de sus errores. Es más, Bush está convencido de que la única forma de terminar con la violencia en Irak es por la vía militar.
Tras su resonante triunfo en las elecciones legislativas de noviembre, los demócratas -que ahora controlan el Congreso- esperaban que Bush los consulte antes de implementar alguna decisión sobre Irak, lo que es improbable conociendo la personalidad del mandatario.
Pero ¿qué pueden hacer la oposición para detener a Bush? Muy poco. Sobre todo porque el mandatario republicano no parece dispuesto a insistir con la vía diplomática para solucionar el conflicto.
"Con su nuevo plan de seguridad en Irak, el presidente Bush está apostando a que los líderes iraquíes se comprometan a construir un estado multisectorial, y su estrategia se fortalecerá o caerá en este intento de consolidar el poder", dice Michael R. Gordon, del diario The International Herald Tribune.
Aunque cayó en el ridículo infinidad de veces, Bush parece tener ese don de la gente poco ilustrada, que, sin embargo, sabe cuando está cerca del abismo.
Por eso advirtió que si el gobierno del primer ministro, Nuri Kamal al Maliki, no asume sus compromisos "perderá el apoyo del pueblo estadounidense", tal como le está ocurriendo a él mismo, ya que el 60 por ciento de los estadounidenses se opuso al envío de más tropas a Irak.
"Debemos reconocer que Irán y Siria, pero sobre todo Irán, están implicados en acciones que ponen a nuestras fuerzas en peligro", dijo la secretaria de Estado, Condolezza Rica, quien inició una nueva gira por Medio Oriente.
Para que resulte exitosa, la estrategia de Bush necesita del apoyo del gobierno del primer ministro Maliki, quien prometió la realización de elecciones provinciales y una ley de petróleo cuyas ganancias sean repartidas equitativamente entre kurdos, chiítas y sunnitas.
Y también se comprometió a desarmar a todas las milicias, incluida la del clérigo chiíta Muqtada al Sader, quien es aliado de su gobierno, y que cuenta con 30 diputados en el Congreso iraquí.
Un día después del discurso de Bush, un misil impactó en la embajada estadounidense en Grecia, mientras que tropas norteamericanas ingresaron en el consulado iraní en Erbil, al norte de Irak, y detuvieron a cinco funcionarios de ese país.
Día a día, la violencia sacude a Irak donde los enfrentamientos entre la mayoritoria comunidad chiíta y los sunnnitas se han incrementado desde el ahorcamiento de Hussein, el pasado 30 de diciembre. La tozudez de Bush de enviar más tropas parece hacerle el juego a esos fundamentalismos.