El ex presidente chileno, líder de una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica, tenía 91 años. El Gobierno no decretó duelo oficial.
SANTIAGO- El ex dictador Augusto Pinochet Ugarte, quien encabezó la que tal vez haya sido la dictadura más feroz y emblemática de América latina, murió ayer en Santiago de Chile, a los 91 años, a raíz de un infarto y paradójicamente en el Día Internacional de los Derechos Humanos.
"Se comunica el sensible fallecimiento del ex presidente de la República, y ex comandante en jefe del ejército, capitán general Augusto Pinochet Ugarte", dijo el parte médico del Hospital Militar, que rápidamente dio la vuelta al mundo.
"A las 13.30 horas el paciente sufrió una inesperada y grave descompensación que obligó a trasladarlo en estado crítico a la unidad de cuidados intensivos", agregó el parte.
El ex dictador estaba internado en el Hospital Militar desde la madrugada del domingo 3 de diciembre, a raíz de un infarto de miocardio que obligó a dos operaciones de angioplastía.
La rapidez con que se recuperó el ex presidente de facto, que gobernó Chile entre 1973 y 1990, generó suspicacias en la sociedad chilena, donde se comenzó a especular con una sobreactuación de la enfermedad para sacar provecho en las múltiples causas judiciales que se le siguen por violaciones a los derechos humanos y enriquecimiento ilícito.
De hecho, el informe del Hospital Militar de ayer a la mañana hablaba de la estabilidad y recuperación del general Augusto Pinochet, pero poco más tarde sufrió una descompensación y, a las 14.15, murió.
Los últimos días de su vida, previa a la internación en el Hospital Militar, los pasó bajo arresto domiciliario, en su casa de Santiago, otra vez por la causa de la Operación Colombo, mientras muchas otros expedientes hacían cola para involucrarlo.
Pero el ex dictador consiguió su objetivo: murió sin ser condenado, pese a que sobre él pesaban cuatro procesamientos judiciales, tres por casos de derechos humanos y uno por corrupción, este último denominado "caso Riggs" y referido a millonarias cuentas secretas en bancos de Chile y el exterior.
El día en que le tocó morir coincide con el cumpleaños número 84 de su esposa, Lucía Hiriart, pero la coincidencia más paradójica es con el en que se conmemora la sanción en Naciones Unidas, en 1948, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La antinomia que Pinochet generó en la sociedad chilena desde el mismo momento en que encabezó el sangriento golpe de Estado que derrocó al presidente socialista Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, se reflejó de inmediato en las calles de Santiago.
El tema es que la presidenta Michelle Bachelet -que perdió a su padre en la dictadura y ella misma estuvo presa y exiliada- dijo cuando era candidata que no creía que al morir al ex dictador le correspondiera el mismo protocolo que a los presidentes democráticos, y en esa posición se mantuvo.
Durante la semana pasada, cuando la internación de Pinochet agudizó las divisiones, los medios chilenos informaron que la decisión de decretar el duelo nacional es una atribución presidencial que no está reglamentada.
En cambio, sí figura dentro de los reglamentos militares el detalle de los honores que el Ejército debe rendir a un ex jefe de estado mayor, cargo en el que, también paradójicamente, Pinochet fue designado por Salvador Allende.
El dictador era velado en la Escuela Militar, y luego la familia tendrá que decidir si entierra a Pinochet con uniforme de general, como alguna vez dijo en una entrevista que era su deseo, o si lo crema, como aseguró uno de sus hijos que era su última voluntad, por temor a las profanaciones que podría sufrir su tumba.