domingo 15 de febrero de 2026
Casa de la Puna

Con el desentierro del Pujllay comenzó el carnaval andino en la Capital

Entre coplas, harina y albahaca, vecinos y turistas celebraron la Chayita y el regreso del “diablito” que simboliza la renovación del vínculo con la Pachamama.

Febrero tiene ese pulso antiguo que late más fuerte en el norte. Y ayer, en Casa de la Puna, volvió a escucharse. Entre harina suspendida en el aire, coplas y ramitas de albahaca perfumando la tarde, el Pujllay regresó a la superficie. El pequeño “diablito” fue desenterrado desde la boca de la Pachamama, como dicta la ceremonia que abre el carnaval andino, y con él despertó la alegría colectiva. Una vez más la Casa de la Puna fue el lugar donde todos los febrero se reencuentran turistas y residentes para celebrar una de las ceremonias y fiestas más representativas de las culturas aborígenes: el carnaval andino.

De esta manera, creencias, símbolos y prácticas, música y colores confluyeron en un mismo lugar donde prestadores culturales gastronómicos y turísticos recibieron a las familias para sumarlas al festejo y, sobre todo, para rescatar las tradiciones, tal cual la premisa de la Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico de la Capital, organizadora de la propuesta.

“Las actividades tuvieron un sentido profundamente cultural y comunitario, y fueron disfrutadas tanto por vecinos y vecinas como por turistas que eligieron la ciudad para estos días. La propuesta de la Chayita estuvo pensada especialmente para las familias y para niños y niñas, como una forma de acercarlos a las tradiciones del carnaval, al canto en coplas, al armado de cajas chayeras y a la celebración colectiva”, destacó Gustavo Yurquina, Director de Turismo Capital.

Música con identidad

Familias enteras se ubicaron en la plaza frente al escenario montado sobre la calle. Niños con las mejillas blancas de harina corrían entre los puestos de artesanos y productores; turistas de San Juan, Buenos Aires, Santiago del Estero y Tucumán y residentes se mezclaban sin distinción. La fiesta no distinguía procedencias: todos eran parte del mismo rito. La postal presagiaba la fiesta que se viviría minutos más tarde, entre una multitud bailando, cantando, arrojando harina y luciendo ramitas de albahaca, uno de los sellos distintivos del ritual norteño.

Antes del momento central, el sonido de las cajas comenzó a marcar el compás. El profesor Pablo Olaz guiaba a grandes y chicos en la construcción de cajas, pañuelos y muñecos chayeros. Luego, ofreció un taller para crear e interpretar el canto de coplas. “Nuestro objetivo es reflotar ritmos típicos como bailecitos, vidalas chayeras propios del norte para concientizar sobre nuestras cosas”, destacó el docente que junto a un grupo de colegas conforman además la banda “Amalgama” que interpreta folklore para las infancias.

El Pujllay

Juan Carlos Allosa, referente de las comunidades Kakán Putquial y ACOC, encabezó el desentierro. Junto a su hija, extrajo el pequeño muñeco que simboliza la fertilidad y la risa compartida. Durante nueve días, el Pujllay será celebración viva; luego regresará a la tierra o será consumido por el fuego, cerrando el ciclo que cada año renueva el vínculo con la Madre Tierra.

“Para nosotros fue un honor tratar de mostrar en la Capital lo que realmente son tradiciones bien añejas en el interior. Se celebra con una alegría intensa por todo lo que significa, para agradecerle a la madre tierra todos los favores que nos brinda y eso da comienzo a las fiestas, en las que se usa mucho la albahaca, por ejemplo, que son hojitas que se colocan en las orejas especialmente las mujeres del lado derecho cuando son casadas, y del izquierdo cuando están solteras. Es parte de la tradición que culmina el miércoles de cenizas, donde se quema el Pujllay y que tenemos que vivir, compartir y transmitir a las nuevas generaciones para que nunca se pierdan”, indicó Allosa. “Muchos niños que vinieron a Casa de la Puna, jugaron, crearon, nos demostraron la alegría de compartir el ritual cuando desenterrábamos al diablito bebé y que luego tiraban al cielo como es la costumbre. Por las venas de esos niños corrió sangre de nuestros ancestros, que están gritando desde allí que no los olvidemos, que revivamos cada año estas tradiciones para saber de dónde venimos y hacia donde vamos”.

Memoria

Cuando cayó la tarde, la música tomó el escenario. Las agrupaciones “Amalgama” y “Brotecitos”, junto a la voz de Emilce Quinteros, cerraron la jornada entre cantos y baile, tras la conducción de Franco Ocaranza y los sorteos promovidos por Turismo Capital.

Pero nadie parecía dispuesto a irse del todo. El carnaval no es solo una fiesta: es memoria que se hace presente. Porque el desentierro del Pujllay no es un acto folclórico ni una postal turística. Es una conversación con la tierra. Es agradecer lo recibido. Es recordar de dónde venimos para no perder el rumbo.

“A algunos turistas les encantó que les dedicáramos alguna copla porque son tradiciones que son muy valiosas para los que nos visitan y, especialmente para los niños”, agregó Yanina Allosa, defensora del legado andino. “Hay que transmitirlas, hay que enseñar, hay que hacer que las practiquen, es la única forma que nos queda para que no muera. No vas a amar lo que no conoces y no vas a defender lo que no amas, dice el dicho diaguita, por eso debemos festejar el carnaval hasta el último día. Hasta que digamos, como lo hacían los ancestros: nai nai up! ...mi corazón queda contigo hasta reencontrarnos”.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar