Hay un reclamo de herencia en la memoria, de pertenencia. En un tiempo no muy lejano alguien desataba la lengua haciéndonos saber que un pueblo indígena bautizó y dio el nombre a las cosas. Eran tardes de puertas y ventanas abiertas donde el aire se entremezclaba de voces que aún se escuchan en algún paraje de la extensa comarca.
"Breve Diccionario Catamarcano", de Rodolfo Lobo Molas
Por eso, cuando uno abre el “Breve Diccionario Catamarcano”, el recuerdo nos asalta en las voces de nuestros antepasados, un lenguaje vestido de mestizos, indígenas y del habla singular y cotidiana. Un libro que contiene 4.160 palabras quechuas, aymaras, kakanas, kunzas, etc, que han llegado de otras latitudes y permanecieron o se modificaron con el paso del tiempo. Se trata de expresiones, modismos, gentilicios, verbos, adverbios, sustantivos, adjetivos y topónimos con las diferentes traducciones. Incluye datos sobre la flora, fauna, referencias históricas, creencias y leyendas.
El autor fue riguroso en su metodología, consultor de diccionarios y múltiples textos de filólogos y especialistas en la lengua, como Lafone Quevedo, Manuel Lizondo Borda, Federico Pais, Carlos Villafuerte, Cáceres Freire, Pedro Bazán entre otros. En la transcripción de palabras indígenas o habla popular, Rodolfo Lobo Molas hace su propia interpretación, distinta o similar, señala en algunos casos a qué región pertenece el quechua, o aymara y de qué manera se registra la palabra.
Curioso resulta el empleo de verbos que se desprendieron de un sustantivo, por ejemplo: azotiar (dar azotes); añapiar (tomar añapa); brujiar (producir daño); bombuniar (espiar, mirar por agujero de la cerradura); catiar (acechar, espiar); catitiar (movimiento de la cabeza de los ancianos similar al que hacen los pichones de cata); chamiciar (recoger chamisas); chaschar (macerar en el acullico las hojas de coca); chimpear (señalar con chimpa a los animales); despenar (matar a un moribundo para quitarle la pena o sufrimiento), íte ( 2da. persona del verbo irse).
Investigación y recopilación de 20 años, en los que Lobo Molas analizó y escuchó en distintos lugares de nuestra región. En este muestrario de palabras señalo “Aguacanada” (mujer alta y delgada) oído por la Prof. Beatriz Ceballos de una mujer de Belén, o “Aguanacaita”, oído por Eduardo Aroca en el norte de Belén, referido a una adjetivación de una mujer de la zona. Encontramos palabras como “cerronando” (gerundio, momento en que se desata una tormenta con o sin lluvia, con relámpagos y truenos), aparecen topónimos y apellidos indígenas como Asampay, Chacana, Chanquía, Guaytima, Guanco, Guanaman. Destaca también el uso de diminutivos en adverbios como “ahicito”, “allacito” y la tendencia antihiática que provoca que, los hiatos se pronuncien como diptongos, ej: co-he-te (cuete), pe-le-ar (peliar).
Extraños vocablos como “cutipar”. El autor comenta que, visitando Vilisman, encontró nueces en un camino de tierra, llamándole la atención porque no había nogales, luego le explicaron que son nueces rumidas, es decir, las vacas luego que hacen el proceso de “rumiar” expulsan lo que no es provechoso.
Santiago Sylvester (miembro de la Academia Argentina de Letras) dice que hay una pérdida constante de palabras de cuño americano, de palabras arcaicas y modismos antiguos que daban un fuerte regusto al habla regional.
Rodolfo Lobo Molas rescata nuestra identidad en la cultura ancestral, en la tradición y en la belleza de una geografía a través de un libro que refleja los rasgos estilísticos de la lengua catamarcana.