21 de septiembre de 2006 - 00:00
Decepcionante reacción del obispo Elmer Miani
Lejos de aportar un mensaje esclarecedor sobre el caso de la sanadora, se victimizó y arremetió con inexplicables acusaciones de “perversión”.
Tan alejadas de la realidad se encuentran las observaciones del obispo Miani, que recién a partir de la confirmación de su permiso se divulgó la noticia, contrariamente a los numerosos casos de sanadores difundidos en los últimos años, que no hallaron eco en las páginas de este medio por ser desconocidos por Miani, al fin y al cabo, la única persona en Catamarca con autoridad suficiente -desde el catolicismo- como para pronunciarse a favor o en contra de un caso de estas características.
En las cinco páginas dedicadas por El Ancasti al hecho, en el transcurso de la última semana, no se incluyó una sola frase o palabra que agraviara, ofendiera o lastimara la fe católica, su doctrina o su persona. Más aún, todos los fundamentos y novedades publicadas fueron ofrecidas por sacerdotes, hombres que no tendrán su jerarquía eclesiástica pero que para el común de las personas tienen la capacidad de expresarse en nombre de la Iglesia.
Si en el hipotético caso de que, en virtud de un inédito y descomunal acto de desobediencia o locura temporaria, un sacerdote inventara una autorización episcopal y difundiera una información errónea, lo lógico sería que el Obispo lo aclarara.
Miani dijo a través de la prensa -en una entrevista difundida por la Agencia Télam- que no había autorizado la sanación, que no le constaba que hubiese algo sobrenatural en Adriana y que no conocía sus estigmas: todo lo contrario de lo que informó el padre Grosso en nombre de Miani. Y tal como lo dijo fue publicado.
El obispo no desmintió a su párroco en ningún momento de manera explícita, pero reafirmó su postura distante con respecto al fenómeno. A su vez, el sacerdote no contestó al obispo, pero ratificó sus dichos y anunció con “profundo dolor” que Adriana no volvería, y que personalmente iniciaba un “largo silencio para no generar controversias”.
La controversia, en realidad, ya era pública por el radical cambio de posición de Miani, que como todo aporte dijo que desconocía todo lo ocurrido y que no afirmaba ni negaba nada.
La posición es irreprochable desde el punto de vista religioso: nadie discute la apreciación de Miani sobre la validez o invalidez del prodigio, y hasta es comprensible que asuma una tradicional postura de prudencia. Pero es obvio que existió un mensaje contradictorio, y sólo con muy mala fe se podría culpar a El Ancasti por ello.
En todo caso, nada costaba a monseñor Miani comunicarse, personalmente o a través de un colaborador, con El Ancasti para esclarecer los errores que fueran, si los hubiere: decenas de miles de lectores de Catamarca y el país necesitaban y merecían una respuesta mejor.
En lugar de aprovechar esa inquietud para renovar un mensaje maduro, en lugar de canalizar el interés generado o de valorar la abrumadora demanda de una palabra sabia, Miani optó por insultar desde la Catedral Basílica a un medio que sólo transmitió lo que la propia Iglesia informó.
La historia de la Iglesia Católica se nutrió, a través de los tiempos, del aporte de centenares de hombres fuertes y valientes, que enfrentaron toda clase de riesgos, con el coraje y la entereza que les otorgaba la fe.
Hombres que sufrieron castigos indecibles, persecuciones crueles, injusticias constantes y sin embargo se mantuvieron firmes para llevar su mensaje de conciliación, de evangelización, de protección, de esperanza.
En los cinco continentes y en todas las épocas, la Iglesia contó con la ejemplar acción de obispos y sacerdotes que enseñaron la esencia de la conducta cristiana y la elevaron a su máxima expresión.
Allí están Maximiliano Kolbe, ofreciéndose a ser ejecutado para salvar a un padre de familia; Karol Wojtyla, predicando en su Polonia natal, y resistiendo los horrores del dominio nazi; el obispo Romero, brutalmente asesinado en El Salvador, hasta hoy honrado como “el obispo de los pobres”; el propio Enrique Angelleli, que prefirió enfrentar la muerte prometida antes que silenciar los atropellos de la dictadura.
Más cerca en el tiempo, nuestro Gerardo Sueldo, que rechazó la plácida vida de un despacho episcopal, las posturas acomodaticias ante el poder de turno y las palabras ambiguas, para jugarse por su gente. Salió a las calles a luchar contra las injusticias sociales, asumió sus compromisos, se puso del lado de la gente.
Ciertamente contrasta, ante tantos ejemplos de admirable hombría, la victimización ensayada por el obispo de Catamarca, monseñor Elmer Miani, quien utilizó el atrio de la Catedral Basílica para atacar gratuitamente a El Ancasti y denunciar ante los fieles peligros inexistentes y demonios que llegan justo para cubrir su propio error de conducción.
Era otro el mensaje que se deseaba sobre el caso del Pastor de la feligresía catamarqueña, la persona de quien menos se esperaba una agresión de este tipo. Aunque si se desentendió de lo inicialmente dicho, dio marcha atrás y dejó solo a su propio sacerdote ante la prensa de todo el país, no hay razones para esperar que tenga alguna contemplación especial con un periodista al que ni siquiera conoce.
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