sábado 2 de julio de 2022

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Editorial

Una nueva grieta

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20 de junio de 2022 - 07:47

Una encuesta publicada por El Ancasti en su versión digital respecto del lenguaje inclusivo o no sexista divide las opiniones entre los que participaron en casi dos mitades iguales. Una mitad está a favor de prohibirlo en las escuelas, en consonancia con lo dispuesto por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y la otra mitad en contra de la prohibición. La gestión de Horacio Rodríguez Larreta no solamente lo prohíbe expresamente sino que además amenaza con sanciones a docentes o alumnos que lo utilicen.

El argumento para la censura es la dificultad de aprendizaje que ocasiona. Las dificultades de aprendizaje en el nivel medio y primario son evidentes, del mismo modo que la baja comprensión lectora, pero no es razonable relacionar ese inconveniente con el uso del lenguaje inclusivo, que las chicas y chicos, lo usen o no, comprenden perfectamente.

La decisión oficial parece más animada por razones políticas –necesidad de captar adhesiones en los sectores más conservadores de la sociedad que están siendo atraídos por la avanzada libertaria- que por convicción. De hecho, abunda la cartelería callejera del gobierno de CABA escrita con ese lenguaje, utilizando la “x” en vez de la “a” o la “o”, con mensajes dirigidos a los jóvenes. Una evidente contradicción.

Lo más atinado parece ser no prohibir aunque tampoco obligar a usar el lenguaje no sexista. Del otro lado de la grieta, se observa también un desmedido esfuerzo por imponerlo, por ejemplo, en comunicaciones oficiales. Tal vez los gobiernos deberían prescindir del intento de regular la lengua, que es una construcción social en constante evolución. En la Universidades de todo el país, y de muchos países del mundo, se escriben trabajos prácticos, parciales y hasta tesis doctorales en ese lenguaje. A nadie se le ocurriría aplazar a esa alumna o alumno por usar ese recurso, pero tampoco a nadie se le obliga a utilizarlo.

La apelación a las reglas de la Real Academia Española para justificar el rechazo es una sobreactuación, porque en la utilización cotidiana e incluso en documentos oficiales de la lengua se utilizan numerosas palabras que la RAE no ha incorporado a su diccionario. Y hay otros términos que la academia sí reconoce pero que a nadie con buen gusto se le ocurriría utilizar por escrito, como la palabra “almóndiga”.

Llevar la discusión del lenguaje inclusivo o no sexista al plano técnico no tiene sentido porque el planteo es político. Sus impulsores consideran que la lengua, como la sociedad, está cimentada sobre bases patriarcales y este uso alternativo contribuye a visibilizar, por ejemplo, a mujeres y a personas no binarias.

Demasiada dividida está la sociedad en base a controversias de todo tipo que no parece aconsejar sumarle una nueva. No debería prohibírsele al que quiera utilizar el lenguaje inclusivo, que tiene sus propias reglas, que lo haga libremente, del mismo modo que tampoco se puede obligar a utilizarlo al que no quiere hacerlo.

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