jueves 26 de mayo de 2022

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Editorial

Un desatino formidable

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11 de marzo de 2022 - 01:00

Una de las tantas consecuencias aciagas de la guerra Rusia-Ucrania es el retorno de la carrera armamentista. Es decir, la obsesión de algunas naciones, generalmente las más poderosas, por adquirir armas y fortalecer su poderío militar. El armamentismo, que durante décadas tuvo en vilo al mundo y consumió recursos económicos que podrían haberse destinado a extirpar males como la pobreza y el hambre, hoy vuelve con bríos renovados al calor del enfrentamiento en Europa del Este.

La proliferación de armas es mala en sí misma, porque dota de poder de fuego a naciones cuyos pueblos desean la paz, pero también es nefasta porque el incremento de los presupuestos militares implica menos recursos para resolver los problemas sociales que causan a diario la muerte de miles de personas en todo el mundo.

En junio de 2018, el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, criticó duramente a los países europeos por no querer incrementar sus presupuestos para mantener a la OTAN. "Que los europeos paguen más por su defensa" señaló entonces, e incluso amenazó con dejar de poner la cuota parte estadounidense o dejar a la organización.

Casi cuatro años después, ya con Joe Biden en la presidencia y la guerra en pleno continente, la mayoría de las potencias europeas planean llevar el gasto militar al 2% de sus respectivos PBI.

Pero no son solo las naciones europeas. China, la segunda (o primera, según los indicadores que se utilicen) potencia mundial, ya anunció que aumentará el presupuesto militar un 7% este año, lo que representa algo así como 230.000 millones de dólares. Estados Unidos ya lo incrementó en un 4,4%, previendo la escalada de violencia que se vive ahora en Ucrania.

Son billones de euros o dólares que se destinarán a aceitar la maquinaria de la muerte en vez de abastecer a los programas que salvan vidas. Un desatino formidable.

Pese al estado febril de la guerra, que turba el raciocinio, la iniciativa de escalar otra vez en la carrera armamentista encuentra sólidas oposiciones entre algunos dirigentes, pero sobre todo en las organizaciones de la sociedad civil que entienden que los fondos comprometidos para la recuperación pospandémica podrían redireccionarse hacia el presupuesto de las fuerzas armadas.

Hay otro dato relevante que pone en evidencia la siempre estrecha relación entre las guerras y los negocios privados: en la guerra pierden muchos, pero siempre ganan las empresas vinculadas a la industria armamentista. La mayoría de esas empresas, o conglomerados de empresas, que nunca trabajan a pérdida pero ven disminuidos sus márgenes de rentabilidad en épocas de paz, son, no casualmente, estadounidenses.

Lamentablemente, la agenda mundial ha quedado condicionada por la invasión rusa a Ucrania. Difícilmente la escalada de gastos militares puede revertirse en lo inmediato. Pero deberá la comunidad internacional vinculada a problemáticas sociales impulsar la otra agenda: la que debe estructurarse para dar solución a las situaciones de vulnerabilidad extrema que padecen miles de millones de personas, no desde este año, sino desde hace mucho tiempo.

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