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ANÁLISIS (PARTE II Y FINAL)

Ucrania-Rusia: consecuencias para Argentina

JUAN C. SÁNCHEZ ARNAU. DIPLOMÁTICO Y ECONOMISTA. EXEMBAJADOR EN LA FEDERACIÓN DE RUSIA
1 de marzo de 2022 - 01:00

Conocidas las primeras sanciones y las posiciones expresadas por las grandes potencias, incluida China, en el Consejo de Seguridad, cabe ahora preguntarse ¿Cuál será el próximo paso de Rusia en esta partida? Podría contar con diversas opciones, entre ellas:

- Obtener el reconocimiento formal de Ucrania y/o del resto de Europa a la independencia de las dos “repúblicas” y a la anexión de Crimea y estacionar allí sus fuerzas como “garantes de la paz”.

- Eventualmente, extender el territorio de las dos repúblicas al resto del Donbass;

- Obtener la “finlandización” de Ucrania, es decir una declaración unilateral o un compromiso internacional de que no será miembro de la OTAN.

- Lograr, tal como lo ha reclamado el canciller Lavrov, que la OTAN se retire de aquellos países que se unieron a esta alianza con posterioridad a noviembre de 1997. Es decir, los países bálticos, Polonia, Eslovaquia, la República Checa, Hungría, Eslovenia, Croacia, Albania, Montenegro y, “especialmente” (el énfasis es del ministro Lavrov), Rumania y Bulgaria.

- Avanzar con otros acuerdos de limitación de armamentos y creación de condiciones de confianza en el teatro europeo entre Rusia y los miembros de la OTAN.

Obviamente, estas posibilidades y objetivos podrán combinarse en función de la percepción rusa acerca de su capacidad de acción y las posibilidades de reacción de sus enemigos. En todo caso, no podrá escapar a Moscú que ya ha generado reacciones que podrán dar lugar en el futuro próximo a una mayor cohesión en el plano de la defensa, dentro de la NATO y en el marco de la Unión Europea. Por otra parte, también hay otros dos aspectos que la dirigencia rusa no podrá ignorar. El primero es China. La posición de ese país ha sido expresada con total claridad por el “Canciller” Wang Yi en una declaración de cinco puntos que es un verdadero llamado a Rusia a cesar el combate, negociar, atenerse a la Carta de las Naciones Unidas, y a no querer asegurar su propia seguridad a costa de la seguridad de otras naciones. Con mención expresa al caso de Ucrania y con una frase que resume la posición de su país: “Es algo que no queremos ver”. El segundo es la reacción de países que hasta hace no mucho tiempo estaban en posiciones cercanas a la de Rusia. El primero es Turquía, que a partir de la invasión de Crimea “volvió al redil” de la OTAN. El segundo es Kazakstán que, pese a que recientemente conoció la intervención de fuerzas especiales rusas para detener una insurrección popular contra el Gobierno local, hoy ha expresado una posición muy ambigua frente al conflicto en Ucrania, quizás por temor a ser víctima de una situación semejante a la de Ucrania, atento a la presencia de una fuerte población de origen ruso en su territorio.

En definitiva, este conflicto se encierra dentro de un proceso de acción y reacciones entre los miembros de la OTAN y Rusia que ya ha tenido varios capítulos y aún no ha finalizado. En todos los casos Rusia se ha apartado de las normas del derecho internacional y ha desconocido sus propios compromisos en las regiones en disputa. Hasta aquí, ha obtenido en cada capítulo alguna ventaja territorial. En algún caso (Crimea) muy importante. El actual conflicto es un salto mayor en ese proceso que, de continuar o extenderse, puede encontrar muy fuertes resistencias A lo que cabe agregar las consecuencias humanitarias que surgen de estos conflictos. En la misma Rusia es posible que, más allá de tocar el sentimiento de orgullo nacional de ver a su país de nuevo convertido en un actor importante de la escena internacional, surjan resistencias a involucrar al país en un nuevo conflicto armado. En un país donde costó mucho olvidar la experiencia de Afganistán y aún está fresca la de las guerras de Chechenia. Además, y esta es la visión predominante en ciertos medios occidentales: Rusia es un país con un gran poder estratégico, nuclear, misilístico y en el plano convencional, pero que se asienta sobre una estructura económica pequeña (el PNB de Rusia no es más grande que el de Italia), concentrada en el gas, el petróleo, el níquel, el oro y los cereales, con limitada capacidad industrial fuera de las industrias espaciales, aéreas y militares. Endeudada, con una moneda y con un sistema bancario muy frágil.

Argentina y el conflicto

Para cualquier gobierno argentino definirse políticamente frente a este conflicto debería ser tarea fácil: nunca podríamos aceptar el desmembramiento de una parte o región de un país por vía del uso de la fuerza y mucho menos que ello diera a sus habitantes el derecho a proclamar su independencia. Sería no solo contrario a los principios del derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas, sino que también sería contradictorio con nuestros intereses y posición histórica respecto de las Islas Malvinas. El actual gobierno, en cambio, reflejando sus contradicciones internas, ha tenido particular cuidado en condenar la actuación de Rusia ante este caso y en su primer pronunciamiento llegó incluso a señalar que “todas las partes involucradas” (lo que supone a incluir a las dos “repúblicas” separatistas) deben avanzar en una “negociación diplomática que permita una salida política…” Después, produjo dos votos, también contradictorios, en la OEA y en Naciones Unidas, mismo tiempo que está golpeando a la puerta de Estados Unidos y Alemania en momentos en que el gobierno está transitando la difícil etapa final de la negociación del acuerdo con el FMI.

En plano de la economía, este conflicto suma incertidumbre a la incertidumbre. El mundo no ha salido aún totalmente de la pandemia y de sus consecuencias económicas: Estados Unidos conoce una inflación de más del 7% anual y Europa no escapa al fenómeno del endeudamiento que originaron las políticas expansivas destinadas a evitar el impacto de la parálisis y disrupciones originadas por las medidas tomadas para hacer frente a la pandemia. La tensión e incertidumbre que genera este conflicto agrava marcadamente dicho cuadro. ¿Qué se puede prever en este contexto?

Con este panorama por delante, cabe concluir, muy provisoriamente, que Argentina puede verse perjudicada por la creciente incertidumbre en materia monetaria y en particular si se concretara un aumento de tasas de interés superiores a las que ya estaban previstas que incidirán sobre sus deudas y sobre las eventuales posibilidades de financiamiento externo (incluyendo el del FMI y de los otros organismos financieros internacionales). Esto aboga en favor de la rápida conclusión del acuerdo con el FMI para evitar que el país caiga en “arreas” en medio de esta situación financiera y política mundial. También el país se verá afectado por el aumento de los fletes del transporte marítimo y los seguros.

Por otra parte, también cabe prever que, al menos en el corto plazo, los productos agrícolas de exportación de Argentina -salvo que sean afectados por una eventual devaluación del dólar- conocerán sensibles incrementos de precios. Esto vale para todo el complejo oleaginoso. Para el trigo, la cebada y para el maíz. Lamentablemente se produce en momentos en que el país es afectado por una dura sequía que resta capacidad a la producción y a la exportación. En la Bolsa de Comercio de Rosario han calculado que, bajo las condiciones actuales, Argentina podría aumentar el valor de sus exportaciones en unos 1.800 millones de dólares pero que, a su vez, podría haber un encarecimiento de las importaciones de urea y de fosfato amónico y otros fertilizantes, de los que nuestro país importa 4,5 millones de Tn por año. Ese impacto es muy difícil de calcular dado la gran volatilidad de los precios de estos productos, que provienen, entre otros destinos, de Rusia y de Ucrania. El aumento de costos (interno en este caso) también provendría del incremento del precio de los combustibles, que seguramente se verán influidos por el aumento del precio internacional del petróleo, del que Rusia es un importante productor.

En lo que al gas se refiere, el único problema serio que enfrenta Argentina es poder contar con las divisas necesarias para atender las importaciones de gas licuado entre los meses de mayo y agosto, cuando el consumo supera la producción y a veces hasta es necesario suplantarlo para la generación de energía con fuel-oil o gas-oil de mayores costos. A los precios actuales se trataría de una factura de unos 4.600 millones de dólares, que teniendo en cuenta los trastornos de mercado antes señalados, podrán ascender a una suma por ahora indeterminada. Como resulta indeterminado el impacto que podrá tener la continuación del conflicto sobre la marcha general de la economía argentina. Especialmente si esto diera lugar a sanciones que afectaran el comercio de nuestro país con Rusia y Belarus. Las cifras del INDEC nos hablan de exportaciones por 832 millones de dólares en 2021, pero por un defecto del sistema de recolección de datos es posible que no tomen en cuenta un volumen importante de exportaciones que salen con destino a Alemania (Hamburgo), Rotterdam (Países Bajos) o Amberes (Bélgica), pero cuyo destino final son Rusia, Belarús o países de Asia Central.

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