La primera palabra de todo texto es de una importancia enorme, aunque podríamos estirar el concepto a la primera frase. Esta columna, por ejemplo, ha empezado mal. Debería haber tenido un inicio más fuerte, más contundente, a la manera de “Palabras iniciales”, el cuento/prólogo de Roberto Fontanarrosa, que se atreve a analizar la potencia literaria de una frase controvertida sobre la relación de la lectura y la sexualidad y que me niego a reproducir aquí, habida cuenta de que estos párrafos se reproducirán en un diario catamarqueño de prestigio.
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Thomas y la primera palabra
Por Rodrigo L. Ovejero
La importancia de los inicios en literatura puede ser debidamente explicada recordando que el célebre poeta Dylan Thomas solía correr al bar a celebrar con unos tragos de whisky luego de escribir la primera palabra de un poema. Había roto el silencio y en su opinión eso debía festejarse, aunque solo hubiera escrito una palabra. Justo es recordar, sin embargo, que si bien Thomas fue un gran escritor, como borracho quizás fue incluso mejor y no le costaba demasiado encontrar excusas para beber. A la manera de Ernest Hemingway y Hunter S. Thompson, Dylan fue otra muestra de la indiscutible y prolífica relación entre el alcoholismo y la creación literaria.
El impacto de un buen comienzo tiene, antes que nada, la función de atrapar al lector. Pongamos como ejemplo “El extranjero”, de Albert Camus, que inicia con la funesta noticia de la muerte de la madre del narrador. “Hoy ha muerto mamá”, es textualmente su primera frase, el equivalente literario a una de esas piñas con las que Mike Tyson empezaba y terminaba sus disputas sobre el ring. Camus, que nunca fue un escritor truculento, debió haber sido consciente justamente por ello de que nadie iba a leer sus derivas existencialistas si todo iba a ser sutileza y honda reflexión.
Incluso en textos más impactantes el inicio tiene que ser fuerte. Un poco a la manera de las declaraciones de Cecil B. De Mille sobre el cine, cuando decía que una película tenía que empezar con un terremoto y después ir subiendo de intensidad, un libro, desde la primera página, tiene que acogotar al lector como si pretendiera robarle la billetera. Es por eso que H.P Lovecraft, en su fantástica obra “Herbert West: Reanimador” no se contenta con lo explícito del título, sino que arranca diciendo, para que no haya malentendidos, que de West solo puede hablar con sumo terror. Que no queden dudas, que el lector no vacile, que tenga la certeza de que no se trata de un tipo que le levanta el ánimo a los amigos cuando los deja la mujer o andan escasos de dinero.
Después, el final se escribe solo, de alguna manera se llega a esa instancia. Ya lo dijo Lao-Tse, todo viaje empieza con un primer paso. Yo, por ejemplo, escribí la primera palabra de esta columna, y el resto casi que se escribió solo.