jueves 28 de julio de 2022

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15 de julio de 2022 - 01:05

El adelantamiento del calendario electoral a marzo acorta los plazos de la oposición para ordenarse.

La fractura en la Cámara de Diputados al votar el acuerdo por la Mesa del Litio, sobre el que más de la mitad de la bancada se pronunció en contra, fue sucedida por un monolítico rechazo al convenio de cooperación entre Catamarca y Salta para fomentar el proyecto litífero “Sal de Oro” que desarrolla la empresa POSCO en el límite puneño, con un no menos monolítico rechazo a la política minera del Gobierno.

El dato importante es que el concurso opositor era en ambos casos prescindible para el oficialismo. Este elemento es el que el diputado José “Chichí” Sosa refirió cuando dijo que bajaban a “levantar la mano gratis”. No estaba requiriendo contraprestaciones por los votos, sino consignando, maliciosamente, un hecho objetivo: el oficialismo no precisa de la oposición para nada que no demande mayoría calificada –la reforma de la Constitución, por ejemplo- de modo que los respaldos eventuales de una parte de esa oposición caen bajo el cono de la sospecha de modo indefectible.

Lo que le falta a Juntos por el Cambio es consistencia. La minoría en la Cámara baja es ilevantable por lo menos hasta las próximas elecciones, o bien hasta que aparezca algún improbable foco de rebelión en las filas parlamentarias peronistas. Del Senado ni hablar. Si a esa limitación institucional se le suman divergencias ostensibles en cuestiones tan clave como la política minera, la senda para superar el mero rezongo testimonial de los pedidos de informe y las declaraciones de ocasión parece mucho más empinada.

El problema central es de autoridad y emerge de la desaparición en el radicalismo de los dos puntos de referencia que orientaron su política en las últimas tres décadas, dos de ellas en ejercicio del poder.

Eduardo Brizuela del Moral murió el 25 de agosto del año pasado siendo diputado nacional, sin que nadie pudiera generar un hecho político que lo superara como el dirigente con mayor caudal de votos propios en el arco boinablanca. Las elecciones gubernamentales de 2019 ratificaron esta condición con una catástrofe peor a la que Juntos por el Cambio sufrió a nivel nacional: la derrota de Roberto Gómez a manos de Raúl Jalil y de Flavio Fama con Gustavo Saadi.

La muerte de Brizuela del Moral privó al radicalismo, de tal modo, de su principal insumo electoral y se tradujo en una estampida de su Movimiento Renovador.

El año pasado también, en las primarias, cayó el armado de Oscar Castillo, quien había colocado como precandidato a sucederlo en el Senado nacional al intendente belicho Daniel “Telchi” Ríos, acompañado por la ex decana de la Facultad de Humanidades de la UNCA Patricia Breppe como diputada. Con él salió de escena también la muñeca articuladora más eficaz de la UCR, en el triunfo y en la derrota, lo que implicó, además, la anulación de la excusa predilecta para consolarse de los fracasos electorales desde 2011: echarle la culpa a Castillo y sus mefistofélicas maquinaciones.

Las tensiones internas de la oposición es que ninguno de sus actores está en condiciones todavía de cubrir alguna de esas dos vacancias, porque Castillo perdió ante una cooperativa conformada por el senador Fama, el diputado nacional Francisco Monti y los propietarios de las franquicias del PRO y la Coalición Cívica. A diferencia de lo que pasó en los procesos de recambio del peronismo, no surgió de la primaria opositora un liderazgo claro, capaz de enfilar a los diferentes sectores. Se trata de una disputa en evolución: no hay todavía un orden que suplante al extinguido.

La maduración pendiente tiene proyecciones más severas que la circunstancia particular de los dirigentes de Juntos, porque deja al Gobierno sin contrapesos institucionales que restrinjan su arbitrio, apenas incomodado por catarsis inoperantes.

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