Dos informes relacionados entre sí, elaborados por el Observatorio Argentinos por la Educación (OAE), permiten trazar los contornos básicos de la fisonomía de la educación secundaria en la Argentina. El primero de ellos consigna que apenas 16 de cada 100 estudiantes argentinos terminan la secundaria en el tiempo esperado (12 años después de arrancar la primaria) y con los conocimientos mínimos de Lengua y Matemática. La cifra es sin duda baja, pero difícil de comparar con otros países de la región, que no tienen informes estadísticos precisos sobre el tema, o al menos no difundidos públicamente.
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Reproduciendo desigualdades
El otro informe indaga respecto de las causas por las que un sector ampliamente mayoritario de la población de entre 5 y 18 años tiene dificultades para cursar el trayecto escolar en el tiempo previamente establecido, e incorporando los conocimientos básicos. El estudio permite identificar como causa madre de estas dificultades las marcadas desigualdades socioeconómicas y territoriales que caracterizan a la sociedad argentina, así como el condicionamiento que deriva del nivel educativo de las propias familias de los chicos.
Este último informe se denomina “¿Cómo son los 16? Trayectorias escolares desiguales en la Argentina”, confeccionado por Mariano Narodowski (Universidad Torcuato Di Tella), Gabriela Catri y Martín Nistal (OAE).
El 52% de esos 16 alumnos sobre 100 que terminan la secundaria en el tiempo esperado pertenecen al tercil de mayor nivel socioeconómico, 32,9% al tercil medio, y solo 15% al tercil más bajo. Como puede apreciarse, la situación económica familiar condiciona la evolución educativa de niños y adolescentes. No es lo mismo estudiar con la tranquilidad que implica una situación cómoda desde lo económico que en un contexto de pobreza o indigencia, que impele muchas veces a que los propios niños y adolescentes deban relegar el cursado de la escuela para colaborar con la economía familiar. El discurso meritocrático en la educación, que atribuye los logros solo al esfuerzo y a la voluntad individual, sin considerar los condicionamientos sociales, se derrumba en este contexto.
Sandra Ziegler, investigadora de FLACSO Argentina, interpreta que “el informe arroja datos que constatan que el sistema educativo contribuye a convertir las desigualdades sociales en desigualdades educativas. Los resultados educativos de los/as hijos/as están asociados a los niveles de escolaridad de las madres, la asistencia a la educación inicial temprana es un predictor de un mejor desempeño escolar y el ‘éxito’ escolar está vinculado a la procedencia socioeconómica de las familias”.
Las necesarias transformaciones que deberán introducirse para mejorar la eficacia del sistema educativo argentino serán insuficientes si persisten o, peor, se profundizan, las asimetrías sociales. La igualdad de oportunidades que ofrece la educación pública será solo teórica si no se modifican los contextos de injusticia social que reproducen y consolidan, de manera indefinida, las históricas desigualdades apenas reducidas en acotados períodos históricos en la Argentina.