La perspectiva metropolitana eslabona los resultados de las elecciones provinciales desdobladas bajo una lógica diseñada...
La perspectiva metropolitana eslabona los resultados de las elecciones provinciales desdobladas bajo una lógica diseñada en función de las presidenciales, desplazando a un segundo plano elementos que marcan un proceso de regionalización aún embrionario que va configurándose en tensión con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Conurbano bonarense.
Así, el triunfo de Ignacio Torres sobre Juan Pablo Luque en Chubut, fue contabilizado en el haber de Juntos por el Cambio un poco compensando la decepción que para la alianza opositora significó la derrota de Rodrigo de Loredo en la Capital de Córdoba a manos del peronista Daniel Passerini, que a su vez había morigerado el entusiasmo por el triunfo en las primarias santafesinas del radical Maximiliano Pullaro.
Los esfuerzos que se hacen para extrapolar proyecciones nacionales en el fragmentado calendario electoral naufragan en los fuertes componentes distritales que signan cada compulsa, fenómeno que se superpone a la retracción del electorado que no concurre a votar, resistencia pasiva y el crecimiento del voto en blanco, activa expresión de rechazo a la totalidad de las ofertas.
Empieza a materializarse una topografía institucional novedosa, con más presencia de gobernadores radicales, por ejemplo, que terminará de configurarse en octubre, con la elección de legisladores nacionales. Es importante tomar nota de esto porque será la escena en la que tendrá que desenvolverse y edificar consensos el próximo Presidente, sea quien sea.
Quien expresó con más claridad el vector antimetropolitano que se insinúa fue el gobernador electo de Córdoba, Martín Llaryora, luego de la victoria de Passerini en la capital mediterránea.
Obviamente, el ataque de Llaryora a los “pituquitos de la Recoleta” que bajan instrucciones al interior está relacionado con la candidatura presidencial del gobernador Juan Schiaretti, que ha hecho del cuestionamiento a los subsidios nacionales que benefician área metropolitana su consigna medular. Pero la diatriba penetró además por sintetizar una corriente que trasciende Córdoba e incluso está por encima de las identificaciones partidarias.
En Catamarca tuvieron particular eco, no por casualidad. Las críticas más hirientes a la gestión de Raúl Jalil en la campaña provinieron de los ministros porteños de Educación, Soledad Acuña y Salud, Fernan Quirós y del propio Horacio Rodríguez Larreta, quienes en la terminología de Llaryora bien podrían ser calificados como “pituquitos de la Recoleta”.
El gobernador jujeño y precandidato a vicepresidente de Rodríguez Larreta, Gerardo Morales, prefirió en cambio abstenerse de objeciones a su colega Jalil. Comprensible: la sintonía regional, sobre todo en lo que se refiere a las políticas litíferas, hacía inconveniente meterse en tales honduras y Morales cortó el interrogatorio diciendo que no era su intención ponerse en “maestro ciruela”.
Antes de Llaryora, en febrero, Jalil ya había señalado como un problema la “conurbanización” de la política nacional, por el contagio de las crudas rencillas de esa zona al interior. El mandatario contrastó la situación del área metropolitana con la armonía lograda por los gobernadores del Norte Grande.
El gran interrogante es si estas convergencias regionales, que buscan contrapesar la gravitación electoral metropolitana, se sostendrán y evolucionarán tras el año electoral o terminarán en espejismo fugaz surgido de la declinación de los liderazgos de Cristina Kirchner y Mauricio Macri.
Por lo pronto, es la primera vez que la discusión en torno a la necesidad de conciliar los intereses del área metropolitana con los del interior resuenan con tanta fuerza y consistencia desde la reforma constitucional que en 1994 suplantó la elección indirecta del Presidente a través del Colegio Electoral por la elección directa con balotaje.