miércoles 31 de mayo de 2023

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Cara y cruz

Recién cuando se cae el techo

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Recién cuando el conflicto por el mal estado de las escuelas se desmadró con la intervención de los estudiantes, el Gobierno dispuso lo que desde hace años era evidentemente más sensato: dotar de recursos al Ministerio de Educación para fondear las refacciones de menor envergadura.

Una especie de “caja chica” que le permitirá a la cartera que conduce Andrea Centurión, gestionar el mantenimiento de los edificios escolares sin los escollos burocráticos devenidos de un tramiterío enrevesado que debe sortear la decisión política de otras dos carteras: Infraestructura y Obras Civiles y Economía.

Gran parte de las imágenes divulgadas por las redes sociales a lo largo de la controversia mostraban desperfectos y deterioros que eran producto de no haber realizado en el momento oportuno reparaciones elementales. Ayer, por caso, se expuso el cielorraso que se desplomó en un aula tras las copiosas lluvias de la noche, afectado por las filtraciones del techo. Vaya a saber desde cuándo estuvo goteando, pero es lícito preguntarse si arreglar el techo requería convocar a Infraestructura y Obras Civiles o hubiera bastado con meter membrana apenas se advirtió el desperfecto.

Goteras, revoques finos deteriorados, pintura, grifería, enchufes e instalaciones eléctricas en general, ventiladores de techo o de pared desprendidos colgando de los cables, sanitarios en mal estado, pérdidas en cañerías, vidrios rotos, cloacas trancadas… trabajos menores y de costo moderado que funcionarios y directivos seguramente encargarán en sus domicilios particulares para evitar que la acumulación los haga venirse abajo, pero no lo hacen en las escuelas porque los trámites burocráticos son un engorro, mera desidia o hartazgo acumulado en el trajín de expedientes y amansadoras en los ministerios.

Ahora Educación, que está en la primera línea del vínculo con los directivos y las comunidades educativas, dispondrá de fondos para proceder con mayor agilidad, mientras Infraestructura y Obras Civiles se ocupa de las obras más grandes, que requieren licitaciones y contratación de empresas.

El ministro de Gobierno Juan Cruz Miranda tuvo que referirse al nuevo diseño, tal vez porque ninguno de los funcionarios directamente involucrados quiso admitir que el principio de solución tan elemental no se les había ocurrido antes, pese a que lo del estado deplorable de gran cantidad de escuelas en el inicio del ciclo lectivo es un problema que lleva años.

“Es verdad que están ingresando recién las empresas producto de los procesos licitatorios. Al Ministerio de Educación se le ha habilitado un fondo para reparación de escuelas, que antes no tenía, para que pueda fortalecer esa tarea”, explicó, cuando ya el escándalo había tomado envergadura y las protestas se replicaban en toda la provincia.

El contagio de las movilizaciones es lógico, estimulado por la propia inoperancia estatal: la gente percibe que el único modo de obtener respuestas rápidas es manifestándose y amenazando al Gobierno con los costos políticos que podrían devenir de sus prescindencia.

Es una cultura que se ha ido amasando a lo largo de décadas, de ejercicio más enfático en períodos electorales, que la creación del fondo específico para la cartera educativa viene a reafirmar.

Eficaz para lo macro, el Gobierno tiene una sensatez reactiva para lo micro, que es lo que incide sobre la calidad de vida de la gente. Se mueve recién cuando advierte que la tolerancia popular se ha agotado. Para no salirse de la temática edilicia: se mantiene en actitud contemplativa frente a la gotera hasta que la caída del techo le sugiere que conviene atender las humedades.

En esto de las deficiencias de la infraestructura escolar no debe descartarse que el estallido del estudiantado haya servido de aliciente a la imaginación burocrática: aunque no sea obligatorio hasta los 18, se puede votar desde los 16 años.

Hay un padrón creciente que ya no se conmueve con los versos de la épica partidaria de siempre y las respuestas “a pillar”.

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