La intención del intendente de Fray Mamerto Esquiú, Guillermo Ferreyra, de ir por un tercer mandato pese a que la Carta Orgánica de su municipio lo prohíbe expresamente, es consecuente con una larga tradición política que sobrevalora el rol de las personas y, al mismo tiempo, subestima el de los proyectos políticos. No será, entonces, cuestión de caerle al jefe comunal mencionado por una aspiración que, más allá de los discursos, en la práctica comparte la mayoría de la dirigencia.
La pretensión de continuidad en un cargo no solo es propia de la política. Dirigentes sindicales, deportivos, empresariales, de organizaciones sociales, caen frecuentemente también en la tentación de aferrarse a cargos. Tampoco deberá suponerse que es un capricho argentino. Grandes líderes mundiales han permanecido, y algunos aún lo hacen, durante mucho tiempo ocupando cargos de conducción del Estado. Ángela Merkel estuvo 16 años en el poder en Alemania; Vladimir Putin lleva más de 20 en Rusia, por citar solo dos ejemplos de dirigentes contemporáneos de primeras potencias mundiales.
Son muchos los factores que inciden en esta pretensión de continuidad. La ambición personal, sin duda, pero también la idea de que el proyecto que encabeza el dirigente en cuestión solo puede llevarse a cabo con su liderazgo. Pero, además, con su liderazgo establecido institucionalmente, porque hay liderazgos, que es una característica natural en determinadas personas, que no necesitan de un cargo para manifestarse.
Este presupuesto –la necesidad de que sea una, y no cualquier persona, la que ocupe el cargo principal de conducción de una estructura- implica, como se mencionó más arriba, una subestimación de la importancia que tienen los proyectos. Un líder debe ser capaz no solo de gestionar eficientemente, sino también de articular con otras personas para concebir un proyecto colectivo que lo trascienda, que sea capaz de funcionar sin que está al frente de la estructura o , directamente, sin su presencia. La limitación a las reelecciones se establece por esa razón. A través de normas, para que su cumplimiento sea obligatorio, pero los mismos dirigentes deberían establecerse límites, sin necesidad de que una ley los obligue. Hay, en ese sentido, algunas excepciones virtuosas a las reglas en la historia provincial reciente.
Estados Unidos, que no es ejemplo a seguir en muchas cuestiones, sí lo es en el respeto a una cultura política en la que se instituye la alternancia en los cargos ejecutivos. Los presidentes tienen derecho a una reelección y luego continúan su liderazgo político, si es que lo poseen, a través de otras manifestaciones que no incluyen el retorno a la presidencia.
Los liderazgos son buenos si forjan proyectos que los superen. Si solo se basan en la pretensión de continuidad en cargos institucionales, no contribuyen al fortalecimiento de la democracia, por más buenas intenciones que tengan y por más progresistas que sean sus gestiones.