Durante buena parte del último siglo, la Argentina se definió por un conjunto de rasgos que la distinguían en la región, con una clase media amplia, movilidad social ascendente, educación y salud públicas de alcance masivo, un mundo del trabajo organizado y una economía diversificada, con industria y servicios además del agro. Ese perfil convivió con una inestabilidad macroeconómica crónica, hecha de inflación, crisis de deuda y devaluaciones recurrentes. Pero la sociedad, aun golpeada, conservó una matriz integradora que la diferenciaba de buena parte de sus vecinos.
El modelo que el gobierno de Javier Milei procura consolidar parece apuntar en otra dirección. Con su prioridad en el equilibrio fiscal, la apertura comercial, la desregulación y el impulso a los sectores extractivos, el rumbo se asemeja menos a la Argentina histórica que a la experiencia del Perú de las últimas décadas.
Perú es un caso singular. Su sistema político es uno de los más inestables de América Latina, pero esa turbulencia institucional tuvo como contrapartida una notable estabilidad económica. A ello se sumó un crecimiento persistente, aunque moderado, sostenido en gran medida por la actividad minera, y un crecimiento sostenido de las exportaciones.
Pero el cuadro tiene una contracara que es imposible ocultar. El crecimiento macroeconómico del Perú no se tradujo en una mejora del nivel de vida para el conjunto de su población, y la distribución de la riqueza y de los ingresos sigue siendo profundamente inequitativa. El trabajo informal es uno de los más altos del continente: siete de cada diez peruanos carecen de empleo registrado y, por lo tanto, de aportes jubilatorios, cobertura de salud, protección frente al despido y tantos otros derechos laborales y sociales. En las zonas rurales, la proporción supera el 90%.
El modelo argentino se parece demasiado al peruano con crecimiento microeconómico por un lado y precariedad social por el otro El modelo argentino se parece demasiado al peruano con crecimiento microeconómico por un lado y precariedad social por el otro
Otros indicadores confirman la gravedad del panorama. Según un informe gubernamental de 2024, solo el 37% de los peruanos tenía acceso a servicios de agua potable gestionados de manera segura, un dato difícil de conciliar con la imagen de un país exitoso. A su vez, el acceso a la atención médica y a la educación continúa marcado por profundas desigualdades, como advirtió recientemente la ONU respecto de las poblaciones más vulnerables. Es decir que la bonanza exportadora y la estabilidad de las cuentas no alcanzaron para derramar sus beneficios sobre la mayoría.
Es cierto que el actual gobierno argentino ha logrado ordenar variables macroeconómicas y que el país cuenta con un enorme potencial minero, energético y agroexportador, con proyectos de gran escala en marcha. Lo que no se advierte es una estrategia equivalente para que esos beneficios lleguen al conjunto de la sociedad. Es un patrón que se parece demasiado al peruano con crecimiento macroeconómico por un lado y precariedad social por el otro.
El desafío, entonces, no consiste en elegir entre estabilidad y equidad, sino en lograr ambas. La Argentina necesita una economía que crezca en todos los sectores, no solo en aquellos que exportan materias primas, y cuyos frutos se distribuyan de manera equitativa entre la población. Eso exige una política activa de generación de empleo formal, de fortalecimiento de la educación y la salud públicas, y de integración de las economías regionales.